La otra cara del “milagro” portugués: la bonanza de su economía se asienta en la dependencia del turismo y las inversiones extranjeras

lisboa

Como si Lisboa no estuviera ya saturada de turistas, quienes seguían Eurovisión, el gran espectáculo pop-trash anual, colapsaron la capital portuguesa. La oficina de turismo de Portugal aprovechó la retransmisión a una audiencia de más de 200 millones de personas para publicitar las bellezas del país a todos aquellos que aún no se habían enterado de que es el destino de moda desde hace un par de años.

Todos menos el público chino, porque la Unión Europea de Radiodifusión (EBU), responsable del festival, canceló la licencia a un canal de televisión del país asiático por haber censurado dos actuaciones en las semifinales del concurso, una de ellas la canción de Irlanda, por sus supuestas connotaciones homosexuales.

Aun a riesgo de estirar demasiado la metáfora, la celebración de Eurovisión en Lisboa fue síntoma de dos dilemas de la actual bonanza económica de Portugal: los efectos negativos del boom turístico y la dependencia de inversores extranjeros que pueden resultar problemáticos, como el régimen chino. Vamos por partes.

El gobierno socialista en minoría de António Costa, que cuenta con el apoyo del Bloque de Izquierda (Bloco de Esquerda, BE), de los comunistas del PCP y de los verdes, ha sorprendido a muchos sectores, en casa y fuera, con sus logros económicos. El Producto Interior Bruto (PIB) creció en 2017 un 2,7%; la tasa de paro ha caído por debajo del 8%, y el déficit público va camino de desaparecer.

Todo ello ha sido compatible con revertir buena parte de los duros recortes sociales que sufrió Portugal bajo el rescate internacional entre 2011 y 2014, tutelado por la troika de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. No es extraño, por tanto, que la izquierda, de capa caída en casi todo el resto de Europa, vea en Costa una especie de salvador, la prueba real de que existen alternativas a la doctrina de la austeridad impuesta por Bruselas y Berlín.

Sin embargo, conviene manejar cautela porque la recuperación y la buena marcha de la economía lusa se deben en gran parte a factores externos y difíciles de controlar. Portugal está de moda entre los destinos del mundo. Esta industria creció el año pasado un 10% y ya aporta un 7,1% al PIB. Igual que ocurre en España, el sector es uno de los motores de la creación de empleo y, también como aquí, ello explica la profusión de trabajos precarios y mal pagados. La avalancha de turistas está causando problemas en ciudades como Lisboa u Oporto, donde la extensión de pisos turísticos del estilo de los de Airbnb está expulsando a los vecinos de toda la vida.

El Gobierno luso también ha contribuido a la llegada de cada vez más personas del extranjero, con generosas ventajas fiscales para no residentes y los llamados visados oro, que conceden la residencia a quien invierte un mínimo de 500.000 euros en activos como viviendas. Entre 2013 y 2017, el 60% de estos permisos fueron otorgados a personas procedentes de China que invirtieron un total de 2.000 millones de euros en el país a cambio de casi 4.000 visados.

No solo la ciudadanía, también las empresas chinas se han enamorado de Portugal. La semana pasada, China Three Gorges (CTG) anunció una oferta de compra para hacerse con el control del 76% de las acciones de Electricidade de Portugal (EdP) que aún no posee. La OPA de la empresa estatal china sobre la mayor eléctrica de Portugal, que antaño fue pública, es controvertida.

China Three Gorges entró en el capital de EdP en 2011 aprovechando la privatización total de la empresa, tal como había ordenado la troika en el plan de rescate. Otra compañía estatal china, State Grid, aprovechó la ocasión y compró un 25% de la operadora de la red eléctrica lusa REN. Hubo más operaciones de este tipo. “La liquidez extraordinaria de los inversores chinos –especialmente las sociedades estatales– durante el proceso de privatización les permitía hacer las mejores ofertas y así quedarse con la participación pública en las empresas portuguesas más atractivas en el proceso de privatización”, explica un estudio sobre la inversión del país asiático en Europa de la escuela de negocios ESADE de Barcelona. Además de las empresas gubernamentales, también las privadas han ido de compras en Portugal. Por ejemplo, en los últimos años Fosun adquirió varias aseguradoras y una participación de control en BCP, el segundo banco del país.

Después de haber dedicado enormes sumas a comprar activos, sobre todo recursos naturales en África y América Latina, China ha puesto su atención en la adquisición de empresas en Europa y Norteamérica, muchas en sectores estratégicos, como es el caso de EdP. Según el informe de ESADE, en 2015 Portugal fue el país europeo que más dinero recibió del gigante asiático en relación con el tamaño de su economía, en concreto el equivalente al 3,3% de su PIB.

Y, al parecer, todavía hay apetito. La semana que viene, la consultora multinacional EY organiza dos seminarios en Pekín y Shanghai para informar a potenciales inversores sobre las ventajas de ir a Portugal, “uno de los países europeos con el mejor historial para atraer y apoyar la inversión china”. Pero, ¿dónde va a parar esta inversión? Hasta ahora, los chinos han dedicado su dinero básicamente a comprar acciones de empresas, mientras han construido muy pocas plantas propias. Una excepción es Huawei, el gigante de las telecomunicaciones, que abrió un centro tecnológico en Portugal.

Otro problema que plantea el apetito del país asiático y su modelo mixto de capitalismo y comunismo es que los principales inversores son públicos, como en el caso de la oferta de CTG por EdP. Esta compra es “una maniobra particularmente peligrosa”, en opinión de Carolina Martins, la coordinadora del Bloco de Esquerda. “¿Cómo explicamos que el Estado portugués no manda en el sector de la energía y el Estado chino sí?”, se preguntó Martins, según informaron medios lusos. “Los sectores estratégicos de la economía deben estar bajo control público. Nada demuestra mejor la hipocresía de la legislación europea que lo que está pasando con EdP porque dice que Portugal no puede ser dueño de su propia energía pero el Estado chino sí”, argumentó Martins.

Asimismo, los comunistas portugueses consideran que “una empresa estratégica para los intereses del país no puede estar sujeta a cuestiones financieras ni a países extranjeros”, en palabras del secretario general del PCP, el histórico Jerónimo de Sousa.

En el Partido Socialista tampoco comparten el entusiasmo de su líder. Costa avanzó que el Gobierno no se opondrá a la compra total de la eléctrica por parte de su principal accionista. “Los chinos han sido buenos inversores”, afirmó el mandatario luso.

Pero no todo el mundo recibe a China con los brazos tan abiertos como Portugal. En Francia, Alemania y otros países ven con recelo el creciente hambre de compras del país asiático. Entre otras cosas, temen por la transferencia de tecnología en sectores como las telecomunicaciones. Después de haber luchado durante décadas para eliminar la “acción de oro”, que otorga a los gobiernos cierto control en las empresas estratégicas, la Comisión Europea ha dado un giro radical y ahora ve con buenos ojos este tipo de blindajes. Recientemente en los Estados Unidos de Donald Trump, el Comité para las Inversiones Extranjeras (CFIUS) ha vetado una serie de compras de empresas estadounidenses por inversores chinos.

Pese a los reparos de la izquierda, la compra de EdP por CTG no parece correr peligro de fracasar por preocupaciones estratégicas del Gobierno. Por ahora, es la propia dirección de la eléctrica la que rechaza la oferta china, si bien por motivos mucho más mundanos: el precio ofrecido le parece demasiado bajo.

(Fuente: La Marea / Autor: Thilo Schäfer)

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