Lucha gitana en Holanda por mantener su cultura de las caravanas. Las asociaciones gitanas hablan de política de extinción de los gitanos

En los pequeños parques municipales para caravanas de la periferia de Ámsterdam viven unas 150 personas, y todos comparten lazos familiares con Sabina Achterbergh, una holandesa de 35 años de etnia gitana. Ella, junto a sus padres, sus primos, sobrinos y hermanos son supervivientes y también víctimas de las políticas aplicadas en las últimas décadas en los Países Bajos que, denuncian, buscaban la extinción de la cultura gitana. El plan comenzaba con forzar a esta comunidad holandesa a trasladarse a casas de ladrillo y obligarles así a renunciar a su estilo de vida tradicional y familiar, que se desarrolla en campamentos de caravanas. Su argumento: problemas de orden y falta de integración.

“Ya vivíamos bajo presión desde principios del siglo pasado, cuando se aplicaban diferentes leyes que buscaban hacer que la vida en las caravanas y sus trabajos tradicionales en la calle fueran difícil. Desde la Segunda Guerra Mundial, el rechazo hacia mi comunidad se hizo aún más fuerte. Tenemos la tradición de vivir con nuestra familia en nuestras caravanas pero ahora nos es muy difícil contratar cualquier tipo de seguro, obtener un préstamos del banco aunque tengamos un contrato fijo o incluso ser aceptados por la sociedad”, denuncia Sabina, portavoz de la comunidad gitana en Holanda y su lucha por hacerse respetar en un país donde han sido tradicionalmente rechazados e incluso perseguidos por los seguidores holandeses de Adolf Hitler en los años cuarenta, cuando el 95% de la ancestros sinti de Sabina fue asesinada.

A los seis años de edad, Sabina se vio obligada a abandonar el campamento donde había nacido rodeada de su numerosa familia porque una constructora decidió levantar un barrio de edificio y pisos en ese terreno donde, con autorización oficial, tenían ellos aparcada su caravana. Esta treintañera reitera algo que, dice, debe explicar con frecuencia al resto de la sociedad holandesa: los gitanos no están exentos de pagar impuestos por llevar esta tradicional vida nómada. “Es nuestro derecho estar ahí y nadie debe obligarnos a renunciar a nuestro estilo de vida simplemente porque sea diferente al suyo. Para nosotros es necesario estar juntos, cuidar a nuestros padres, convivir”, explica.

Las asociaciones gitanas tildan lo ocurrido en los últimos años de política de extinción de los gitanos, aunque los más suaves prefieren explicar lo ocurrido como un fracaso total de las medidas municipales para crear nuevos espacios en los que puedan acampar los residentes de las caravanas, una práctica considerada patrimonio cultural desde 2013. Lo que está claro es que la población gitana de los Países Bajos está en peligro de perder sus tradiciones, su cultura y las practicas que tanto les caracterizan porque el Gobierno ha buscado eliminar este estilo de vida justificándolo en los problemas de orden y otros delitos. Esto ha llegado a oídos del Consejo de Europa, quien ha enviado una delegación a Holanda para que investigue el comportamiento de las autoridades locales hacia los Roma y los Sinti.

“En muchos municipios, los gitanos se ven obligados a abandonar sus campamentos de una manera desagradable, pero el nomadismo está en nuestra sangre: tenemos un estilo de vida oriental en una cultura occidental. La gente en Holanda es individualista y el Gobierno quiso separarnos y hacer que seamos igual de individualistas. No, somos diferentes”, advierte esta joven defensora de los derechos de su comunidad. Las palabras de Sabina están respaldadas por el Colegio de Derechos Humanos y también por un informe del defensor del pueblo, elaborado tras cuatro años de investigación, y que confirma las violaciones a los derechos básicos de los gitanos en Holanda.

Hay unos 40.000 gitanos en Holanda, un país de 17 millones de habitantes, y están divididos en cerca de 8.300 plazas en campamentos repartidos por todo el territorio. No todos tienen una caravana como hogar, puesto que miles de personas aún esperan en las largas listas oficiales para obtener una autorización y un hueco en algún campamento donde puedan residir siguiendo sus tradiciones. “Los colonialistas blancos han ido a otros países, matado a los autóctonos, hecho sus propias colonias allí y esclavizado a los locales para obtener su propio beneficio. Hemos logrado poner fin a la esclavitud y a la ocupación de tierras de otra gente, ahora hay que luchar contra la persecución de las minorías”, alerta.

Sedentarismo a la fuerza

En 2006, el Ministerio de Vivienda e Infraestructuras envió un documento a los municipios en el que “daba dos opciones” para lidiar con los campamentos de gitanos. Por un lado, “una política de extinción” que exigía la eliminación del registro y la destrucción de una plaza para caravanas inmediatamente después de la muerte de su ocupante, en lugar de dársela a una persona que está en la lista de espera. La segunda política que se permitía aplicar a los municipios es “la opción cero”: no se dedicará terreno nuevo a las caravanas y solo se utilizarán las plazas existentes. Es decir, “hay que esperar a que alguien muera para darle su plaza a otro en lista de espera”, dice Sabina.

Por encima de estas dos políticas está el objetivo principal de obligar a los gitanos a vivir en casas de ladrillo y alejarlos de sus prácticas habituales de residir en caravanas. “Me pareció alarmante. Parte de mi familia ya fue extinguida por Hitler y después por las políticas de opresión que llegan en los años posteriores. No iba a permitir que nos eliminaran a todos y por eso me puse manos a la obra”, advirtió. “Nosotros no pedimos nada, solo queremos vivir juntos, unos cerca de los otros, como siempre ha sido en nuestra cultura, pero ellos buscaban nuestra destrucción.

