11 de enero de 1933: La matanza de Casas Viejas

 

matanza

Casas Viejas, hoy Benalup-Casas Viejas,  pedanía de la localidad gaditana de Medina Sidonia, con una población de unos 2.000 habitantes, era en los años 30 un núcleo rural empobrecido, como tantos otros en nuestro país, por la falta de aprovechamiento agrícola de unas tierras en manos de latifundistas rentistas. La mayoría de su población era clase obrera jornalera sumida en la miseria y el hambre.

La CNT era el sindicato mayoritario en Casas Viejas, como en la práctica totalidad de localidades jornaleras andaluzas, y sus afiliados, junto a un núcleo faista existente en la población, se estaban preparando desde hacía semanas para apoyar un levantamiento revolucionario que se iba a producir en todo el Estado Español, según les habían informado sus dirigentes. Una huelga general revolucionaria de carácter insurreccional que los anarquistas tenían previsto llevar a cabo en enero de 1933 para acabar con la “república burguesa” y establecer el “comunismo libertario”.

Desde el 1 de enero se irán produciendo movimientos revolucionarios en distintos lugares. En grandes ciudades: Barcelona, Madrid, Zaragoza, Murcia, Oviedo, Valencia, Sevilla, etc. El día 8, los anarcosindicalistas intentarán asaltar los cuarteles de Carabanchel, de la Montaña y María Cristina en Madrid, siendo repelidos. En Barcelona intentan asaltar el cuartel de las Atarazanas, falleciendo un guardia de asalto y produciéndose  varios heridos entre los anarquistas, siendo finalmente igualmente rechazados. En algunas poblaciones más pequeñas si lograrán triunfar pero sólo mantendrán el control de las mismas unas pocas horas. Ante el evidente fracaso general de la insurrección, esta sería desconvocada por la dirección confederal, algo de lo que aquellos jornaleros de Casas Viejas, debido a su aislamiento y el lamentable estado de las comunicaciones, no tuvieron noticias a tiempo.

En la madrugada del 10 al 11 de enero, los trabajadores de Casas Viejas cortaron las comunicaciones telefónicas y telegráficas, cavaban zanjas en la carretera de acceso y barricadas a la entrada de la población. Después asaltaron el Ayuntamiento, destituyendo a Juan Bascuñana, alcalde pedáneo, militante de la derecha republicana del Partido Radical, proclamando el comunismo libertario, la abolición de la propiedad privada y la socialización de los bienes. Izaron la bandera rojinegra en el Consistorio e incautaron productos de primera necesidad para hacer frente al hambre de la población, dando a los tenderos a cambio un vale que les sería canjeado por el valor de lo confiscado una vez triunfase la revolución.

Armados con unas pocas viejas escopetas de caza y algunas pistolas obsoletas, se dirigieron posteriormente al cuartel de la Guardia Civil, acompañados del alcalde, para que éste mediase en la rendición de los agentes, que los insurrectos exigían. Los intentos de negociación fracasaron y se produjo un tiroteo en el que fueron heridos mortalmente el sargento al mando del puesto y uno de los guardias. Sin embargo, los asaltantes no consiguieron tomar el cuartel.

Alertadas las autoridades provinciales éstas ordenaron el envío de refuerzos para “restablecer el orden republicano”. A primera hora de la tarde del 11 de enero el sargento Anarte al mando de un grupo de guardias de asalto llega a Casas Viejas. Sus hombres se despliegan rápidamente por todo el pueblo y disparan indiscriminadamente contra vecinos desarmados, matando a un hombre que se había asomado a la ventana para ver lo que ocurría e hiriendo gravemente a otros dos.  Ante el cambio de la situación y la imposibilidad de defensa, muchos  jornaleros deciden deponer las armas, y junto a gran parte de la población, especialmente mujeres y niños, huyen del pueblo hacia la cerca serranía.

Poco tiempo después llegó un segundo contingente formado por más de un centenar de guardias de asalto y guardias civiles al mando del  Capitán Rojas.  A su llegada, este oficial asume el mando y ordena registros en las casas de los supuestos cabecillas de la revuelta. Los agentes detienen entonces a Manuel Quijada, un anciano de 74 años al que acusaban de ser uno de los anarquistas que habían participado en el asalto al cuartelillo de la Guardia Civil, junto a Encarnación Barberán, su mujer, a los que golpean salvajemente dejándolos malheridos.

