Las jornaleras de la fresa marroquíes en Andalucía, modelo de globalización, vulnerabilidad, sexismo y precariedad laboral

El cultivo de fresa fuera de temporada constituye un modelo paradigmático de la globalización agroalimentaria. Se trata de una agricultura muy tecnificada y orientada a la exportación que necesita una gran cantidad de bienes para asegurar la producción (pesticidas, fertilizantes, plásticos de invernaderos, variedades patentadas de plantas…) y depende de las grandes cadenas de distribución para su comercialización a los mercados europeos. Es, así mismo, una agricultura intensiva en mano de obra que emplea aproximadamente 60.000 temporeras y temporeros a la provincia onubense y más de 20.000 obreras agrícolas al norte del Marruecos.

Estos dos enclaves de producción intensiva de fresa ocupan una posición periférica en la cadena agroalimentaria, controlada por las grandes corporaciones de desarrollo de bienes de producción y las grandes superficies comerciales que imponen precios y condiciones de venta. Esto hace que la reducción de los costes del trabajo constituya una de las principales estrategias de las empresas, agricultores y agricultoras para garantizar la rentabilidad del cultivo. El carácter altamente perecedero de la fresa, que tiene que recorrer miles de kilómetros hasta la mesa de los consumidores y las consumidoras norteñas de Europa, acentúa la importancia de una mano de obra abundante y disponible que asegure la recolección

Huelva: de las familias andaluzas a la contratación en origen de madres marroquíes

En Huelva, el cultivo de la fresa empezó a los años sesenta y durante los primeros años recayó sobre el trabajo de la mano de obra familiar en pequeñas explotaciones de 1 a 2 hectáreas. En la actualidad, se trata de un cultivo que, junto con lo otros frutos rojos, se extiende sobre unas 10.000 hectáreas de invernaderos que han dado lugar a un mar de plástico al extremo occidental de Andalucía. Así mismo, se ha registrado un incremento del tamaño mediano de las explotaciones que el 2004 era de 15 hectáreas. Durante los años noventa, la mano de obra familiar y las familias jornaleras andaluzas fueron sustituidas por temporeros extranjeros, principalmente hombres procedentes del Magreb y del África subsahariana. A continuación, las movilizaciones protagonizadas por estos trabajadores tuvieron como consecuencia su sustitución por jornaleras extranjeras portadas exclusivamente para la temporada a través de un programa de contratación en origen. Desde el principio, los empleadores [1] privilegiaron el reclutamiento de mano de obra femenina, en un primer momento, en países de Europa del Este como Rumanía o Polonia; a partir de 2006-2007, con la entrada de estos países a la Unión Europea, los contratos se redirigieron hacia el Marruecos.

En Marruecos, la patronal de la fresa española y la Agencia Nacional de Ocupación marroquí (ANAPEC) establecieron la contratación exclusiva de mujeres casadas, divorciadas o viudas, con hijos e hijas menores de 13 años a cargo suyo. Con esto pretendían asegurarse el retorno de estas mujeres a su país al finalizar la temporada, como está previsto en el programa. La identificación de las mujeres como principales proveedoras del trabajo de curas en el hogar, trajo a empleadores e instituciones a considerarlas como la mano de obra idónea, es decir, disponible cuando se la necesita y reenviable a sus responsabilidades familiares cuando no es el caso.

Este programa ofrece, igualmente, una gran flexibilidad a la hora de organizar los flujos de trabajadoras. Así, la Agencia Nacional de Ocupación marroquí responde «justo in time» a las demandas de cada explotación agrícola que solicita la llegada de las trabajadoras en función de la evolución de la campaña, independientemente de la estimación que hubieran realizado al principio. Este sistema implica que numerosas trabajadoras se queden en el Marruecos después de haber hecho todas las gestiones y preparativos para salir. Las que finalmente viajan tampoco tienen garantizada la continuidad del trabajo una vez al estado español. A pesar de que el acuerdo para el contingente indica que se tiene que garantizar una actividad continua fijada en Huelva en un mínimo de 18 jornadas al mes, se trata de una norma poco respetada en el sector. Esta situación permite disponer de una reserva de trabajadoras a las fincas que garantiza la fuerza de trabajo para los picos de producción, en contra del que los convendría para aprovechar al máximo su estancia.

Vulnerabilidad jurídica y precariedad laboral

El permiso de residencia de estas trabajadoras está condicionado a la vigencia del contrato laboral con el cual accedieron en el Estado español y la renovación la temporada siguiente depende exclusivamente de la voluntad de la persona o emprendida empleadora. Esto instituye una dependencia absoluta de las trabajadoras ante la empresariat, colocándolas en una situación de gran vulnerabilidad. Esta situación se ve agravada por el hecho que la gran mayoría de las trabajadoras residen en las fincas donde trabajan, lo cual limita la interacción con la población local o el aprendizaje de la lengua.

