Elecciones en Israel: Benjamin Netanyahu o Kahol Lavan, la misma política sionista con distintos nombres

El pasado martes 17 de septiembre se celebraron en Israel las segundas elecciones en el plazo de cinco meses. Con una participación del casi el 70 por ciento, se ha repetido el virtual empate entre los dos partidos con más votos. El Likud, del actual primer ministro, Benjamin Netanyahu, ha obtenido 31 escaños; y Kahol Lavan (Azul y Blanco), liderado por el responsable de la matanza de Gaza de 2014, Benny Gantz, 33 escaños. En estos momentos se negocia un gobierno de coalición que probablemente exija la cabeza de Netanyahu.

En las últimas elecciones de Israel, la contienda ha estado entre dos partidos derechistas, el Likud y Kahol Lavan (Azul y Blanco). Ambas son formaciones ultra-nacionalistas, que comparten en lo esencial las mismas políticas económicas -favorables a los intereses del capital- y las mismas políticas exteriores -de alianza con EEUU, su gran escudo protector para la invasión de la tierra palestina y el exterminio de su pueblo-. Una de sus diferencias es la postura respecto al papel de los poderosos grupos ultra-ortodoxos, muchos de los cuales viven bajo el ala del Likud, partido del actual primer ministro, Benjamin Netanyahu; grupos que suscitan los recelos del secular Benny Gantz, ex-jefe de la Fuerza de Defensa Israelí y líder de Azul y Blanco.

Otra diferencia entre los dos partidos mayoritarios es meramente nominal, ya que, mientras los medios corporativos nos presentan al Likud como “de derechas y extrema derecha”, a Azul y Blanco, partido de Benny Gantz, lo califican de “centro-derecha” por su orientación secular y la promoción de medidas como el matrimonio civil o la cancelación del privilegio de los ultra-ortodoxos a no cumplir el servicio militar, con añadido de promesas de tipo social como la de aumentar el transporte público.

La llave de las negociaciones para la formación de un gobierno de coalición, por el que apuestan tanto el Presidente de la república, Reuven Rivlin, como los principales partidos, parece tenerla un tercero, el llamado Ysrael Beiteinu (Israel nuestra Casa), liderado por otro halcón anti-palestino, Avigdor Lieberman. Este tiene 8 escaños en la Knesset (parlamento), menos que la Candidatura Unitaria Palestina, que ha obtenido 13. A esta, sin embargo, ni se la llama ni se la espera, aunque también ha ofrecido integrarse en un gobierno de unidad por primera vez en la historia del Estado de Israel. Lieberman se negó, en la pasada elección de abril, a dar su apoyo a la investidura de Netanyahu, su antiguo patrón y ahora archi-rival. De ahí que haya tenido que haber nuevas elecciones. Aunque es difícil predecir lo que finalmente hará, Lieberman está moviendo los hilos para crear un gobierno de unidad de tinte secular entre Likud, Azul y Blanco y su partido.

Otra vía que se contempla es formar una coalición que sería dirigida por Azul y Blanco y excluiría al Likud. Aparte del recelo al poder de los grupos ortodoxos, Gantz ha dicho que no quiere tener de compañero de coalición a alguien como Netanyahu, que encara graves cargos por corrupción. Y la lealtad del Likud a Netanyahu se debilita por momentos. El precio a pagar por la entrada de Azul y Blanco en una posible coalición con el Likud sería precisamente la cabeza de Bibi Netanyahu. Su carrera como primer ministro parece llegar a su fin. Este habría sido su quinto mandato consecutivo, algo que, si se diera en algún otro determinado país, de seguro sería calificado de “régimen autoritario”.

Precisamente, para mantenerse más tiempo en el poder y asegurarse, con ello, la inmunidad que le blinda contra su procesamiento, Netanyahu propuso antes de las elecciones un plan para invadir Gaza, que el alto mando militar y el fiscal general enseguida cercenaron. No obstante, sea quien sea la coalición que finalmente se forme, los palestinos -tanto los ciudadanos de Israel como los de la Palestina ocupada- serán los que pierdan. Ningún candidato de los mayoritarios ha hablado durante estas elecciones del tema palestino, excepto para jaztarse abiertamente de la cantidad de muerte y destrucción que han perpetrado en Gaza, como hizo el mismo Benny Gantz en un vídeo de su campaña electoral.

Gantz, de hecho, está siendo investigado en un tribunal de justicia de La Haya por crímenes de guerra. La vista se inició por denuncia del ciudadano palestino-holandés, Ismail Ziada, por el bombardeo que Gantz, entonces jefe del ejército isralelí, ordenó sobre su casa, en el campo de refugiados de al-Bureij, matando a seis miembros de su familia (madre, tres hermanos, cuñada y un sobrino de 12 años) y a una septima persona que estaba de visita. Esto ocurrió en 2014, durante la ofensiva de 51 días contra Gaza, que mató a 2.251 palestinos, incluidos 1.462 civiles (551 niños) y 11.000 resultaron heridos de diversa consideración, según una investigación de las Naciones Unidas.

El Estado de Israel y los grupos sionistas que apoya se han puesto manos a la obra contra esta “campaña anti-Israel”, ejerciendo presión sobre el tribunal holandés y los abogados de Ziada e incluso recurriendo a amenazas y extorsiones. En diciembre pasado, los frenos del coche familiar de Zaida fueron saboteados. Y, como suele ser habitual, Twitter, siempre al servicio del Tío Sam, suspendió la cuenta de la Campaña por la Justicia en Palestina, que apoya la acción legal de Ziada.

Gane quien gane, sea la que sea la composición del nuevo gobierno, esta elección no evitará que sigan las ocupaciones ilegales de la tierra palestina, las matanzas y las campañas de odio. No tendrá ningún efecto positivo sobre los sectores más desfavorecidos de la población israelí, sobre el 20 por ciento de ciudadanos palestinos y de otros orígenes no judíos, que, en la etnocracia de raíz religiosa de Israel, poseen derechos de segunda y tercera clase.

(Fente: Canarias Semanal / Autora: Eva Lagunero)

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