Siria: la guerra que no nos han querido contar. Un conflicto sustentado en mentiras e impulsado por las grandes potencias

(1ª parte)

El conflicto en el país de Oriente Próximo se sustenta en mentiras: las grandes potencias defienden sus intereses políticos y económicos. El pueblo es lo de menos

En Siria no hubo en 2011 ninguna revolución. La guerra de Siria es el resultado de un conflicto entre dos sistemas; el secularismo socialista del Partido Baaz frente al islamismo liberal en lo económico de los Hermanos Musulmanes. Se trata de un enfrentamiento que lleva desangrando Siria desde los años sesenta, cuando los baazistas tomaron el poder por primera vez, y que en 2012 se recrudeció cuando islamistas de todo el mundo acudieron a la llamada de la yihad hasta provocar el conflicto que, entre disputas de poder y fuego cruzado, ha convertido a Siria en un puzzle de cientos de milicias, organizaciones e intereses que se sostienen sobre la muerte.

Desde el principio, la guerra se sustentó en mentiras. Estados Unidos busca mantener la hegemonía de sus aliados en la región para que sus empresas sigan operando en el mercado de los recursos. Junto a  Estados Unidos, Francia, Qatar y Arabia Saudí necesitaban encuadrar la opinión pública a su favor para que ésta respaldase una intervención directa dentro de Siria dando apoyo logístico, militar y financiero a los rebeldes. En ningún momento se planteó qué porcentaje de población local estaba a favor de su gobierno y qué porcentaje de población estaba a favor de derrocarlo porque, sencillamente, no importaba.

Rusia por su parte, bajo la excusa de defender Siria, decidió involucrarse en el conflicto para proteger tanto su estratégica salida al Mediterráneo en el puerto de Tartús como sus intereses comerciales y políticos. Con la Siria de Bashar al-Assad, Putin sabe que sus enemigos regionales no podrán construir un gaseoducto desde Qatar hacia Europa pasando por Siria, por lo que los rusos se aseguran ser los únicos que suministren gas natural a Alemania y países vecinos a través del mar Báltico. Al beneficio económico se le añade la ventaja política de poder chantajear con recursos básicos.

Irán, Israel, Turquía y Arabia Saudí están enfrascados en una disputa por la dominación regional, algo en lo que Estados Unidos juega un papel vital a favor de su principal aliado Israel. Entre las manifestaciones legítimas por reformas de 2011 y quienes querían derrocar al gobierno, hay una gama de grises que, tanto los Hermanos Musulmanes en el exilio como las Estados Unidos, Arabia Saudí, Francia y aliados supieron explotar, y que las organizaciones yihadistas aprovecharon para hacerse un hueco dentro de Siria. Éstos países ya tenían en 2011 un objetivo claro: pedir una intervención para salvar al pueblo sirio, pero sin preguntar al pueblo sirio.

“Esta revolución es por dignidad”, “la ‘primavera árabe’ tumba a tres dictadores y otros tres permanecen en el poder” o “la primavera árabe se marchita”, titulaban algunos medios, la gran mayoría refiriéndose a la primavera árabe como un movimiento democratizador homogéneo; como una receta que podía aplicarse en cualquier país.

Las revueltas de Bahrein estaban lideradas por la oposición chií, mientras que en Túnez el movimiento islamista suní Ennahda buscaba aprovechar las protestas contra la dictadura para hacerse con el poder. Del mismo modo, Siria siguió un camino distinto que desembocó en la guerra que los Hermanos Musulmanes, un partido ilegalizado y responsable de varios intentos de golpe de Estado y magnicidio, llevaba deseando iniciar desde hacía tres décadas.

Lejos de lo que decían los titulares de prensa, la Siria presidida por Bashar al-Assad no era un país de partido único. Si bien hasta la reforma constitucional de 2012 el Partido Baaz Árabe Socialista gozaba de una posición privilegiada como partido del Estado, también son legales el Movimiento Socialista Árabe, Unión Socialista Árabe de Siria, Partido Comunista Sirio, Partido Comunista Sirio (unificado), Unionistas Socialdemócratas, Unionistas Socialistas, Partido de Unión Árabe Democrática, Partido Unionista Socialista Democrático, Movimiento de Pacto Nacional, Partido Social Nacionalista Sirio y Nasseristas.

Para entender el conflicto irreconciliable entre el Estado sirio y los Hermanos Musulmanes hay que conocer la base ideológica de ambos.

El Partido Baaz surge tras la descolonización y tiene como base ideológica el secularismo y el socialismo no marxista. Su ideología nacionalista árabe busca unir a una población desarraigada y sin identidad tras el Imperio Otomano y la colonización francesa, al tiempo que hace frente al panislamismo. Para ello apuesta por la construcción de un estado secular y anti-imperialista que reconozca todas las etnias y confesiones que conforman el país más diverso de Oriente Medio.

