80 días y 80 noches: En la piel de una familia de temporeros de Jaén que trabaja en la campaña del espárrago en Navarra

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El despertador suena en Uterga a las tres y media de la madrugada. Al menos, de abril a junio. Han transcurrido 60 días desde el inicio de la temporada del espárrago y hasta el alma se resiente a esta altura de campaña. Cuerpos ateridos, quebrados por el frío, la lluvia y el cansancio acumulados. Jornaleros jienenses de rostros curtidos y eternos silencios. Pescadores que navegan tierra adentro. Jinetes del pueblo, que escribió el poeta Rafael Alberti.

Los primeros en pulsar el interruptor del amanecer son Blas Torres, de 42 años, su mujer Mari Ribera, y sus tíos Blas López, 53, y Narguita, de 41. Todos viven en el número 18 de la calle Asunción, junto a la iglesia de la localidad, y comparten rellano con el resto de familia. En total, 13 personas que comparten sol y luna durante 80 días y 80 noches.

De los 650 emigrantes de Jódar que van a Navarra para la recogida del espárrago, 40 viven en Uterga. Hombres y mujeres de rasgos marcados y bronceados.

El humo de tabaco envuelve la madrugada. Un café bien cargado templa el desánimo. Ojos somnolientos. Fernando López Robledo, 55 años, el más veterano, es el único que se mete al cuerpo una rebanada de pan con aceite. Albañil de profesión, compagina desde hace una década el campo con la construcción. Su mujer y sus dos hijas se encuentran en Jódar. «No quiero esta vida para ellas…», murmura, impregnando el oro líquido entre la miga. Cuesta desentumecer hasta las palabras….

Juana López, 65 años, y dos de sus nietos, Asier y ‘Blasito’, 12 y 8 años, permanecen en la cama. Dormirán hasta las ocho. A las ocho y media les recoge el autobús, tres de los cinco niños que suben proceden de Jódar. El papel de la abuela es fundamental para que la vida fluya con normalidad en el hogar. «Una buena convivencia… éste es el secreto para poder llevar una vida de temporero», deja claro la matriarca, viuda desde hace un par de semanas.

Sus dos nietos acuden al colegio en Puente la Reina, el segundo centro al que acuden este curso. Están más que acostumbrados a los cambios de geografía. Son hijos y nietos de temporeros, recordarán al periodista en el desayuno. Y ser temporero significa «estar tirado todo el día en el campo…», esboza Fernando.

Historia de un viaje

La emigración de los habitantes de Jódar arranca tras años de necesidades que se sucedieron con la Guerra Civil. El paro, la falta de viviendas dignas y la desaparición de la industria del esparto provocaron una salida masiva de una población que disminuyó de 16.000 a 12.500 habitantes. A finales de los 60, Jódar se moderniza con la construcción de edificios públicos, colegios, abastecimiento domiciliario de agua potable y redes de saneamiento urbano. Sin embargo, el paro continuaba enquistado.

En la actualidad, más de la mitad de los desempleados del municipio son mujeres que carecen de expectativas laborales. Su población sigue dependiendo directamente de la aceituna, de la uva de Ciudad Real y Francia y del espárrago y el pimiento de Navarra.

Aceituna, uva, espárrago y pimiento. Esta es la ruta que cada año recorre la familia de Juana desde que se casó con 14 años. Madre de seis hijos, Blas Torres es el segundo y el más experimentado en el campo. Con solo 9 años vareaba olivos y a los 13 levantaba con el gancho de la inocencia los plásticos negros de los lomos de tierra de las esparragueras.

San Adrián y Andosilla le acogieron en la niñez. Luego fue Uterga. Lo que peor lleva, confiesa Blas, es no haber conseguido que el mayor de sus dos hijos, Yonathan, de 18 años, continúe con los estudios. Abandonó al cumplir 16.