Los habitantes de las caravanas autóctonos se manifestaron en múltiples ocasiones en diferentes ciudades exigiendo sus derechos, pero el Gobierno siempre ha hecho oídos sordos a sus reclamos. Mientras tanto, sus críos se hacían mayores con el objetivo de seguir la cultura familiar, vivir en una tradicional caravana en el mismo terreno que los padres, pero se encontraron con un hecho determinante: no hay lugar para ellos en los campamentos. En ninguno. El Gobierno tuvo la esperanza de que las nuevas generaciones de gitanos quieran vivir en casas pero la cultura, las tradiciones y la estrecha cohesión social en el campamento es más importante para ellos, según demuestra una encuesta encargada por la asociación holandesa Roma, Sinti and Travelers (VSRWN), que Sabina preside desde 2013.

Como resultado de la discriminación oficial, los jóvenes han preferido quedarse con sus padres en el automóvil, algunos incluso a punto de cumplir los cincuenta años, y los campamentos están a día de hoy superpoblados y hacinados. Los que se han ido a casas de alquiler, los “ópticos arrepentidos”, lo lamentan porque ven desde las gradas la erradicación de su estilo de vida y de cultura viva. Por ello, todos juntos, los jóvenes y los más mayores, liderados por Sabina, han recurrido al Defensor del Pueblo, incluso a la propia ONU, y han forzado una visita del Consejo de Europa que parece que dará pronto sus frutos. El Gobierno holandés ha cedido ante la presión y se ha comprometido a cambiar de hoja de ruta, aunque el tiempo dirá si los municipios incluyen en los próximos meses los derechos de los gitanos entre sus preocupaciones.

En los próximos nueve meses, el Ejecutivo trabajará junto a los 380 municipios del país y las asociaciones defensoras de los derechos de los gitanos para elaborar una nueva ley para los residentes de caravanas, así como la protección de sus derechos como minoría holandesa separada. Se incluirá esta cuestión en la cartera de todos los ministerios, como el de Vivienda, Interior y Educación. Asimismo, el Gobierno se comprometió a cambiar las normas para que los niños gitanos no tengan que experimentar lo mismo que sufrió Sabina al abandonar el campamento donde nació: las constructoras no tendrán prioridad para imponer sus planes de construir viviendas sobre un espacio de caravanas. Si la zona está ocupada, no se sustituirá por un edificio.

Pero no todo son las leyes…

“Es la mejor noticia en 100 años. El gobierno finalmente nos ha escuchado, es un momento histórico y nos han involucrado en todos los ministerios”, dijo Van Piet van Assendorp, residente de los campamentos de caravanas, después de conocer por la televisión holandesa NOS que hay esperanza de que los municipios detengan la política de decadencia. “Espero que este sea un punto de inflexión en nuestra historia, aún tenemos presente lo que sufrieron nuestros antepasados ​​desde la guerra, y eso tiene repercusiones en nosotros. Queremos pasar página”, concluye.

Esta activista no comparte el rechazo que tiene su comunidad hacia los medios, donde los suyos siempre se han sentido discriminados y estereotipados. Eso la llevó en 2008 a fundar la asociación Viajeros en Acción para precisamente dar a conocer lo que los libros de Historia no explican en las escuelas: la cultura y la tradición gitana, el por qué es tan importante para ellos vivir en una caravana, rodeados de sus familiares, y no formando parte de la rutina más occidental, caracterizada –dice- por la frialdad que protagoniza las relaciones entre los vecinos y alejada de los lazos de sangre.

“Fue muy doloroso para mí cuando me obligaron a irme y separarme de todo lo que había conocido hasta entonces. No había espacio para jugar, estaba todo lleno de maderas, no había espacio verde. Eché de menos a mi familia. Fui muy infeliz con ese cambio”, lamento Sabina. Calcula que en la actualidad hay más de 5.000 miembros de esta minoría que viven en casas de ladrillo, lejos de sus familiares, entre ellos Danielle van Boekel, de 33 años, que contó a los medios holandeses su vida en una casa con balcón a cinco minutos del centro de Haarlem, en el sur de Holanda.

Danielle tenía 25 años cuando la obligaron a dejar su campamento de caravanas y vivir en un piso, un lugar al que no se ha logrado acostumbrar a pesar de que ya han pasado ocho años. “Allí vivimos con nuestra familia y todos entrar y salen en cualquier momento. Aquí hace cuatro meses que no me he cruzado con mi vecino, eso era inimaginable para mí”, subraya, y recuerda que se traslada al campamento de sus padres a diario para no sentirse sola.

Sobre la presión social que existe sobre su estilo de vida, Danielle rememora los tiempos en los que tuvo que lidiar con los prejuicios. “Nuestras ventanas estaban llenas de huevos y bolsas de plástico con excrementos de perro. En la escuela, las cosas no eran mucho mejores. Nunca me permitieron jugar con amigos porque no era bienvenida, la gente pensaba que mis padres y yo éramos sucios”, comenta sobre su pasado. En el presente, prefiere no mencionar sus orígenes cuando socializa. “No es negar mi origen, es que juega en mi contra y siento que entonces tendría que demostrar mi valía”, justifica.

(Fuente: El Confidencial / Autor: Imane Rachidi)

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