Mientras tanto, en la parte alta de la población la familia de Curro Cruz, conocido como “Seisdedos”, un viejo carbonero, militante cenetista, pero que debido a su avanzada edad, 72 años, no había participado activamente en los sucesos, se atrinchera en su modesta vivienda, una pequeña choza, dispuestos a resistir. En ella se habían refugiado además dos de sus hijos, Perico y Paco, destacados miembros de la CNT en Casas Viejas, su nuera Josefa Franco con sus dos hijos, los niños Francisco y Manuel, su yerno Jerónimo Silva, su nieta María Silva, y Manuela Lago, una amiga de ésta última.

Se intentó tomar la choza por asalto pero los habitantes se atrincheraron y, con escopetas, dispararon a los guardias de asalto, produciéndose un muerto y un herido. El capitán Rojas mandó disparar con ametralladora sobre la choza y lanzar bolas de algodón empapadas en gasolina e incendiadas sobre el techo de la misma, que era de paja, por lo que ardió con extrema facilidad y rapidez. Seis personas quedaron completamente calcinadas, sobreviviendo sólo María Silva Cruz, nieta de “Seisdedos”, que logró huir.

Al amanecer del día 12, se realizó una redada represiva por todo el pueblo, a modo de escarmiento. Doce hombres detenidos como sospechosos fueron trasladados hasta los restos humeantes de la choza y, allí mismo, los asesinaron fusilándolos, incluido otro anciano septuagenario, Antonio Barberán Castellán. El resultado final de la masacre efectuada por las “fuerzas del orden” fue de 23 personas asesinadas: diecinueve hombres, dos mujeres y un niño.

Rojas lo justificó en el juicio como acción para defender a España de la anarquía su actuación. El Gobierno de “izquierdas” de la coalición republicano-socialista quiso ocultar lo ocurrido. Su presidente, Manuel Azaña, llegó a afirmar que “solo había ocurrido lo que tenía que ocurrir”. Sin embargo, las denuncias en la prensa anarcosindicalista y después de los periodistas, terminaron por sacar a la luz el crimen.

“En Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir. Se produce un alzamiento en Casas Viejas, con el emblema que han llevado al cerebro de la clase trabajadora española de los pueblos sin instrucción y sin trabajo, con el emblema del comunismo libertario, y se levantan unas docenas de hombres enarbolando esa bandera del comunismo libertario, y se hacen fuertes, y agreden a la Guardia Civil, y causan víctimas a la Guardia Civil. ¿Qué iba a hacer el Gobierno?”. Manuel Azaña. Discurso pronunciado en el Congreso con motivo de lo acontecido en Casas Viejas.

La implicación y culpabilidad de Rojas era evidente. Lo que no quedaba tan claro era si fue una decisión personal suya o el cumplimiento de órdenes previamente recibidas. El capitán Rojas acusó a Arturo Menéndez,  Director General de Seguridad, de darle la orden de “sin piedad contra todos los que dispararan contra las tropas”. Por otro lado, tanto Rojas como otro capitán que participó en la represión, Bartolomé Barba, dijeron durante el juicio al que se les sometió que recibieron orden directa de Manuel Azaña: “ni heridos, ni prisioneros. Tiros a la barriga”, afirmaron que llegó a serles ordenado por éste.

El gobierno republicano de “izquierdas” nunca lograría recuperarse del desprestigio que les conllevó la matanza, al extremo de que los socialistas lo abandonarían poco después. La misma imagen de Azaña y de la izquierda republicana quedó dañada por la brutalidad de la represión contra los campesinos.  También quedo en entredicho el propio régimen republicano porque se demostró la brutalidad con la que sus fuerzas de orden público reprimieron una revuelta de campesinos, comparable a la ejercida contra el movimiento obrero en época monárquica. El crimen de Casas Viejas y el fracaso insurreccional igualmente repercutió en el anarcosindicalismo porque a partir de ese momento muchos criticaron y se replantearon la estrategia de huelga general insurreccional establecida en la CNT por los faistas en su seno.

Por otra parte, lo oficiales que llevaron a cabo la matanza formarían parte de los golpistas que se sublevarían el 18 de julio de 1936. El capitán Rojas, que fue condenado por estos sucesos, salió de prisión y se unió a los sublevados, participando activamente en la represión en Granada. Bartolomé Barba, que ya había tenido cargos durante la dictadura de Primo de Rivera, fue uno de los organizadores de la UME (Unión Militar Española), la organización que agrupaba a los militares escorados más a la derecha y que estuvo tras el golpe, se unió igualmente la sublevación, siendo el encargado de dirigir la represión en Zaragoza.

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