En consecuencia, las trabajadoras poseen una capacidad muy limitada para negociar sus condiciones de trabajo o reivindicar la correcta aplicación del convenio colectivo. Así, se ven obligadas a aceptar jornadas de trabajo más largas o más cortas que las seis horas y media reglamentarias y a adaptarse a los intensos ritmos impuestos por los capataces. Así mismo, la falta de separación entre los lugares de residencia y los de trabajo hace que se controle el tiempo libre de las jornaleras, por ejemplo, limitando sus salidas nocturnas con objeto de garantizar su productividad o reteniendo los pasaportes porque no abandonen el programa. Esto también permite a los productores y productoras de fresa ajustar diariamente el tamaño de su plantilla en función de los pedidos que reciban o de las condiciones meteorológicas.

Paradójicamente, a pesar de su dimensión utilitarista, la precariedad laboral y jurídica que impone a las trabajadoras y el carácter sexista de la selección, el programa de contratación en origen en Huelva se ha erigido como modelo de “migración ordenada” y ha recibido numerosas subvenciones del Estado español y de la Comisión Europea para financiar los costes de gestión de mano de obra que correspondería asumir a la patronal del sector.

Por otro lado, la condición precaria de las mujeres procedentes de hogares rurales y pobres, donde los salarios son mucho más bajos, junto con la marginación que muchas sufren en sus comunidades para ser divorciadas o viudas, hace que las obreras marroquíes aprecien el trabajo en la fresa en Huelva y lo conciban como un medio para mejorar a corto o mediano plazo su situación. Para ellas es un trabajo que los permitirá construir una casa, pagar los estudios de sus hijos e hijas o, simplemente, garantizar la subsistencia de la familia.

Marruecos: deslocalización productiva y feminización del mercado de trabajo

El cultivo intensivo de la fresa empieza a desarrollarse en el Marruecos a finales de los años ochenta y sus orígenes están íntimamente relacionados con la deslocalización de empresas españolas que, con su instalación, exportaron el modelo productivo vigente en este momento en Huelva. En la actualidad, las empresas españolas (para citar algunas: Natberry, Felgar, Solo del Sur, Arbagri…) siguen siendo mayoritarias en el sector, si bien se observa una creciente presencia de grandes grupos transnacionales europeos y americanos (cómo Driscoll‘s o Barre) que encuentran en la costa noroccidental del Marruecos una excelente plataforma para exportar fresas y otros frutos rojos hacia los mercados europeos [2]. Un número importante de productores marroquíes agrícolas —y algunos industriales— se han incorporado al sector. Se trata de un tipo de agricultura en el cual predomina la media y la gran explotación (el 60% de las explotaciones tienen más de 20 hectáreas), debido a las altas inversiones que requiere, y en el cual los productores agrícolas dependen de las empresas exportadoras, principalmente extranjeras, para poder acceder a los mercados internacionales.

El sector da trabajo cada año además de 20.000 personas, de las cuales en torno al 90% son mujeres. Se trata principalmente de jóvenes rurales, originarias de la región, que son transportadas diariamente en camiones o furgonetas entre sus hogares y los puestos de trabajo. La mayor parte de este transporte se realiza sin ninguna garantía de confort o seguridad y los trayectos pueden añadir de una a cuatro horas (no remuneradas) a las jornadas laborales.

Debido a su carácter fuera de temporada, en los campos agrícolas el trabajo se extiende casi nuevo meses al año. Lo llevan a cabo principalmente chicas muy jóvenes, solteras, sin estudios o con estudios primarios que, a menudo, empiezan a trabajar antes de los quince años (edad mínima legal para trabajar en el Marruecos). Las jornaleras realizan la inmensa mayoría del trabajo en las fincas, lo cual incluye labores de plantación, desbrossat y lavado de las plantas, mantenimiento de los lomos y recolección. Esta última tarea es la más intensiva en trabajo, puesto que se extiende entre los meses de diciembre y junio. A pesar de que la aplicación de fitosanitarios se considera un trabajo masculino, no es raro que lo realicen también las mujeres. La remuneración es por jornal y los salarios recibidos son iguales o incluso inferiores al salario mínimo agrícola, que corresponde a 6,30 euros al día (69,73 dírhams marroquíes). Cómo señala un informe de 2015 del ONG Fairfood, se trata de sueldos que se sitúan por debajo del umbral oficial de pobreza del Marruecos.