A ocho grados y a las cuatro

Desde entonces, acompaña a la ‘madrugá’. Como uno más. Los 13 miembros de esta familia de Jódar simbolizan el sufrimiento de miles de jornaleros que cada año cierran sus casas en la provincia de Jaén para desplazarse a otro lugar y poder trabajar. «Porque allá te mueres de hambre. Sólo nos queda la aceituna», lamenta Juana.

Juana y su gente llegaron a finales de marzo y se quedarán hasta el 25 de junio. Durante 80 días y 80 noches, este núcleo urbano de algo más de cien habitantes, enseña del Camino de Santiago, ha mudado su piel transformándose en un pedacito de Jaén. Y sus calles lo notan. Vaya que sí lo notan. «¡El pueblo recobra la vida!», bromea Blas.

A las cuatro de la madrugada, sin más preámbulos, los trece jornaleros cargan decenas de cajas de plástico en los remolques de dos vehículos todoterreno y conducen en caravana hacia la primera de las tres piezas. El termómetro marca ocho grados. Buena temperatura, dicen, para un producto que necesita de calor. «A ver qué tal se nos da hoy», susurra Mari con un gesto de cansancio. «Aunque estamos acostumbrados y el cuerpo se hace a esto, el frío se lleva muy mal».

Cada uno conoce bien su cometido. Se reparten por esparragueras. Una avanzadilla retira con ganchos los plásticos que protegen los lomos de tierra bajo los que crece el ‘oro blanco’. Un mar de plásticos tan oscuros como la misma noche.

El plástico sirve parar guardar el calor, adelantar la producción y aportar la opacidad necesaria para alargar el tiempo de recogida unas horas después de amanecer. El espárrago blanco es un fruto nocturno que tiene que mantener su blancura subterránea para que el consumidor no lo califique de segunda por sus puntas amoratadas. Sin embargo, a pesar de que no le gusta la luz, lucha por crecer y sacar la cabeza fuera de la tierra.

La parcela que toca se encuentra en Legarda, muy próxima a la carretera. Se escucha el canto de los pájaros, el restallido de las gubias (paleta para desenterrar) en las manos de los temporeros al chocar con la tierra seca, y música flamenca. Proviene del móvil de Mari. Le gusta sintonizar Radio Olé mientras curva sus pensamientos. Sonríe tímida.

El cultivo y recolección del ‘oro blanco’ es un arte que ha ido evolucionando con el tiempo, pero exige recogida manual. Los espárragos se presentan al exterior como lunares blancos, puntas tímidas que cuesta distinguir. En algunos casos, ni se ven. «La vista se acostumbra…», dice Fernando. «Lo que peor se lleva es el agua y el barro. Es un trabajo que no quieren los navarros», se sincera mientras carga a su espalda la primera cesta de 15 kilogramos. Los que tiran de los plásticos pueden llegar a caminar 27 kilómetros. «Acabas deslomado, reventado de los pies y los brazos. Al final de la temporada, sin descansar un solo día, te quedas dormido de pie. Llegamos a adelgazar 10 kilos».

El trabajo finaliza en esta pieza antes el amanecer, a las cinco y media. Han acumulado unos 500 kilos. Sin perder más tiempo suben a los vehículos y conducen a lo alto del cerro. Así, sin descanso, continuarán hasta las diez y media, cuando regresarán a casa y pesarán lo obtenido en el almacén. El 50 por ciento del beneficio, una vez vendida la mercancía a la empresa conservera, se reparte entre los 13 miembros de la familia.

A las dos y media de la tarde, por fin, comerán y disfrutarán del mejor momento del día, la siesta. Después, si fuera necesario, volverán a las piezas y prepararán la tierra para la jornada del día siguiente. «Hay años en los que la cosa va bien y otros en el que la temporada es una ruina», reconocen. «Este año, de momento, no va mal».

(Fuentes: Ideal  – Diario de Navarra / Autor: Iván Benítez)

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