Los Hermanos Musulmanes, en cambio, buscan recuperar la identidad islámica de los países árabes (desde una interpretación integrista) y son liberales en lo económico y conservadores en lo social. Aunque se presentan como una organización islamista moderada, los Hermanos Musulmanes tienen un largo historial de violencia en Oriente Medio y el Norte de África. En los años 40 asesinaron al primer ministro de Egipto Mahmud Pasha, en los años 50 intentaron asesinar al presidente egipcio Gamal Abdul Nasser, y en 1988 se unieron al Frente Islámico de Salvación en Argelia, en un alzamiento islamista que provocó una guerra civil en la que murieron más de 200.000 personas.

La hermandad bebe del deobandismo, una corriente integrista del islam que busca volver a los orígenes del mismo para vivir como en los tiempos del profeta Mahoma y que también comparten los talibanes. Esta escuela persigue eliminar cualquier vestigio cultural, social y político que no tenga raíces islámicas. En Siria no tardaron en convertirse en la principal fuerza de oposición sectaria al secularismo del Baaz, y desde que este llegase al poder en los años 60, han intentado derrocar al gobierno en múltiples ocasiones.

Además del rechazo que sienten los HHMM hacia las ideologías claramente seculares y “occidentalizadas” como la del Baaz (Renacer), hay que añadir que Bashar al-Assad es alauita, una minoría dentro del chiísmo. Según las escuelas jurídicas que engloban el integrismo suní, los chiíes son herejes a los que hay que eliminar, lo cual lleva la lucha política también al ámbito religioso sectario.

Hay que matizar que los HHMM no representan a todas las corrientes integristas que actualmente combaten en Siria, ya que, a pesar de compartir raíz ideológica, cada una busca aplicar la ley islámica de su escuela jurídica. Por ejemplo, los principales clérigos salafistas han declarado fatwas contra la hermandad porque consideran la actividad política un peligro para la da’wa y su objetivo final de instaurar la sharía destruyendo las instituciones previas.

El problema de ideologías pan-islamistas como la de los Hermanos Musulmanes reside en que Siria no es un país musulmán sino multiconfesional y multiétnico. Un Estado gobernado por la sharía llevaría inevitablemente a limpiezas étnicas y el exterminio de la mitad de la población.

Cuando Bashar al-Assad llegó al poder en el año 2000, hizo reformas que limitaban el control del Estado sobre la población. Esto provocó que la oposición islamista contase cada vez con menos base social, lo que se tradujo en que fracasasen todos sus intentos de golpe de Estado, por lo que se vieron forzados a buscar apoyos en el exterior; principalmente británico, francés y de EEUU. Poco antes de que estallase el conflicto, la oposición ligada a los Hermanos Musulmanes y asentada en Londres creó Barada TV, el medio de referencia que se utilizó para pedir el derrocamiento de Bashar al-Assad e informar en Europa de forma parcial y propagandística sobre las protestas sirias.

Según Barada TV, cientos y hasta miles de personas eran asesinadas por “las fuerzas de Assad” cuando protestaban contra el estado de emergencia, situación que vivía Siria desde hacía más de cincuenta años debido a los constantes golpes de Estado y la guerra con Israel, que lejos de haber terminado se mantiene con la ocupación israelí de los Altos del Golán. Según cables difundidos por Wikileaks, desde 2006 y tras congelar sus relaciones con Siria en 2005, los Estados Unidos entregaron a Barada TV más de 6 millones de dólares para operar el canal y financiar “actividades de la oposición” dentro de Siria. La financiación no terminó tras el mandato de Obama, sino que continuó con la administración Trump. Se estima que, entre 2005 y 2010, Estados Unidos introdujo en Siria unos 12 millones de dólares para financiar a grupos insurgentes opositores al Gobierno de Al-Assad antes de que estallase la guerra, una cifra que aumentaría exponencialmente durante la guerra hasta alcanzar los 12.000 millones.

Las diversas injerencias muestran que el conflicto se forzó desde el exterior, principalmente de la mano de potencias extranjeras y del entorno de los Hermanos Musulmanes en Europa, donde cuentan con 500 asociaciones ligadas a la Federación de Organizaciones Islámicas en Europa (FOIE), entre las que destaca el Movimiento para la Justicia y el Desarrollo, que entró en Siria –donde estaba ilegalizado– durante la guerra.

La demonización de Siria permitió justificar políticas como la de sanciones impuestos por parte de EE.UU., que tenían como objetivo debilitar la economía y agravar una crisis acentuada por la corrupción y el aperturismo económico que trajo por ejemplo consigo la retirada de algunos subsidios en zonas rurales afectadas por una sequía que en 2011 cumplía su quinto año. Estas políticas llevaron la economía al límite, acentuaron la desigualdad en un país más equitativo que Rusia, EE.UU. o España según el índice GINI y buscaron provocar una debilidad con la cual forzar el conflicto social.

Aprovechando el contexto de las protestas de 2011, los islamistas pudieron infiltrarse entre las masas e introducir combatientes extranjeros para derrocar al Gobierno o, de no lograrlo, iniciar la guerra. El plan había funcionado.

Hacia un nuevo orden mundial: la guerra ha reinventado las Relaciones Internacionales

Desde 2011 Siria se ha convertido en una especie de tablero de ajedrez en el que cada país tiene su pieza. El eje Estados Unidos, Israel, Arabia Saudí, Jordania y Emiratos Árabes Unidos está enfrentado a Rusia, Irán y China. Qatar y Turquía se mueven entre dos aguas, y países como Corea del Norte llegan a acuerdos con Siria sin hacer demasiado ruido. En medio, se encuentra la población siria, que solo anhela la paz y que todo vuelva a la normalidad.

¿Pero por qué terceros países iban a querer invertir millones de dólares en una guerra que no es la suya? En unos casos lo que persiguen no son más que acuerdos comerciales y el dominio de una región que conecta Asia con Europa. En otros, se trata de sobrevivir.

La supervivencia es lo que mueve a Israel y Arabia Saudí, que se sienten bajo asedio. Tras la guerra de 2006 en la que Hezbollah se impuso a Israel en el sur de Líbano, el Eje de Resistencia formado por Hezbollah, Siria, Irán y Palestina se popularizó enormemente en el mundo árabe. Esto suponía un riesgo para la monarquía de los Saud, con una inestabilidad interna –acentuada por la minoría chií fuertemente reprimida– que el Estado nunca llega a controlar y un riesgo para Israel, que no podía ver fortalecidos a los enemigos con los que comparte frontera. Además, Israel es una potencia emergente con problemas demográficos debido al gran número de población judía de todo el mundo que acoge, por lo que mantener su política de asentamientos y el territorio ocupado del Golán se ha convertido en una necesidad. Todo apunta a que tras la guerra de Siria, habrá un recrudecimiento de las tensiones con el sur de Líbano donde hay una importante reserva de gas natural.

Las protestas de 2011 fueron una gran oportunidad para descabezar el Eje de Resistencia al intentar aislar Líbano, Siria y Palestina de Irán. Para ello, Israel y Arabia Saudí se valieron de compartir un objetivo común con los integristas suníes que buscaban eliminar el eje ante el temor de una dominación chií y pro-iraní en todo Oriente Medio.

Irán, al igual que Arabia Saudí, sabe que su supervivencia está en juego. La disolución de la Media Luna Chiíta (Irán, Irak, Siria y Líbano) haría que el país persa quedase completamente aislado y a merced de sus enemigos regionales e internacionales. Irán se ha involucrado en la guerra de tal modo que anualmente invierte miles de millones de dólares en dar apoyo a Siria tanto a nivel militar como logístico, entregando petróleo y ayuda humanitaria. Las cifras varían según las fuentes entre los seis mil millones y los veinte mil millones de dólares. Además del gasto monetario, los iraníes han perdido más de un millar de soldados en suelo sirio.

Este enfrentamiento entre Arabia Saudí e Irán ha afectado a las relaciones de los saud con Qatar, que es un importante aliado de los iraníes, desembocando en una crisis política en 2017 con bloqueos a Qatar por parte de Arabia Saudí y el cese de las relaciones diplomáticas de Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Bahrein y Arabia Saudí con Qatar. Durante unas semanas se llegó a hablar de una invasión saudí, pero eso jamás sucedió ya que en la capital de Qatar, Doha, Estados Unidos cuenta con una de sus mayores bases en la región, al-Udeid, con 11.000 efectivos y 100 aviones operativos.

Rusia no ha entrado en Siria por solidaridad internacionalista. Siria proporciona actualmente a Rusia la baza estratégica de la salida al mar Mediterráneo, por esta razón intervino militarmente para salvar del colapso al gobierno sirio cuando los rebeldes se encontraban más fuertes –antes de las luchas de poder que les han sentenciado–.

Los rusos no entraron a Siria hasta 2015. Durante los primeros años de la guerra, el Kremlin mostró cierta disposición a colaborar con EE.UU. en propuestas como la destrucción del arsenal químico sirio en 2013, pero vetaba constantemente las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas contra el gobierno de Bashar al-Assad. Hasta 2015 sus bases de Tartous, Latakia y Hmeymim se encontraban en zonas relativamente estables controladas por el Gobierno sirio. En 2015, sin embargo, el Gobierno se encontraba en una posición muy frágil y Rusia veía peligrar su salida al Mediterráneo. Es entonces cuando el Kremlin decide atender la petición del parlamento sirio y entrar con fuerza en Siria.

Otro interés central de Rusia es el tráfico de gas natural, que juega un papel fundamental en sus relaciones internacionales. Los rusos venden su gas a Alemania y países vecinos por el mar báltico, a través de Gazprom, a unos precios contra los que Estados Unidos no puede competir. Por ello, cuando hay una crisis diplomática Rusia siempre puede amenazar, como hizo durante la crisis en Ucrania, con cortar  los suministros de gas. Evitando que Estados Unidos venda gas natural catarí a través de un gaseoducto que tendría que pasar por Siria, Rusia consigue mantener su dominio diplomático del centro de Europa y mitiga el efecto de las sanciones impuestas por EE.UU.

Estados Unidos que busca mantener la hegemonía de sus aliados en la región para que sus empresas sigan operando en el mercado de los recursos, ha invertido al menos 500 millones de dólares según los datos oficiales solo en entrenar a los rebeldes. Sin contar el gasto de sus dos ataques con misiles Tomahawk en 2017 y 2018 contra múltiples posiciones sirias. Solo entre 2014 y 2018 reconocen haber invertido 12 mil millones de dólares en Siria  para crear nuevas fuerzas  de seguridad en territorios de la oposición, entregarles armamento, estabilizar localidades, organizar operaciones militares y civiles… según el exembajador de EE.UU. en Damasco.

Una de las razones que alega Estados Unidos para justificar su inversión y apoyo a los rebeldes son los crímenes que atribuye al Gobierno sirio, entre los que juegan un papel clave ante la opinión pública los ataques químicos. Sin embargo, su atribución al gobierno de Al Assad es controvertida, ya que la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), respaldada por Naciones Unidas, sigue sin encontrar evidencias que inculpen al Gobierno sirio y organismos como Médicos Suecos por los Derechos Humanos o Theodore Postol del Instituto Tecnológico de Massachusets la cuestionan. Los supuestos ataques químicos son claves para lograr la demonización de Siria y el desgaste de la imagen de Rusia ante la opinión y en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Erdogan, desde Turquía, busca convertirse en el máximo referente entre la comunidad suní a nivel mundial. A pesar de liderar un gobierno declaradamente hostil al de Damasco, el intento de golpe de estado que sufrió Erdogan en 2016 supuso un punto de inflexión en sus Relaciones Internacionales, por lo que se acercó cada vez más a Irán y Rusia. Esto ha repercutido en las negociaciones trilaterales de Ankara sobre el proceso de paz en Siria, haciendo que Erdogan esté más dispuesto a negociar un final de la guerra favorable para Assad.

La actual crisis económica que amenaza a Turquía tras las sanciones impuestas por Estados Unidos ha hecho que un indeciso Erdogan se aleje aún más de la OTAN para intentar buscar un lugar al amparo de la economía rusa y el BRICS, un mercado común compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.

(2ª parte)

En 2013, las potencias regionales e internacionales comenzaron su pugna por dominar tanto el país como la región

Decir que la guerra en Siria empezó porque el Gobierno decidió ignorar y responder con balas a las demandas de reformas y más democracia por parte de un sector de la población, sencillamente, es repetir una mentira que no se sostiene.

Las protestas de la “primavera siria” adquirieron enseguida un carácter violento. Por poner un ejemplo, el tercer día de protestas los manifestantes prendieron fuego en Daraa al Palacio de Justicia, las sedes de dos compañías telefónicas, la sede del Partido Baaz y varios edificios más. Desde el inicio de las protestas el Estado había perdido el monopolio de la violencia.  El 6 de junio de 2011, solo tres meses después de las primeras protestas y antes de que hubiese estallado la guerra, los opositores ejecutaron a 120 soldados sirios. Para ese momento ya se hablaba de 400 miembros de las Fuerzas de Seguridad asesinados y otros 1.300 heridos.

Tampoco se trataba de una insurrección popular. Poco antes de las revueltas de marzo conocidas como ‘la revolución’, en febrero de 2011 se intentó convocar un Día de la Ira. Fue un fracaso. Ya entonces medios como el New York Times aseguraban que la oposición no tenía base social y que estaba ligada a organizaciones integristas.

En 2014 había al menos 81 nacionalidades distintas combatiendo en el bando rebelde dentro del país. Se había declarado una yihad en la que la única democracia que les valía a los rebeldes era la ley islámica lograda a través de la espada contra un gobierno al que definen como herético.

El Gobierno de El Assad sabía que, desde el inicio de las protestas en 2011, entre los manifestantes con demandas legítimas había opositores islamistas que tenían como objetivo acabar con el Baaz. Por esta razón realizó una serie de concesiones, como poner fin al estado de emergencia y otorgar una mayor apertura política, que tenían como objetivo apaciguar a los moderados, contentar a los conservadores suníes y liberar la presión internacional.

Para el sector más radical de la oposición estas reformas no fueron suficientes ya que el Estado se mantenía secular y con una economía fuertemente regulada, con los sectores estratégicos estaban nacionalizados. En el exterior, las potencias hostiles tampoco veían con buenos ojos que Siria se mantuviese con Irán y Hezbollah dentro del Eje de Resistencia y que la inversión extranjera y las importaciones siguiesen restringidas para potenciar un mercado propio que, como la banca, estaba controlado por el Estado.

Estas medidas, a pesar de democratizar el espectro político con la aparición de nuevas asociaciones y partidos como el Foro Cultural por los Derechos Humanos, las vieron los islamistas como una debilidad que fracturó la frágil estabilidad de Siria, un país que antes de los 30 años de Gobierno de Hafez al-Assad vivió más de veinte golpes de estado en veinte años.

La derogación del estado de emergencia, que llevaba 48 años vigente, supuso un punto de inflexión que permitió a los Hermanos Musulmanes en el exilio y a intelectuales cercanos al trotskismo valerse de los mecanismos de propaganda necesarios para promover las protestas desde el exterior y pedir la intervención de una Comunidad Internacional que mantenía fuertes sanciones sobre el país.

Los diferentes intelectuales ligados a la oposición supieron utilizar las tecnologías de la información y la comunicación que el propio Bashar al-Assad quiso impulsar en los 2000, pero su discurso no caló dentro de Siria porque no se correspondía con la realidad que vivía la población y porque en 2012 todavía internet seguía teniendo una penetración muy pequeña en el país.

El conflicto sirio jamás fue una guerra puramente civil. Se trata, desde su comienzo, de un enfrentamiento internacionalizado en el que se están enfrentando combatientes de todo el mundo patrocinados por las principales potencias económicas y militares. De hecho, al tener el grueso de los rebeldes un carácter integrista, podemos hablar, más que de guerra civil, de yihad global.

Si existieran los 70.000 combatientes moderados que el primer ministro británico David Cameron dijo apoyar en 2015 –y que periodistas como Robert Fisk cuestionaron alegando que a duras penas habría 700 o incluso 70–, lo cierto es que estos no suponen un grueso de población suficiente para justificar una guerra; son menos combatientes de los que perdieron tanto el ejército sirio como los rebeldes por separado entre 2011 y la fecha de anunciar el apoyo. Cameron tuvo que reconocer poco después que entre los 70.000 combatientes supuestamente moderados que apoyaría Reino Unido también se encontraban “islamistas de línea dura”, que resultaron ser la mayoría.

El Centro de Operaciones Militares (MOC) de Amán, formado por EE.UU., Jordania, Reino Unido, Francia, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, juega también un papel vital en el conflicto sirio dando apoyo económico, militar y logístico a los rebeldes y coordinando operaciones conjuntas desde la base militar situada en el paso fronterizo sirio-jordano de al-Tanf.

El apoyo económico y militar que brindaba el Centro de Operaciones Militares de Amán a los considerados rebeldes moderados del Ejército Libre Sirio hizo que grupos de carácter extremista como la Brigada Osama Bin Laden decidiesen unirse al mismo. Gracias al apoyo indiscriminado de Estados Unidos, Arabia Saudí, Qatar y Jordania a estos grupos, pudieron hacerse fuertes milicias como el Frente de los Revolucionarios Sirios, que hasta su derrota en Daraa se mantuvieron aliados al por entonces brazo de al-Qaeda en Siria, Jabhat al-Nusra, el grupo más fuerte de la oposición hasta la escisión del Estado Islámico.

En 2012 el New York Times explicaba cómo la mayoría del armamento enviado a los rebeldes terminaba en manos de grupos extremistas. Unas estructuras fuertes, mayor organización y experiencia militar adquirida en diferentes frentes, hicieron que Jabhat al-Nusra dominase. Incluso el líder del Ejército Libre Sirio, Riyad al-Asaad, reconoció que Nusra se había convertido en una organización referente hacia la que estaban orbitando la mayoría de rebeldes.Figuras prominentes de los rebeldes,  que se convirtieron en la cara visible y mediática de la revolución, terminaron mostrando su simpatía por al-Qaeda y Estado Islámico.

Junto a Riyad al-Asaad, otras figuras prominentes de los rebeldes,  que se convirtieron en la cara visible y mediática de la revolución, terminaron mostrando su simpatía por al-Qaeda y Estado Islámico. Es el caso del ex-futbolista sirio Abdul Baset al-Sarout, que aseguraba en 2014 que esas organizaciones islamistas compartían los mismos intereses y objetivos que los rebeldes.

El Frente de los Revolucionario Sirios no es la excepción, ya que dentro de los rebeldes apoyados desde el exterior, sobre todo por Turquía, se encuentra Ahrar al-Sham, una coalición de islamistas que durante los primeros años de la guerra logró imponerse sobre los grupos menores. Gracias al apoyo turco y qatarí, en sus mejores años contaban con 20.000 combatientes y lideraban el Frente Islámico, una coalición de 45.000 efectivos.

Desde el primer momento la oposición siria se organizó en el extranjero. Principalmente en Turquía, donde se creó el embrión del Ejército Libre Sirio en 2011, ya que el gobierno de Erdogan y su partido, el AKP, están ligados a los Hermanos Musulmanes, que son quienes alimentaron desde el principio la violencia en las protestas.  Que las autoridades turcas facilitasen a los rebeldes poder atacar Siria desde su territorio, potenció en gran medida su capacidad para desestabilizar el país cuando se encontraba en un punto de no retorno después de que las protestas escalasen a conflictos tribales con sangre de por medio.

Los rebeldes no solo se han beneficiado del apoyo del MOC y de Turquía. La organización “Amigos de Siria”, un colectivo ajeno al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas impulsado por Nicolas Sarkozy, Estados Unidos, Turquía, países europeos y petromonarquías del Golfo, ha financiado a organizaciones islamistas afiliadas al Ejército Libre Sirio como Faylaq al-Sham, Tajamo Fastaqim, Jaysh al-Mujahideen y Jaysh al-Idlib, los cuales son cercanos a la unión de diferentes grupos yihadistas Ahrar al-Sham.

Los líderes y fundadores de Ahrar al-Sham fueron liberados de la prisión de Sednaya en 2011 por presión internacional ante las demandas de los manifestantes al ser considerados presos políticos moderados, aunque ya por entonces hablaban en sus discursos de matar a los nusayríes y los rafida (términos despectivos con los que se refieren a los alawitas y chiíes).

Los Hermanos Musulmanes, a través de Mohammed Surur Zein al-Abidin, optaron por dar apoyo y financiación a grupos menos conocidos pero también importantes como Jabhat Tahrir Suriyya al-Islamiyya, Batallón Farouq, Suqour al-Sham y la Brigada Tawhid entre muchos otros. Sin embargo, la principal apuesta de los Hermanos fue Jaysh al-Islam, un grupo salafista que se configuró como el más importante junto con Ahrar al-Sham y Jabhat al-Nusra, hasta que su líder, Zahrar Alloush, murió en un bombardeo ruso provocando una lucha interna por el poder de la que nunca se recuperaron.

En 2014, Estados Unidos entró a apoyar a las YPG kurdas (que buscan crear una autonomía en los territorios que controlan en el norte y este de Siria) y parte del Ejército Libre Sirio (ELS) en la batalla de Kobane contra el Estado Islámico. Cuando el ejército sirio tuvo que retirarse del norte de Siria por falta de efectivos, al estar en demasiados frentes, los kurdos que no quisieron integrarse en las Fuerzas de Defensa Nacional se hicieron con el control de la localidad fronteriza con Turquía apoyados por los rebeldes del Ejército Libre Sirio que habían estado enfrentándose al bando gubernamental. Un año más tarde, Estados Unidos creó las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) para aglutinar en un mismo grupo a los rebeldes más distanciados de al-Qaeda y a las YPG.

A pesar de la imagen de moderación que se han labrado las Fuerzas Democráticas Sirias en occidente, en su seno cuentan con organizaciones islamistas como la Brigada de los Revolucionarios de Raqqa, que antes de las FDS eran aliados de al-Qaeda en Siria, y Liwa Owais al-Qorani, que combatían del lado del Estado Islámico en Tabqa. En enero de 2018, las Fuerzas Democráticas Sirias liberaron a 400 miembros del Estado Islámico capturados, de los cuales 120 se integraron en las FDS de Deir Ezzor y Hasaka.

Además del patrocinio de EE.UU., las FDS han recibido 100 millones de dólares saudíes que sirven para financiar la guerra pero también para contratar mercenarios de la empresa de seguridad privada Castle International.

Para 2012 el Gobierno sirio no había caído, y los bandos del conflicto ya estaban establecidos. En ese contexto, 2013 se convertiría en el año en que las potencias regionales e internacionales comenzasen su pugna por dominar tanto Siria como la región y reinventar el orden mundial tal y como lo conocíamos hasta entonces.

En Siria siempre hubo oposición moderada y legal

La oposición ha sido y sigue siendo uno de los temas más polémicos a la hora de hablar del conflicto sirio y de su futuro político. Intentando dar voz a las fuerzas opositoras al gobierno sirio, desde Europa solo se ha logrado silenciarlas.

Según el Índice Democrático del semanario The Economist, Siria es un Estado autoritario, aunque su sistema se inspira en el modelo francés semi-presidencial con parlamento multi-partido basado en el principio del pluralismo desde 2012, tras la reforma constitucional que se aprobó junto con varias concesiones para intentar evitar la guerra –como las elecciones parlamentarias de ese mismo año–.

Actualmente se pueden diferenciar dos tipos de oposición: la oficialista legal y la armada.

Dentro de la oposición armada se encuentran los conocidos rebeldes sirios, que cuentan con apoyo de países europeos y de Estados Unidos, y cuyo máximo órgano de representación política es el Consejo Nacional Sirio (CNS). Dentro de este bloque podemos introducir también a la oposición de los Hermanos Musulmanes en el exilio, ya que son la fuerza opositora de este bloque más organizada y con una amplia red de contactos. El Consejo Nacional Sirio, los Hermanos Musulmanes y las milicias armadas en Siria apuestan por derrocar al Gobierno sirio a través de las armas y la imposición de una ley islámica, que es el punto en común que une a todos estos grupos.

Por otro lado, y silenciada desde el exterior, se encuentra la oposición oficialista. En ella  destacan el Comité Nacional de Coordinación de las Fuerzas del Cambio, formado por diferentes partidos que apuestan por la solución pacífica y liderado por los nasseristas, y el Partido Social Nacionalista Sirio, en liza hasta agosto de 2014.

Aunque los miembros de la oposición oficialista como el líder del Partido Social Nacionalista Sirio (PSNS), Ali Haidar, se consideran opositores y aseguran que no descansarán hasta derrocar al Baaz, durante la guerra han decidido formar un gobierno de unidad. Lo que los diferencia de la oposición armada es que apuestan por la vía pacífica para lograr los cambios, por el secularismo del Estado y por rechazar cualquier tipo de injerencia externa para desestabilizar el país.

Los partidos de la oposición oficialista cuentan con sedes en Damasco y tienen permitida la utilización de milicias propias que combaten en la guerra, como ‘Las Águilas del Torbellino’ del PSNS, o la Resistencia Siria, fundada por el comunista Mihrac Ural y asociada con grupos armados turcos como el Frente Popular de Liberación DHPC-C.

El negocio de las armas balcánicas en Siria

La industria armamentística no conoce la crisis. Según el Proyecto de Denuncia de la Corrupción y el Crimen Organizado (OCCRP), Estados Unidos ha invertido más de dos mil millones de dólares en armas producidas en los Balcanes para los rebeldes sirios (parte de los 12 mil millones que EE.UU. declara haber invertido en la guerra). Se trata de armamento inspirado en las armas soviéticas y fabricado en los países balcánicos y del este de Europa con municiones producidas en Kazajistán, Georgia y Ucrania. Solo en 2017, el Pentágono tenía un presupuesto de 250 millones de dólares para entrenar y equipar a los rebeldes, del cual 210 eran para municiones, equipo y armas.

La principal ruta que siguen estas armas empieza en Bulgaria y Rumanía. A través del mar Negro llegan a las bases norteamericanas en Jordania y Turquía; desde 2017 también por aire hasta Kuwait. Es entonces cuando el Pentágono,  a través del Comando de Operaciones Especiales de los Estados Unidos –y sin que se conozcan los detalles, la CIA–, introduce el equipamiento en Siria.

Mientras que el Comando de Operaciones Especiales de los EE.UU. (SOCOM) se encarga de entregar a los rebeldes principalmente armamento ligero, el principal proveedor de misiles anti-blindado BGM TOW a los rebeldes ha sido la CIA. Su actuación independiente les ha generado múltiples disputas con el Pentágono, lo que llevó en 2017 a Trump a forzar el cese del programa secreto de la CIA de apoyo a los rebeldes. Aunque no se sabe qué ha sido del mismo, lo más probable es que EE.UU. haya centralizado su campaña de apoyo a los rebeldes sirios y las FDS únicamente a través del SOCOM. Esta teoría la avala el que el presupuesto del Pentágono para apoyar a los rebeldes aumentase en 2018 respecto a 2017.

El problema de entregar armas a los rebeldes sin hacer un seguimiento posterior de las mismas es que gran parte de los equipos terminan en manos del Estado Islámico o milicias afiliadas al actual brazo de al-Qaeda en Siria, Hay’at Tahrir al-Sham como ya pasa con otro tipo de ayudas que entregan.

Las batallas que cambiaron la guerra

La guerra de Siria ha vivido violentas batallas que más allá de la épica bélica han supuesto puntos de inflexión o, al menos, han determinado los movimientos y las estrategias de los distintos actores implicados en la misma:

La ofensiva de al-Qusayr en 2013. En esta batalla es cuando Hezbollah entró en la guerra. Los rebeldes perdieron la posibilidad de llegar a dominar Homs tras la derrota en Qusayr. Tras esta batalla, los pocos grupos que podían considerarse islamistas moderados vieron que no tenían capacidad de ganar la guerra, por lo que terminaron uniéndose a los más radicales que eran la fuerza principal de la oposición no oficial gracias al apoyo económico y militar recibido desde fuera, junto con los combatientes importados de Afganistán e Irak que ya contaban con experiencia en combate. La victoria de Qusayr llegó después de un año de constantes derrotas del Ejército Sirio.

Batalla de Homs 2011-2014. Los rebeldes pierden “la capital de la revolución”. La batalla costó la vida de 50.000 personas de ambos bandos, y no habría terminado de no ser porque se apostó por la vía diplomática además de la militar. Los rebeldes que no se acogieron a Procesos de Reconciliación Nacional fueron evacuados a la bolsa de Rastan. De este modo el gobierno apostaba con mayor intensidad por la solución diplomática que redujese el número de muertes. Dos años después Idlib se convertiría en el destino preferido por los rebeldes evacuados de los diferentes frentes, aunque actualmente con la entrada de Turquía en el norte de Siria también van a Afrín y Jarabulus para así evitar los enfrentamientos entre diferentes facciones que hay en Idlib.

Batalla de Alepo, 2012-2016. Alepo, el motor económico de Siria, estuvo dividido durante cuatro años y se convirtió en el gran matadero de la guerra. Demostró que ninguno de los bandos estaba preparado para el combate urbano calle por calle. La victoria del Ejército Árabe Sirio con apoyo de sus aliados en 2016 supuso un punto de inflexión y el comienzo de las victorias de Damasco. No sería una locura decir que fue el Stalingrado del gobierno sirio.

