Temporeras del espárrago: Las duras condiciones de trabajo de las jornaleras andaluzas en los campos de Nafarroa

Juana Bargas, Juani, jornalera de 32 años, hija, hermana y nieta de jornaleros, ha dejado su Jódar natal por tres meses. Residirá, desde comienzos de marzo hasta mediados o finales de junio, según como discurra la campaña del espárrago, en Mendavia, localidad de la Ribera Alta navarra de 3.500 personas. Allí la actividad económica gira, en buena parte, en torno a esta hortaliza, cultivo de marcado carácter social por la mano de obra demandante. Lleva viniendo desde su adolescencia, cuando debutó en estas tierras junto con su padre y su hermano. “La primera vendimia la eché con 14 años, después la aceituna, luego el espárrago, y así”, relata.

Juana comienza su jornada al anochecer, junto a su pareja, Miguel Baena, y el resto de compañeras y compañeros galdurienses. Son los hermanos José Carlos, Pedro y Miguel, además de las familias integradas por Loli y Blas, y de Francisca Cano y Juan Blanco, junto a su hija Ana María, de casi 19 años. Es la más joven del grupo y esta es su primera campaña. La ley impide trabajar por la noche a los menores de edad. No quiere seguir estudiando y, como dice su madre: “Si es lo que ha elegido, es lo que hay; algo tiene que hacer”.

Son ocho los campos que visitan durante las 10 o 12 horas que dura la noche, piezas de 8 a 130 robadas (una hectárea equivale a once robadas). Acabarán la jornada en la mayor de ellas, el llamado Campo del Rubio, junto a otras dos cuadrillas con las que suman en total 30 personas. “Este año, como la cosecha es muy buena, hemos venido tres cuadrillas”, detalla Bargas.

Será a las seis de la mañana, como muy pronto, si el espárrago se resiste a salir, tal y como ocurre cuando las jornadas de mediados de mayo son frías. Los días y las noches más cálidas, con temperaturas de entre los 18 y 25 grados, animan a esta hortaliza a brotar como faros de luz sobre el caballón, el montículo de tierra que lo acoge. Si es así, cierran la barraca dos horas más tarde. Son buenas noticias, porque esto supone que aumentan la cosecha y los beneficios. Luego descansan hasta el anochecer, momento en que vuelve a formarse la caravana de coches y pequeños camiones camino del tajo. Una rutina que se mantiene hasta completar su labor y volver a casa.

Olor a aceite en la lejanía

700 kilómetros separan a estas proletarias agrícolas de sus seres queridos que esperan en Jódar, donde las calles reflejan el silencio y el vacío, según las campañas, del vecindario exiliado al norte. Es la parte más cruel de esta vida nómada y de continuas despedidas que comparten las cerca de 3.000 personas temporeras que suben al espárrago desplazadas desde esta localidad jienense de 12.000 almas. Un rincón próximo a los municipios de Úbeda o Baeza, donde todo es del color de la aceituna: desde las interminables campiñas al aire campestre entreverado con el aroma de las fábricas aceiteras. Aquel es un modelo de agricultura basada en el monocultivo y un desarrollo rural que no acaba de funcionar, tampoco con el subsidio agrícola —antiguo PER—, que obliga a sus hijos e hijas a emigrar para subsistir o soñar con otra vida.

“Tengo dos hijos, Miguel, de 14 y Nazaret, de tres. Los tengo que dejar allí abajo. Aquí estás toda la noche trabajando y, cuando llegas a las siete de la mañana, lo que quieres es ducharte, comer algo y acostarte. A veces, cuando regresas después de tres meses, parece que te han cambiado el pueblo y hasta la casa”, cuenta, aunque gracias a las videollamadas la nostalgia se atenúa. En ocasiones, algunas familias suben con su prole y la dejan a cargo de algún familiar —ya sea la mujer, una tía o la abuela—, que se dedique a los cuidados. Terminan el curso escolar en las escuelas rurales de Tierra Estella o la Ribera navarra, donde la convivencia es buena. Además, este éxodo desde el sur peninsular revitaliza, aunque sea temporalmente, los entornos rurales, sobre todo en las comarcas más próximas a la montaña estellesa golpeadas por la despoblación.

“Parece que la noche va a ser movidita”, suelta Juana cuando la lluvia arrecia. El frío y el duro ejercicio físico —aunque ya han desaparecido las agujetas de comienzos de temporada—, se unen a una fina lluvia que no cesa y cala hasta los huesos. Es el sirimiri o calabobos, que tiene algún beneficio: la humedad combinada con altas temperaturas traerá más espárragos.

Llueve, truene o granice, la cuadrilla debe seguir con el ritmo acelerado. No hay tiempo para detenerse. La secuencia se repite una y otra vez, cada pocos segundos. El movimiento de agacharse con la gubia en mano para recoger los frutos y depositarlos en los cestos de mimbre parece cronometrado. Se escucha el crujido al cortar el espárrago a su justa medida, ni muy corto ni muy largo para no perjudicar la zarpa, y de modo que la planta siga dando hijos durante la campaña.

