Oriente Medio: A cien años del colonialista Acuerdo Sykes-Picot

Acuerdo Sykes-Picot

A cien años justos del Acuerdo Sykes- Picot para desmembrar la región del Medio Oriente, Reino Unido y Francia siguen ahora las pautas de un tercer protagonista: Estados Unidos, y buscan actualizarlo de la manera más brutal.

En nombre de sus respectivos gobiernos, Mark Sykes y Francois George Picot, más que diplomáticos militares de cierto rango, dieron nombres a un pacto secreto que vio la luz el 16 de mayo de 1916.

Para los británicos fue el control de una región que comprendía desde la costa mediterránea hasta el río Jordán, el sur del actual Irak y los hoy puertos israelíes de Haifa y Acre.

Francia guardó para sí todo el sureste de Turquía, el norte iraquí y los territorios que conforman Siria y El Líbano. El entonces Imperio ruso de los zares recibiría Estambul, los Estrechos Turcos y Armenia, algo frustrado por el triunfo de la revolución rusa en 1917. El objetivo público fue destrozar al imperio otomano y el secreto, mantener y ampliar las zonas de influencia y propiciar desde La Meca, Arabia Saudita, una entidad afín a los intereses coloniales y en contra del nacionalismo árabe en todo el Medio Oriente.

Promesas incumplidas y maniobras políticas que desvirtuaban el secretismo del Acuerdo fueron expuestas un año después tras la Revolución Bolchevique en Rusia por el entonces comisario de Asuntos Exteriores, León Trotski, quien lo expuso como evidencia de la deslealtad y de las ambiciones imperialistas de Londres y París.

Por intereses creados, algunos que hacen la historia a su manera, consolidaron la idea de supremacía y de intrusión occidental en el mundo islámico sobre la base de sobredimensionar las diferencias étnicas, tribales y religiosas.

No fue nada nuevo bajo el sol, los principios del colonialismo francés y británico recogidos en el Sykes-Picot, de divide y vencerás en beneficio propio, tienen actualmente una dramática evidencia y a Estados Unidos como un actor decisivo.

Como comparsas de Washington, las antiguas potencias coloniales explotan en esta época las alianzas con las monarquías del Golfo -leáse Arabia Saudita y Qatar- y propician solamente como sueños, las ínfulas del imperio otomano desde Ankara.

Los conceptos básicos del hoy centenario Acuerdo, se esparcen como la arena del desierto en medio de una tormenta, contribuyeron a arrasar Irak y Libia, desarticular la resistencia palestina e intentan destruir al Estado sirio desde el 2011.

Esta vez, utilizan al terrorismo como forma de acción compensatoria al tiempo que maniobran políticamente para mantener la división del mundo árabe, alentar al sionismo israelí en sus planes de segregación y aniquilación de los palestinos.

La memoria histórica permite analizar las modificadas vigencias en líneas generales de un pacto que ante los hechos actuales adquiere en Siria una dramática realidad y en un escenario donde los propiciadores del terrorismo demuestran sus siempre malas intenciones.

(Fuente: Prensa Latina / Autor: Pedro García Hernandez)

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Cien años del acuerdo Sykes-Picot: Cuando los lápices fueron armas de destrucción masiva

Tan sencillo como un lápiz azul, uno rojo y un mapa. Así de fácil fue dar forma al Oriente Medio contemporáneo y, también, a sus problemas. El 16 de mayo de 1916, hoy hace justo cien años, Francia y el Reino Unido ratificaron el acuerdo secreto en el que durante meses habían estado trabajando el representante británico Mark Sykes y el francés François George-Picot. Un tratado en el que ambas potencias (con el visto bueno de la Rusia de los zares) acordaban la manera de repartirse los restos del Imperio Otomano. Ni siquiera había acabado la Gran Guerra, pero el Acuerdo de Sykes-Picot ya había decidido la suerte de aquel estratégico y convulso territorio.

Una línea imaginaria en la arena trazada desde Acre (Palestina) hasta Kirkuk (Iraq) repartió el botín. En total establecieron cinco zonas: Francia controlaría lo que hoy sería Siria y su zona costera y ejercería su influencia hacia el este hasta Mosul, Reino Unido obtuvo Basora y Bagdad y un ámbito de influencia hasta lo que se convertiría en Irán. Palestina quedaría bajo mandato internacional. Las lenguas, las culturas, los diferentes clanes y tribus de la región quedaron fuera de la ecuación.

