Represión en el Golfo: Los 300 muchachos de Bahrein

No podía respirar. Ahmed dormía cuando le sacaron de la cama, un policía le arrancó del sueño y transformó su vida en una pesadilla. Fue el 30 de marzo de 2014. Sus padres no supieron del niño hasta hace poco menos de un año cuando recibieron una carta suya y una foto vestido con un uniforme gris y el pelo rapado. Yusuf Mohamad cuenta la noche en que se llevaron a su hijo de 12 años, aprieta los puños, se le contraen los ojos y mira hacia el cielo, pero no llora. Ya no. Tampoco se atreve a decir lo que pasó si no estás acompañado de alguien que conozca. Tiene miedo, como la mayor parte de la población de Bahrein.

Aquella noche, en una casa de Hamala, Yusuf dormía con su esposa Aziza en la habitación principal y en la otra descansaban su hijo mayor Ahmed junto al pequeño Abdel cuando escucharon un estruendo de voces y botes de humo. Un grupo de antidisturbios entró en la casa y en menos de cinco minutos se llevaron al muchacho, lo que tardaron en zafarse de los arañazos de la madre y en golpear al padre cuando intentaba coger un bate de críquet. Aún hoy, cuando sienten su ausencia, alguna noche no pueden respirar y tiemblan. Y al día siguiente cuesta empezar otra vez la vida.

Ahora al menos saben que su hijo mayor se está haciendo hombre a la fuerza en una suerte de campo de concentración para adolescentes en mitad del desierto. Yusuf es químico y daba clase en la universidad hasta 2011, cuando fotocopió unas octavillas en la facultad a sus estudiantes. A los pocos días le echaron del trabajo y tuvo que ponerse a trabajar de taxista. Y así sigue, con el ánimo gris y un atisbo de esperanza en su débil sonrisa. «Lo que hizo fue ayudar a un amigo suyo a llevar a un hombre al hospital y después a una casa. Alguien de allí debió decírselo a las autoridades y vinieron a por él. Pero era un niño», dice el chófer.

Languidecer en las cárceles

Allí han sido enviados algunos niños, otros a cárceles como la de Jaw y según Amnistía Internacional «al menos 110 niños de edades comprendidas entre 16 y 18, languidecen en la cárcel de Dry Dock». En total hasta 300, según Human Rights Watch, han sido detenidos, muchos torturados como el hijo de Yusuf. Tuvo suerte. No como Ali Abdulghani, el chico de 17 años que murió hace unas semanas en Shahrakan, un pueblo de poco más de 3.000 habitantes que es uno de los focos de las protestas que continúan de manera casi diaria en este país del Golfo Pérsico desde 2011.

Ali estaba en casa de su tía cuando los antidisturbios entraron. El muchacho salió huyendo, pero se encontró de frente con uno de los coches de la policía que lo atropelló, según algunos testigos, dos veces. hasta que cayó al suelo. Sin embargo, se pudo levantar y salir corriendo hasta otra casa donde fue detenido y supuestamente golpeado hasta que se derrumbó en la tierra tendido en su propia sangre. Llegó en coma al Hospital Militar Ali Bahrain. El 4 de abril, sus familiares iban a verlo cuando recibieron una llamada: había fallecido. Antes de todo eso fue condenado por su participación en las protestas.

 

Unos disturbios que comenzaron siendo un simulacro de revolución y en las que, según entidades independientes, han muerto 97 personas desde 2011 y son cada vez más frecuentes los casos de desaparecidos.

Contra las violaciones de derechos humanos

Pero, ¿por qué protestan? Lo explica la periodista independiente, Naazeha Saeed: «La gente cree que el Gobierno es corrupto, hay violencia contra nuestra gente y violaciones de los derechos humanos. Todo comenzó como un problema político y económico, pero cada vez está más afectado por la religión y el sectarismo». Habla de las diferencias entre suníes y chiíes, los primeros ocupan el Gobierno -con la dinastía Al Jalifa- y son apenas el 20% de la población de esta isla al oeste del Golfo Pérsico, mientras que aproximadamente el 80% restante son chiíes, que ven cómo no pueden acceder ni a la riqueza ni a los cargos de responsabilidad.

Los niños iban al principio como a una fiesta, después lanzaban piedras, pero el Gobierno lo considera una manera de intimidación a la población. Apenas se conoció todo esto, la prensa comenzó a estar perseguida. Lo saben bien Saeed, a la que arrestaron hace unos años. «Fui torturada durante 13 horas, electrocutada, me dieron golpes en la cabeza mientras me insultaban». La reportera de televisión freelance estadounidense Anna Day y otras cuatro personas de su equipo fueron arrestadas en febrero. Tras cuatro días en prisión, la embajada estadounidense facilitó su salida del país.

«Hubo malos tratos, además de la privación de alimentos, agua, medicinas y tampoco nos dejaban dormir. Otros ha sufrido, acoso, tortura, e incluso el asesinato». Anna prepara ahora una serie documental que trata sobre cómo la política exterior de Estados Unidos afecta a los jóvenes en Oriente Próximo. Y también nos habla de las detenciones de niños: «Todo el mundo allí dice que sucede todo el tiempo».

También Saeed lo confirma: «Sí, la policía detiene a chicos menores de 18 años en mitad de la noche; algunos de ellos son torturados». Mientras, en el Moda Mall, dos torres gemelas que confluyen en lo alto junto al puerto de Manama, la vida es distinta. Las mujeres, vestidas con el hiyab, pero sin sus maridos, se juntan para cenar en restaurantes de lujo.

Más de 1.600 detenidos

A pocos kilómetros de allí hay neumáticos incendiados y piedras contra las tanquetas de policía. Según Human Rights Watch, se ha detenido desde 2011 a «más de 1.600 personas, muchos de ellos niños. En muchos casos, hombres enmascarados armados les sacaban de sus casas en redadas antes del amanecer y les trasladaban a lugares desconocidos». Una práctica que, según la misma organización sigue teniendo lugar en nuestros días, en un conflicto olvidado por el mundo y que es real cada día, cada noche. Porque siguen las manifestaciones, menos violentas o no, y seguirán en la madrugada las detenciones, niños que irán a la cárcel, a campamentos en medio de la nada, a los que les quitarán el futuro. Y con juicios que suelen ser una obra de teatro trágica.

Y es que muchos de ellos participaron en las protestas, pero algunos ni siquiera; otros ayudaron a los heridos como hizo Ahmed, uno de los más de 300 niños que vivirán para siempre con miedo con el porvenir incierto. Y sus padres permanecen muertos en vida, como Yusuf, con el día envuelto en tinieblas y la noche sin sueños, sin dormir esperando un amanecer imposible en el que su hijo siga en casa, en esa cama que su madre hace y deshace cada día como una promesa.

(Fuente: El Mundo / Autora: Emma G. Marte)

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