Trabajo intenso

Desde 1982, estas herramientas sustituyen a la azada tradicionalmente empleada en la recolección del espárrago. Hoy en día, los pequeños o medianos agricultores familiares siguen recogiendo el espárrago a primera hora de la mañana. Lo habitual es que contraten por horas y durante el día a temporeros del este, muchos búlgaros, y también a mujeres, porque los plásticos aseguran la protección del sol y la calidad. El cubrimiento y cierta intensificación del cultivo han convertido a los jornaleros y jornaleras andaluces en trabajadores de la noche, luciérnagas que ponen luz en la negrura de un cielo sin luna.

Tras llenar el cesto, se dirigen a una esquina del campo. Sobre una mesa, introducen los tallos en una caja de metal para cortarlos en segmentos de entre 20 y 22 centímetros, las medidas comerciales que, junto con el grosor y color del fruto, determinarán la calidad y el precio en origen. Negocian con la conservera o con el propietario del campo un porcentaje de los beneficios de la cosecha de entre el 40% y el 50%. Juana y su cuadrilla llevan varios años trabajando para una cooperativa de Mendavia, que les pone la casa y donde ellas asumen los gastos.

2018 está siendo un buen año, a pesar iniciarse con casi un mes de retraso. La cuadrilla obtiene cerca de 3.500 kilos de espárragos al día de primera categoría, un fruto blanco y firme; y unos 300 kilos de segunda categoría, los feos, de punta morada o verde, a los que les ha dado la luz. Si la campaña es buena o muy buena, se llevan a casa unos 5.000 euros por cabeza. “Te permite sobrevivir porque puedes hacer frente a los gastos básicos. No te falta ni para comer ni para vivir”. Entre campaña y campaña recurren al PER, el paro agrario. Seis meses de paro por 20 días trabajados, aunque lo cobran tan solo el 23% de los eventuales agrarios y no es suficiente para avanzar en las condiciones del medio rural en provincias como Jaén.

Sobre las tres de la madrugada, la cuadrilla se detendrá 10 minutos a comer un bocadillo y a refrescarse antes de seguir con la faena. Durante el descanso, se ven las caras. Se permiten un poco de cachondeo y, aunque de forma breve, es el momento de recurrir a la música, más o menos ligera, para animar el alma y tirar p’alante. Momento para recordar las canciones reivindicativas del grupo de sevillanas Gente del Pueblo, mítica formación de Morón de la Frontera, muy ligada al Sindicato de Obreros del Campo (SOC) y al Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), y que comenzó a publicar discos en la Transición. Todas sus canciones están en Facebook. Cuentan con ocho discos desde que comenzaran en 1977, varias décadas haciendo crítica social y política, a la par que relatan la vida diaria de miles de familias andaluzas castigadas por el paro, la emigración, la explotación y la injusticia. Son letras que rompen con el papel tradicional de un estilo de música ligado al folklore, a las ferias o a las romerías religiosas. Incluyen un tema dedicado a las jornaleras “A ti, mujer”, grabado hace 30 años y plenamente vigente: un grito de liberación de las mujeres, en especial de las jornaleras, contra el patriarcado y contra la discriminación por sexo o género.

De oca a oca

Mujeres y hombres comparten el trabajo en igualdad de condiciones, aunque hay pequeñas diferencias. Los hombres retiran y recolocan el plástico. “Las mujeres hacemos los mismos trabajos que nuestros compañeros, menos manejar el plástico”, cuenta Bargas. “Por ejemplo, los espárragos los coges, los cortas, los pones en las cajas y, de allí, al camión. Los hombres tienen que detenerse a destaparlos y luego a ponerlos. En la vendimia, hacemos lo mismo que ellos, agachá todo el día y cogiendo. La aceituna, la coges, la amontonas…”, explica. Su compañera Paqui Cano, con la que comparte confidencias durante tantas horas de convivencia lejos de la familia, suscribe sus palabras. “Esto es una cadena y si no hay jornaleras o jornaleros, no sale el espárrago ”, apunta. “Es verdad que a las mujeres no nos quieren por eso de la menor fuerza física, pero por lo demás trabajamos igual o quizás más”, replica Bargas, que añade que “mujeres y hombres vamos al espárrago, a la oliva y a la vendimia, aquí o en Francia”. Juana completa la campaña del espárrago con la vendimia en La Mancha durante 20 días y la aceituna en Jaén, en noviembre. En alguna ocasión, le ha tocado trabajar embarazada, por ejemplo en la vendimia, pero solo en los dos o tres primeros meses. “Ahora es muy difícil que te cojan embarazada por los riesgos y complicaciones que conlleva”, señala.

Sobre los recientes testimonios de abusos sexuales a temporeras de la fresa en Huelva, Juana comenta que esa realidad y el elevado grado de vulnerabilidad nada tienen que ver con la suya o con la de sus compañeras. En su aventura nómada cuenta con la protección de la cuadrilla, integrada por la familia y los amigos del pueblo. “Desde Jódar nos meneamos en familia y la primera vez vine con mi padre y mi hermano”. Sobre si merece la pena esta forma de vida relata que “te gusta y no te gusta, pero tienes que hacerlo porque es para ganarte la vida, comer y sobrevivir”. “Yo no quería ir al colegio. Tenía claro que no me hacía gracia la escuela y entonces me vine al campo”, explica. No quiere que sus hijos mantengan la tradición familiar, ya que prefiere que estudien “buenas carreras”. “Aunque también hay andaluzas que suben solas a trabajar al campo o a las conserveras y se buscan la vida como pueden”, apuntan.

(Fuente: El Salto / Autora: Josune Gorriti)

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