10 de agosto de 1936: El asesinato de Blas Infante

“Yo estaba en la huerta (de la casa familiar) cuando llegaron aquellos hombres vestidos de falangistas. Eran las once de la mañana del día 2 de agosto de 1936. No pude despedirme de él. Rodearon la casa y entraron dos… Al salir, mi padre dijo: sepan ustedes que es la primera vez en mi vida que soy corregido y detenido”. Así relata su hija Luisa la detención de Blas Infante por los fascistas. Cuentan que estos se llevaron del domicilio una radio y un altavoz como “pruebas” de que se comunicaba directamente con Moscú. De que era comunista.

Aquellos falangistas tenían órdenes de aplicarle la ley de fugas al anochecer, según reconoció un tal Crespo, que se encontraba al mando de los mismos. Lo llevaron hasta el Ayuntamiento de Coria del Río (Sevilla), su primer lugar de confinamiento. Cuentan que un fascista llamado Páez se jactaba de que tras su llegada a la casa consistorial le abofeteó y le escupió en la cara. Dicen que intercedieron a su favor varios conocidos suyos de derechas que lograron que no lo asesinaran esa noche y lo condujesen vivo hasta Sevilla.

Desde Coria fue trasladado hasta el cuartel de Falange en la sevillana calle Trajano, en el que permanecería encarcelado durante los dos días siguientes, durante los cuales su mujer intentó que el Gobernador Civil nombrado por los golpistas, Pedro Parías, que era tío de ella, lo pusiese en libertad. María Angustias llegaría incluso a humillarse, arrodillándose ante él suplicando por la vida de Infante. “Todo inútil… había mucho interés en que mi padre no continuara vivo” sentenciaría muchos años después su hija Luisa contando la historia.

Del cuartel de Falange, el día 5 de agosto Blas Infante sería trasladado a una de las muchas prisiones para presos políticos que tuvieron que improvisar los fascistas en diversos locales y edificios, tanto públicos como privados, para dar cabida a las decenas de miles de detenidos que habían ido acumulando desde el golpe del 18 de julio. Se trataba de un cine situado en la Plaza de Jáuregui, hoy denominada  como Plaza Jerónimo de Córdoba. Sólo en el cine donde fue encerrado Infante afirman que había centenares de ellos, hombres y mujeres, hacinados, durmiendo en el suelo y sin las más mínimas condiciones de salubridad.

Tras ingresar en aquel cine-prisión los encarcelados solían ser conducidos a una comisaría muy cercana, situada en la misma plaza, para ser interrogados. Contaba un compañero andalucista que permaneció encarcelado junto a Blas Infante, José Leal Calderi, que  una noche le oyó decir que durante su interrogatorio Infante había sido acusado por los golpistas de “actividades separatistas”.

Ser comunista y separatista, esos eran los dos “delitos” que los fascistas le imputaban. Cargos que serían rubricados por la sentencia del tribunal franquista de “responsabilidades políticas” que le juzgará cuatro años después de su muerte, que le encontrará “culpable” de formar parte “de una candidatura de tendencia revolucionaria”  y de “significarse” como “propagandista para la constitución de un partido andalucista”.

Hay que reconocerles a los golpistas que tenían más claro que muchos de los que hoy se reclaman seguidores de sus ideas y continuadores de su obra cuáles eran sus metas. Esos que presentando a un Infante españolista, meramente autonomista en lo andaluz y reformista en lo social, lo que hacen realmente es contribuir no a mantener vivo el pensamiento de Blas  Infante sino el de sus asesinos. Cada vez que lo hacen echan otra paletada de tierra sobre la fosa en la que permanece ignorado.

En el cine-prisión de la Plaza de Jáuregui lo mantendrían encarcelado hasta la noche del día 10, en que sería sacado para, como se decía entonces, “darle el paseíllo”. Durante su estancia en dicha cárcel, Blas Infante ya era plenamente consciente de cuál sería su final. Prueba de ello es que le hizo llegar a su esposa sus objetos personales. El anillo de bodas, un reloj y una pluma estilográfica.

Cada noche acudían al lugar escuadrones de la muerte que se llevaban a decenas de detenidos para asesinarlos. Y una de esas noches uno de ellos sería Infante. En la madrugada del 10 al 11 de agosto, martes, Blas Infante fue sacado junto a otros tres presos por uno de esos escuadrones, al mando de un aristócrata requeté. Infante iba sereno y consciente del destino de aquella “saca”. “Muy entero” en palabras de Calderi. Llegó a decirle a sus compañeros de “paseíllo”, que suplicaban por su libertad mientras eran conducidos hacia su muerte: “ni aun quitándoos la vida podrán quitaros la libertad. No os rebajéis más pidiendo la libertad. Libres sois si morís por aquello en que habéis creído”.

En el kilómetro cuatro de la antigua carretera que conducía de Sevilla a Carmona, a la altura de la huerta del Convento de las Clarisas, Infante y los otros tres presos políticos fueron sacados del vehículo que los condujo hasta dicho lugar, y en la misma cuneta del camino los cuatro serían asesinados. Cuentan que antes de caer muerto, las últimas palabras que se escucharon de Blas Infante fueron un grito que tronó en la noche: “¡Viva Andalucía Libre!”. Le arrancaron la vida, pero no le pudieron quitar la libertad. Murió como un hombre libre porque lo hizo por aquello en lo que había creído.

Paco Campos para La Otra Andalucía

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