La segunda batalla de Idlib en 2015. Ahrar al-Sham, al-Nusra y aliados como el Partido Islámico de Turkmenistán (uyghures chinos)1 dominaron toda la gobernación y establecieron ahí sus instituciones. El Ejército Árabe Sirio colapsó en el norte de Siria y resistía a duras penas en Alepo. Es la victoria más importante de los rebeldes.

La batalla de Kobane en 2015. Ante la incapacidad militar de los kurdos, que se habían quedado solos tras rechazar las constantes ofertas de Damasco para integrar sus milicias, las YPG, en las Fuerzas de Defensa Nacional, Estados Unidos acudió en su ayuda y entró de forma directa en la guerra. En la batalla de Kobane se puso fin al mito de que el Estado Islámico era invencible.

Estado Islámico toma Palmira en 2015. Capturar Tudmur supuso la hegemonía del Estado Islámico en el desierto entre Deir Ezzor y Homs. Además, ejecutaron a entre 200 y 450 personas, lo que se convirtió en un drama nacional. Moral y militarmente el ISIS se estaba imponiendo. En poco tiempo estaban consiguiendo enormes avances en su campaña del este. Esta derrota del gobierno sirio junto con la de Idlib, fue el motivo que terminó de decidir a Rusia a entrar en la guerra.

Ofensiva de Daraa entre junio y julio de 2015, conocida como la operación “Tormenta del Sur”. Fue una ofensiva a gran escala que realizaron de manera conjunta el Frente Sur y Jaysh al-Fatah contra el Ejército Sirio y las Fuerzas de Defensa Nacional. La ofensiva resultó un fracaso, con 200 bajas frente a menos de 40 del bando gubernamental, lo que marcó el principio del fin del Frente Sur y forzó a Jordania a repensar sus relaciones con Damasco y los rebeldes del Ejército Libre Sirio.

Batalla de Deir Ezzor 2014-2017. La ruptura del cerco de Deir Ezzor fue uno de los mayores empujones de moral para el bando gubernamental. La resistencia de la 137 Brigada de la Guardia Republicana, una fuerza de élite, primero ante rebeldes y después ante el Estado Islámico, se consideraba imposible de vencer dada su situación de aislamiento total. Romper el cerco marcó un punto de inflexión y el final de la hegemonía del Estado Islámico en el desierto. La ciudad estuvo durante más de tres años cercada a casi 200 kilómetros de la posición gubernamental más cercana. La única ayuda que llegaba era a través de la aviación del ejército sirio y aun así, ésta era muy escasa debido al fuego anti-aéreo de los rebeldes y posteriormente del Estado Islámico.

El 25 de agosto de 2017, el cuerpo de élite de la inteligencia siria, las Fuerzas Tigre, iniciaron una ofensiva a través del desierto para romper el cerco de Deir Ezzor. Lo consiguieron en menos de dos semanas, el 5 de septiembre de 2017.

Batalla de Ghouta 2013-2018. Al finalizar, los rebeldes dejan de tener capacidad de fuego de mortero sobre la ciudad de Damasco y las carreteras que conectan la ciudad con el norte. La única resistencia que quedaba dentro de la capital de Siria era en el campo de refugiados palestinos de Yarmouk, donde estaban atrincherados varios grupos rebeldes, militantes de Hamas y del Estado Islámico. La victoria gubernamental de Ghouta también supuso el fin de la resistencia de los insurgentes en Yarmouk, que se rindieron a las pocas semanas.

La batalla de la base aérea de Menagh. Durante julio de 2012 y agosto de 2013, el Ejército Árabe Sirio resistió las ofensivas rebeldes a pesar de estar aislados y sin apoyos. El Gobierno sirio utilizó de forma propagandística esta resistencia ya que la presentó como algo heroico. Sin embargo, a mediados de 2013, el Ejército Libre Sirio, Jaysh al-Muhajireen y el Estado Islámico iniciaron una ofensiva conjunta a gran escala en la que utilizaron principalmente armamento antitanque y SVBIED’s2, acabando rápidamente con las defensas del Ejército Sirio. Lo que era una batalla ejemplar para el bando gubernamental terminó siendo una catástrofe y un empujón de moral para los rebeldes. A la batalla le siguió una serie de ejecuciones de los soldados que defendían Menagh y la primera gran producción audiovisual del Estado Islámico en inglés, Flames of War. Esta victoria conjunta con el Estado Islámico también la celebró y aplaudió la Coalición Nacional Siria, el organismo creado desde el exterior para aglutinar a la oposición supuestamente moderada.

Notas:

1 Por entonces todos los grupos estaban integrados a Jaysh al-Fatah o Ejército de Conquista, que se terminó disolviendo por enfrentamientos dentro de la propia coalición que todavía hoy perduran.

2 Los SVBIED son vehículos cargados de explosivos utilizados para realizar ataques suicidas.

(Fuente: cxtx / Autor: Alberto Rodríguez)

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