La ausencia de contratos y de declaración a la seguridad social, así como la eventualidad y la elasticidad de los horarios, caracterizan el trabajo en el sector. Las jornadas en los campos oscilan entre ocho y diez horas al día y las horas extras no son remuneradas. De hecho, el incumplimiento de los horarios de salida, junto con las condiciones de transporte y los maltratos e insultos que reciben de los capataces —todos hombres— constituyen los aspectos más criticados por las jornaleras. La exposición a estas violencias y las pésimas condiciones hacen que, sacado de excepciones, este trabajo no sea aceptable para las mujeres casadas, quienes, en cambio, trabajarán en los campos de familias vecinas que cultivan patatas, cacahuetes o productos hortícolas de verano, o en el agroindústria de la fresa, que ofrece ocupación entre cuatro y seis meses al año.

En efecto, a los almacenes de envasado y congelación de fresas, la media de edad de las trabajadoras es mayor. A diferencia del salario agrícola, el salario mínimo industrial está establecido por hora y actualmente es de 1,20 euros (13,46 dírhams), si bien no todas las empresas respetan esta norma: durante el trabajo de campo realizado en 2012 se constató que numerosas obreras cobraban el equivalente a 60 céntimos la hora. La remuneración por caja de fruta procesada es también habitual. Los contratos y la declaración a la seguridad social son más habituales que en los campos, aunque distan de ser mayoritarios. Así, es corriendo que en una misma empresa coexistan, en proporciones variables, trabajadoras con contrato y otras que trabajan de manera irregular.

La persistencia de la vulneración de los derechos laborales tiene que entenderse en un contexto marcado miedo una clara voluntad política de atraer y retener las inversiones extranjeras [3] que se traduce, a escala local, en la inacción de la inspección laboral y la connivencia de las autoridades locales cono la patronal de la hueva. Así mismo, el sector se caracteriza miedo una escasa presencia sindical, hecho que contrasta cono la realidad otras zonas agroexportadores del país donde las organizaciones sindicales sueño muy activas, como se lo caso del sector del tomate y otras hortalizas bajo plástico de la región de Souss-Massa, al sur del país.

En suma, la ocupación de mujeres jóvenes del empobrecido mundo rural marroquí [4] y la identificación de sus trabajos como una actividad transitoria hasta el matrimonio o una ayuda a la economía familiar (a pesar de que a menudo sus salarios constituyan significativas aportaciones al mantenimiento de la unidad doméstica), permite la construcción de una mano de obra que se adecúa a las exigencias de disponibilidad y cuesto buscadas miedo las empresas de producción y exportación de fresas. Esto no implica que las jornaleras acepten impasibles las condicionas que se los imponen, mucho al contrario, junto a las estrategias de resistencia cotidianas, se suceden episodios de protestas colectivas y paros de trabajo, de carácter más o menos espontáneo, para reivindicar mejoras laborales. Ahora bien, la falta de estructura de estas accionas hace que su capacidad para revertir las condicionas de explotación sea limitada.

En definitiva, hemos visto que la importación de mando de obra cono contrato y la deslocalización de la producción hacia lo Sur constituyen dos estrategias divergentes para garantizar la rentabilidad del sector de fresas fuera de temporada que utilizan, al mismo tiempo que refuerzan, las desigualdades de género y las territoriales, así como la vulnerabilidad de las personas migrantes producto de unas políticas migratorias utilitaristas y puestas al servicio del capital. Esto deja claro que la explotación de la mando de obra posicionas subalternas, en este caso conformada miedo mujeres rurales marroquíes, aparece como un elemento fundamental para la agricultura intensiva, poniendo evidencia la insostenibilidad social, además del ambiental, de este modelo productivo.

Notas:

[1] El uso del masculino genérico para referirnos a los empleadores, productores empresarios del sector en el Marruecos, se justifica por el hecho que, aunque existe algún caso de fincas o empresas dirigidas por mujeres, la inmensa mayoría están a cargo de hombres.

[2] El año 2016 había plantadas aproximadamente 3.600 tiene que hueva, 1.000 de frambuesa y casi 900 de arándano. El 75% de la producción se exporta.

[3]La actual política agraria marroquí, el Pla Marruecos Verd (2008), cuenta atraer unos 1000 millones de euros anuales en inversiones privadas al sector y constituye una apuesta por la agricultura intensiva y orientada a la exportación. No va, este Pla identifica los sectores de exportación de fresas y otras verduras fuera de temporada como el tomate, como modelos de éxito y ejemplos a reproducir.

[4] El 85% de las personas en situación de pobreza en el Marruecos residen en el medio rural.

(Fuente: Directa.cat / Autores: Juana Moreno Nieto y Emmanuelle Hellio)

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *