La crisis devuelve los índices de desigualdad a niveles de hace tres décadas

La conclusión del estudio es nítida: el efecto de la crisis sobre las rentas más bajas ha sido “tan fuerte” que, en poco tiempo, “se han evaporado las ganancias de las casi tres décadas anteriores” en términos de lucha contra la desigualdad.

De hecho, sostiene el informe, de los 33 países para los que hay información dentro de la OCDE, España fue el cuarto en el que más cayó la renta media -solo superada por Grecia, Islandia e Irlanda-, pero aquel donde mayor fue la distancia entre la evolución de la renta del 10% más rico y del 10% más pobre. Es decir, que la desigualdad, lejos de estrecharse, se ha ensanchado de forma muy ostensible.

El informe ha sido elaborado por Luis Ayala, una de las autoridades españolas en medición de la desigualdad, y lo ha publicado Fedea, uno de los institutos de mayor prestigio de España. Y revela que la evolución de la desigualdad en el largo plazo en España estuvo determinada durante varias décadas, fundamentalmente, por las fluctuaciones de los niveles de empleo y, sobre todo, por los cambios en el sistema de prestaciones e impuestos. Por el contrario, fue en los periodos en que se combinaron reducciones de la tasa de desempleo y reformas que aumentaron la progresividad y la capacidad redistributiva de los impuestos y las prestaciones monetarias cuando más disminuyó la desigualdad.

Desde 2007, año en que la situación económica comenzó a deteriorarse de una forma intensa, todo ha ido a peor. Según Ayala, la recesión amplió drásticamente las diferencias de renta entre los ciudadanos españoles, quebrando en poco tiempo la tendencia a la moderación que se había producido durante la mayor parte de la etapa democrática. El espectacular aumento del desempleo, combinado con una respuesta más limitada al ‘shock’ macroeconómico por el sistema de prestaciones monetarias que en otros países, hizo que los indicadores de desigualdad recuperaran niveles desconocidos desde hacía décadas.

Hay que tener en cuenta que España es uno de los países de la Unión Europea donde las prestaciones monetarias tienen menor capacidad para reducir la desigualdad que los hogares obtienen en los mercados. Mientras que la diferencia entre el índice de Gini antes de que el Estado abone las prestaciones sociales y la renta disponible es de un 30% en España, esa cifra sube al 40% en el promedio de la Unión Europea y al 50% en los países donde ese esfuerzo redistributivo es mayor.

El estudio parte de una situación histórica. Según sus resultados, el crecimiento de la desigualdad, medido con el índice de Gini, fue muy marcado hasta el final de la Primera Guerra Mundial, registrándose una notable reducción de la desigualdad hasta la Guerra Civil, momento en que tal tendencia se truncó para pasar a crecer notablemente hasta el ecuador de los años cincuenta, cuando se alcanzó el pico máximo de la serie. En los años sesenta, se produjo otro repunte, aunque moderado, para registrar desde mediados de los años setenta hasta mediados de los años ochenta otro proceso de reducción de la desigualdad, que fue seguido por una década de estabilidad y un posterior repunte desde mediados de los años noventa.

Desigualdad y niveles de renta

La estimación de la curva de incidencia del crecimiento desde 1973 hasta la crisis revela que el crecimiento económico en el largo plazo benefició más a los hogares con menores niveles de renta que a los ubicados en la parte superior de la distribución de la renta. El crecimiento anual de las rentas de los primeros percentiles fue considerablemente superior al de los hogares con más renta, con un marcado carácter progresivo, por tanto, de la evolución de la renta media. Cuando el periodo de observación se extiende, sin embargo, hasta el momento más reciente con datos disponibles, el panorama cambia.

El autor del informe sostiene que uno de los rasgos más destacados de los cambios de la desigualdad en la crisis, a la luz de las distintas encuestas disponibles, es la “pronunciada caída de las rentas más bajas”. Y apoya sus argumentos en que los datos de pobreza monetaria que resultan de la ‘Encuesta de condiciones de vida’ revelan que entre 2007 y 2014 su incidencia aumentó en más de dos puntos -del 19,7% al 22%-, “lo que supone un crecimiento sin precedentes desde que se tienen datos de variación interanual”, asegura.

No solo las rentas bajas han sufrido. También las medias. Y Ayala recuerda que los datos de la ‘Encuesta de condiciones de vida’ permiten una aproximación, aunque muy general, a lo sucedido con las rentas medias desde el inicio de la crisis. Y su conclusión es que “todo apunta” a una progresiva recomposición de la distribución de la población por grandes grupos de renta, con un declive del porcentaje de hogares pertenecientes al grupo intermedio, una ampliación del grupo de renta baja y la relativa inmovilidad de grupo con rentas más altas.

El grupo de renta baja habría pasado de concentrar el 32% al 40% de la población, el grupo de renta media habría pasado de casi el 60 al 52%, mientras que el más rico habría sufrido pocas modificaciones en su peso relativo. Casi uno de cada seis hogares que formaban parte de la clase media -en términos exclusivamente de renta- habría descendido, por tanto, desde este estrato al de rentas más bajas en poco más de un lustro, un cambio muy pronunciado en un periodo muy breve.

Si se compara este cambio con el registrado por otros países de renta alta, destaca que España fue uno de los que registraron una mayor pérdida de peso del grupo de renta media, con la excepción de Reino Unido. En casi todos estos países, la pérdida de peso demográfico de los estratos medios se ha debido, sobre todo, al empeoramiento del segmento de rentas medio-bajas.

Bajos salarios

En este proceso, tiene mucho que ver la calidad de la ocupación. Según el estudio, uno de los rasgos más característicos del empleo creado en la incipiente recuperación es su marcado carácter temporal y el aumento del trabajo a tiempo parcial. Ambos rasgos, se asegura, dificultan, dada la menor remuneración asociada a estas formas de empleo, la reducción de las desigualdades salariales, a la vez que contribuyen a una “mayor incidencia del empleo de bajos salarios respecto a otros países”. Según sus datos, “la tasa de pobreza del 13% de los ocupados en 2014, a tenor de la ‘Encuesta europea de condiciones de vida’, solo es superada por Rumania en el conjunto de la UE-27″.

Este informe ha sido contestado en términos muy críticos por Ángel de la Fuente, director general de Fedea, y Jorge Onrubia, profesor de la Universidad Complutense, para quienes Ayala “carga en ocasiones las tintas más allá de lo que sería razonable a la vista de los datos disponibles, con un mensaje demasiado alarmista”.

En su opinión, el trabajo presenta una imagen “excesivamente sombría” de una España que está entre los países más desiguales de nuestro entorno y que ha perdido en pocos años todo lo avanzado en esta materia durante las últimas tres décadas, como resultado, fundamentalmente, del debilitamiento de nuestro sistema redistributivo y de protección social, en combinación con una tendencia secular hacia el aumento de la desigualdad en las rentas primarias.

Para De la Fuente y Onrubia, el diagnóstico de las causas del reciente aumento de la desigualdad resulta “poco convincente” y prejuzga de forma muy arriesgada el diseño de las políticas necesarias para paliarlo.

Por el contrario, y apoyándose en otros autores, sostienen que el panorama de la desigualdad cambia significativamente cuando se considera la desigualdad de la riqueza o del consumo, o cuando en los ingresos se incluyen partidas de renta en especie, como los alquileres netos de intereses hipotecarios imputados a la vivienda en propiedad.

Si se tiene en cuenta la riqueza, Onrubia y De la Fuente consideran que España presenta la cuarta menor desigualdad neta de la UE, solo por encima de Grecia, Eslovenia y Eslovaquia, y a una distancia notable de aquellos con mayor desigualdad de la riqueza neta, que son Alemania, Austria, Finlandia y los Países Bajos. En cambio, si se restringe la riqueza a los activos líquidos y a aquellos destinados a financiar la jubilación, el orden cambia, presentando España la segunda mayor desigualdad, por detrás de Grecia y por delante de Portugal.

Su conclusión es que el comportamiento del mercado de trabajo ha provocado la mayor parte del incremento en la desigualdad registrado desde 2007, de manera que si se hubiese mantenido la intensidad de trabajo observada entre 2004 y 2007, el incremento del índice de Gini habría sido solo un 30% del observado.

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(Fuente: El Confidencial)

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