Una ola neofascista se cierne sobre Europa. La ultraderecha ya gobierna en ocho estados de la UE y se hace fuerte en otros cinco

Si para las personas preocupadas por los derechos humanos, sobre todo en España, el peligro de la ultraderecha era una cuestión más bien abstracta todavía, los resultados sobre inmigración del Consejo Europeo celebrado el pasado 28 de junio en Bruselas, debió de despejar todas las dudas: los postulados de la ultraderecha europea marcan la agenda, estén o no gobernando.

No es una amenaza, el ascenso de la ultraderecha es una realidad imparable en buena parte de los países europeos. En tres años el número de votantes a la extrema derecha se ha triplicado, superando los 28 millones de votantes en Europa.

En Hungría, Victor Orbán, líder del partido ultraconservador Fidesz, consiguió gobernar tras conseguir un 48,9% de votos. Más a su derecha, si eso fuese posible, el Movimiento por una Hungría Mejor (Jobbik), quedó en segunda posición con casi un 20% de votos.

En Polonia gobierna en solitario un partido de ultraderecha, Ley y Justicia (PiS), que ganó las elecciones de 2015 con más del 37% de los votos. A los que hay que sumar otro partido, más de extrema derecha si cabe, el Kikuz’15, que consiguió casi un 9% de votos.

Un partido populista muy de derechas, el Partido Ciudadanos Disgustados en Acción (ANO) gobierna en la República Checa, en los que, además, el ultraderechista Libertad y Democracia Directa (SPD) queda en segundo lugar, con más del 11% de los votos.

Con un claro discurso xenófobo el Partido Socialdemócrata ganó las elecciones legislativas de 2016 en Eslovaquia, pero la ultraderecha del Partido Nacional Eslovaco (SNS) obtuvo 15 escaños seguidos por el neonazi Partido Popular Nuestra Eslovaquia (LSNS) con 14 escaños.

En Alemania, el partido ultranacionalista y xenófobo Alternativa para Alemania (AfD), consiguió un éxito sin precedentes en las últimas elecciones al alcanzar el 12,6% de los votos. Pero no sólo eso porque ha conseguido marcar agenda política a ser asumidos sus postulados por la CSU de Baviera, histórico socio de la coalición del CDU, el partido de Ángela Merkel.

La ultraderecha del FPÖ participa en el Gobierno de Austria junto al conservador Partido Popular. El islamófobo y euroescéptico Partido de la Libertad (FPÖ) no sólo logró cerca del 27% de los votos, sino que consiguió que el PP calcara su discurso antiinmigración y anti-Europa.

Por su parte, en Dinamarca, el partido de extrema derecha Partido Popular Danés (DF) que consiguió en las últimas elecciones (2015) un 21% de los votos, ha conseguido convertirse en la llave para mantener la mayoría encabezada por el partido de derechas Venstre. No me resisto a reproducir las declaraciones de la fundadora del partido DF, Pia Kjærsgaard, en respuesta a las críticas desde Suecia: “Si quieren convertir Estocolmo, Gotemburgo o Malmö en un Beirut escandinavo, con guerras de clanes, asesinatos por honor y violaciones en grupo, siempre podemos poner una barrera en el puente de Oresund”.

Quizás el caso más conocido de ascenso de la extrema derecha es el del Frente Nacional (FN) en Francia. El partido de Le Pen consiguió pasar a la segunda vuelta y consiguió más de 10 millones de votos, si bien ganó Emmanuel Macron.

También resulta conocido el caso de Amanecer Dorado en Grecia, partido de ideología neonazi y fascista, que se convirtió en 2015 en el tercer partido del país con 18 escaños.

En Holanda, el partido de extrema derecha Partido para la Libertad (PVV), liderado por Geert Wilders, fue la segunda fuerza del país con el 13,1% de los votos en las elecciones de 2017.

El ultraderechista La Lega (antigua Lega Norte) forma parte del Gobierno de Italia tras conseguir situarse como el partido más votado dentro de la coalición de derechas que aglutina a Berlusconi (Forza Italia). Las repugnantes decisiones que está tomando su líder Matteo Salvini al frente del Ministerio de Interior ahorran cualquier comentario.

El partido al que perteneció el asesino de Utoya, el Partido del Progreso, de extrema derecha, islamófobo y antinmigrante, forma parte de la coalición de gobierno en Noruega desde 2013. En 2017 obtuvo 27 escaños.

Finamente, en Reino Unido, tras el triunfo del Brexit el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) ha entrado en una crisis importante.

Una apretada —pero pese a ello ya demasiado extensa— recapitulación de la creciente influencia de la ultraderecha o el neofascismo en Europa, que ciertamente nos debe preocupar. Preocuparnos para empezar por su creciente peso en el Parlamento Europeo (la única institución europea elegida por votación directa de la ciudadanía) no sólo a través de los grupos expresamente adheridos a esa ideología (tales como Europa de las Naciones y las Libertades – ENL, o Europa de la Libertad y la Democracia Directa – EFDD), sino por la inclusión de algunos partidos de ultraderecha en grupos como el Popular o el Conservador y, sobre todo, por la creciente extensión e influencia de las ideas básicas que los alimentan.