El problema era que el Reino Unido había adquirido compromisos previamente con los árabes, a los que prometió un estado independiente si se alzaban contra los otomanos. Sin ellos, sabían que no podrían derrocar al imperio del sultán Mehmed V. En 1915, Thomas Edward Lawrence (más conocido como Lawrence de Arabia), agente de los servicios secretos británicos, y el alto comisario británico en El Cairo, sir Mac Mahon, prometieron al emir hachemí de La Meca, Hussein, que si se alzaba contra los otomanos reconocerían a un país árabe independiente, la Gran Arabia, que se extendería por lo que hoy es Irak, Jordania, Siria, Líbano, Palestina y la Península Arábiga. Los británicos, también habían asegurado a los sionistas que veían con buenos ojos la creación de un “hogar nacional” para los judíos en Palestina.

El pastel se descubrió con la llegada de los bolcheviques al poder en 1917. Enfadado porque había sido apartado del acuerdo (que le garantizaba el control de Estambul, los estrechos turcos y Armenia) Lenin decidió hacer público el acuerdo en los diarios Izvetia y Pravda, al más puro estilo Wikileaks. Tres días más tarde, The Manchester Guardian hizo lo mismo. La ‘traición’ británica, marcará desde entonces la visión de los pueblos árabes hacia Occidente.

Acabada la Primera Guerra Mundial y con el Imperio Otomano volatilizado, la Conferencia de Paz de París y el Tratado de Sèvres acabaron de perfilar las fronteras de Oriente Medio, a miles de quilómetros de sus habitantes. Si África se había repartido con tiralíneas, ¿por qué no se iba a hacer lo mismo ahora? Reino Unido obtuvo Palestina, Iraq y Transjordania bajo mandato de la Sociedad de Naciones, y Francia se quedó con Siria, la partió y creó el Líbano.

Entonces llegó el momento de colocar a mandatarios que no dieran demasiado la lata a las metrópolis pero que dieran sensación de independencia. En Transjordania, un país directamente inventado sin ningún fundamento histórico, pusieron a Abdalah, hijo del ‘traicionado’ emir hachemí de La Meca. Y en Iraq, a Faysal, el otro hijo de Husein. El emir, acabó sus días en el exilio al tiempo que Abd al-Aziz ibn Saud creaba Arabia Saudí. Pero al final, todos se llevaron algo. A Lawrence de Arabia seguramente se le quedó cara de tonto al comprobar que era el único que se había creído de verdad el cuento de la Gran Arabia. Decepcionado, regresó al Reino Unido y murió al salirse de la carretera con su motocicleta en un extraño incidente.

El caso de Palestina era (y sigue siendo) más complicado. El territorio no era una pieza codiciada por las potencias. El sionismo ya se había asentado y se divisaba un conflicto entre árabes y judíos. Así que la corona británica decidió asumir el territorio como protectorado, una decisión de la que pronto se arrepentiría. Palestina se convirtió en un auténtico quebradero de cabeza para Londres: terrorismo, matanzas… Tras el atentado contra el hotel Rey David, en 1946, el Reino Unido decide que ha llegado la hora de marcharse y pasa la patata caliente a la Sociedad de Naciones. Palestina se acaba partiendo en 1947. De aquella indefinición del acuerdo de Sykes-Picot, de aquella salida precipitada de los británicos y de la final división del territorio, proviene el conflicto capital de Oriente Medio.

El último monstruo creado por el acuerdo ha sido el Estado Islámico, uno de cuyos objetivos confesos es acabar con el status quo creado en su día por las potencias coloniales. El 30 de junio de 2014, mientras tomaban Mosul y el ejército iraquí huía en desbandada, la organización publicó un vídeo en el que proclamaban el final de la línea Sykes-Picot, aquella frontera imaginaria que se trazó con lápices de colores hace un siglo. “Como podéis ver esta es la llamada frontera Sykes-Picot”, dice un miliciano desde un paso fronterizo abandonado entre Iraq y Siria. “Nosotros no la reconocemos ni la reconoceremos nunca. No es la primera frontera que romperemos, con la ayuda de Dios, romperemos más, pero empezamos con esta”, la más simbólica.

Cien años después, las consecuencias del tratado de Sykes-Picot son evidentes. No satisfizo las aspiraciones de los árabes, se agravó el conflicto histórico entre sunitas y chiítas y se creó uno nuevo: el de los árabes contra los judíos. Se dejó en el limbo al pueblo kurdo, cuya población de entre 45 y 50 millones vive hoy repartida entre Turquía, Siria, Iraq e Irán. Y para rematar, se regaló el poder a monarquías y a poderes autocráticos. Las guerras, el fanatismo religioso, la miseria… Han sido el caro precio a pagar. Puede que a pocos les suene el tratado de Sykes-Picot en Europa, el lugar de su nacimiento, pero en Oriente Medio ese nombre retumba con cada bomba que explota en Alepo, Gaza o Bagdad.

(Fuente: La Vanguardia / Autora: Marina Meseguer)

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