No es un bloque homogéneo a nivel europeo como demuestra la incapacidad de formar un solo grupo en el Parlamento Europeo. Y sin embargo hay significativas coincidencias ideológicas y de planteamientos en casi todos ellos.

El más destacado y el que más alcance está teniendo social y políticamente, es su carácter xenófobo que se concreta en un furibundo rechazo a la inmigración. Han conseguido que mucha gente de clase trabajadora vincule la llegada de inmigrantes y refugiados al deterioro del sistema público de protección; de ahí que reciban muchos votos de la gente más desfavorecida.

También vinculan con éxito la inmigración y la delincuencia y el terrorismo, responsabilizando a los migrantes y refugiados de la inseguridad actual o futura. Otro de sus rasgos característicos es la criminalización del islam. Estos partidos de ultraderecha son profundamente islamófobos, culpando a islam de todos los males.

En este sentido se los acusa con razón de ser organizaciones de carácter racista. Pero no se trata del burdo racismo de viejo cuño que defiende la superioridad de unas razas (la blanca) sobre otras (la negra, los judíos…). Se trata de un racismo cultural que alerta del peligro de la destrucción de Europa y sus hipotéticos valores. Claro, los valores que ellos dicen que son los de Europa, no los valores del mestizaje, de la interculturalidad, la democracia y los derechos humanos.

En efecto esta nueva ultraderecha europea, estos neofascismos, basa su éxito en presentar ideas antiguas, las ideas totalitarias de siempre, con ropajes nuevos. Ya no visten uniformes, ni enarbolan insignias nazis o desfilan por las calles con el brazo en alto.

Respecto precisamente a la democracia, su posición es ambivalente: no reniegan teóricamente del sistema democrático, pero promueven sistemas marcadamente autoritarios, procuran la sujeción del poder judicial, realizan graves restricciones a la libertad de prensa y de expresión, etc. Se trata del modelo Erdogan, o, salvando las distancias, el que inauguraba el PP en España con la Ley Mordaza, por cierto, todavía no derogada.

Respecto a las cuestiones sociales el abanico en cambio es bastante más amplio, desde quienes se adhieren a los postulados más férreos del modelo neoliberal, la mayoría de ellos, a quienes propugnan la protección de los derechos sociales. Pero incluso en este caso no hay modelo económico alternativo, más allá de afirmar recurrentemente que no hay para todos, ni trabajo, ni papeles, ni espacio, ni recursos sociales.

Desde la explotación del sentimiento nacionalista, donde hay menos diversidad entre los partidos neofascistas es en el rechazo a Europa y en todo caso a más Europa. Hay una extendida conciencia social en buena parte de las sociedades europeas de que la unión ha significado importantes retrocesos para la gente. Y también de que existe todo un “sistema político (el establishment)” formado por una casta de gente que se aprovecha del pueblo y no ofrece solución a sus problemas, sino que los agrava. De este sentimiento real que alimenta el llamado euroescepticismo que no deja de crecer en Europa, se nutre y retroalimenta la extrema derecha, con apreciables resultados como se ve.

Estos son los ejes que, en uno u otro grado han llevado a los neofascismos a convertirse en fuerzas políticas de primer orden en la mayoría de los países europeos. Han conseguido el voto de sectores importantes de la clase trabajadora. Marcan la agenda y condicionan las decisiones. Los partidos del sistema, de derecha y de izquierda, han comprado el discurso de la ultraderecha, sea por convicción, que en muchos casos no lo dudo, sea con el objetivo vano de parar su crecimiento. Se ha conseguido el efecto contrario.

En realidad, esta creciente influencia de los nuevos fascismos refleja por un lado que Europa se enroca en sus miedos. Miedos a la crisis, miedos al futuro, a perder lo que tenemos, a las amenazas del mundo global, al terrorismo, etc., que atenazan sobre todo a las clases más débiles.

Y en ese sentido también podemos afirmar que es una consecuencia de políticas austericidas impulsadas por los partidos del sistema contra las clases medias y trabajadoras para recomponer e incrementar los beneficios del capital. Una clase político-económica capaz de imponer los más rigurosos controles e incluso sanciones a los desvíos de su ortodoxia neoliberal; y que en cambio asume dócilmente los discursos y políticas ultraderechistas contra la inmigración o contra los principios democráticos europeos.

En buena medida el ascenso de la ultraderecha refleja la profunda crisis europea que han conseguido con sus políticas los partidos del sistema. A ellos desde luego habría que exigirles responsabilidades.

No puedo terminar sin referirme a una excepción notable en este panorama sombrío: en Portugal ¡la ultraderecha es absolutamente testimonial! Y en España ¿estamos vacunados contra esa ola neofacista que conquista Europa? Bueno sobre eso me gustaría tratar en un próximo artículo.

(Fuente: La Voz del Sur / Autor: Rafael Lara)

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