Brasil: La Presidenta de la Corte Suprema admite que la candidatura de Lula no puede ser impedida. Lula: “Por qué sigo siendo candidato”

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La candidatura de Luiz Inácio Lula da Silva no puede ser impedida anticipadamente, como defienden diversos integrantes del Tribunal Superior Electoral (TSE), ha admitido la presidenta de la Corte Suprema de Brasil, Cármen Lúcia.

“Los postulantes a algún cargo electivo tienen el derecho de solicitar el registro de su candidatura e ir a la Justicia Electoral para intentar garantizar su ingreso en la disputa, aún estando condenados por un órgano colegiado”, manifestó la ministra en declaraciones a una televisora ampliamente difundidas por medios locales.

La titular del Supremo Tribunal Federal (STF) insistió en la imposibilidad de excluir ‘de inmediato’ de las elecciones presidenciales de octubre próximo a Lula, ‘sin que sea llevado en consideración el derecho de defensa’.

Cármen Lúcia descartó asimismo someter a discusión en lo que le resta de mandato (hasta septiembre venidero) el tema de la prisión después de recibir condena en un tribunal de segunda instancia, proceder que a juicio de renombrados constitucionalistas brasileños viola la Constitución de la República.

Un entendimiento del STF aprobado en 2016 por mayoría de votos dejó abierta la posibilidad de que un reo de la justicia pudiera ser preso después de confirmarse la pena por un tribunal de apelaciones, aun cuando la Carta Magna estipula que la prisión procedería solo después de agotados los recursos en todas las instancias.

Para más de un cuarto de los electores brasileños el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, preso político hace más de 40 días en la Superintendencia de la Policía Federal (PF) en Curitiba, es el único candidato en que votaría en octubre próximo.

Así lo corroboró el Instituto MDA Pesquisa en un sondeo realizado entre el 9 y el 11 de mayo en 137 municipios de todo el país, el cual confirmó una vez más que en cualquiera de los posibles escenarios diseñados con su participación el fundador y líder histórico del Partido de los Trabajadores (PT) obtendría la victoria.

Según el muestreo, un 25,6 por ciento de los electores solo votaría por Lula, casi el doble de la cifra que consigue el segundo mejor colocado, el candidato de la extrema derecha Jair Bolsonaro (13,1).

Ninguno de los otros siete posibles presidenciales mencionados consiguió llegar más allá del 4,5 por ciento, mientras -por el contrario- el actual inquilino del Palacio de Planalto, Michel Temer, alcanzó el nivel más alto de rechazo, pues el 87,8 por ciento de los consultados aseguró que bajo ningún concepto lo respaldaría con su voto.

De acuerdo con la encuesta de MDA, Lula continúa encabezando con holgura las intenciones de voto y ganaría en primera vuelta con el doble del respaldo que su principal adversario, Bolsonaro.

En un escenario estimulado, Lula sería apoyado por 32,4 por ciento de los votantes y Bolsonaro por un 16,7. Después les seguirían la ex candidata presidencial Marina Silva (7,6), el representante del Partido Democrático Laborista (PDT por sus siglas en portugués) Ciro Gomes (5,4) y el ex gobernador paulista Geraldo Alckmin (4,0).

(Fuente: Prensa Latina)

A continuación, texto íntegro de un artículo de Lula: “Por qué sigo siendo candidato”

Soy candidato a presidente de Brasil, en las elecciones de octubre, porque no he cometido ningún crimen y porque sé que puedo hacer que el país reanude el camino de la democracia y del desarrollo en beneficio de nuestro pueblo. Después de todo lo que hice como presidente de la República, estoy seguro de que puedo rescatar la credibilidad del gobierno, sin la cual no hay crecimiento económico ni la defensa de los intereses nacionales. Soy candidato para devolver a los pobres y excluidos su dignidad, la garantía de sus derechos y la esperanza de una vida mejor.

En mi vida nada fue fácil, pero aprendí a no renunciar. Cuando empecé a hacer política, más de 40 años atrás, no había elecciones en el país, no había derecho de organización sindical y política. Enfrentamos la dictadura y creamos el Partido de los Trabajadores, creyendo en la profundización de la vía democrática. Perdí 3 elecciones presidenciales antes de ser elegido en 2002. Y probé, junto al pueblo, que alguien de origen popular podía ser un buen presidente. Terminé mis mandatos con un 87% de aprobación popular. Es lo que el actual presidente de Brasil, que no ha sido elegido, tiene que rechazar hoy.

En los ocho años que goberné Brasil, hasta 2010, tuvimos la mayor inclusión social de la historia, que tuvo continuidad en el gobierno de la compañera Dilma Rousseff. Sacamos 36 millones de personas de la miseria extrema y llevamos más de 40 millones a la clase media. Fue el período de mayor prestigio internacional de nuestro país. En 2009, Le Monde me indicó “hombre del año”. Recibí estos y otros homenajes, no como mérito personal, sino como reconocimiento a la sociedad brasileña, que se había unido a partir de la inclusión social para promover el crecimiento económico.

Siete años después de dejar la presidencia y después de una campaña sistemática de difamación contra mí y mi partido, que reunió a la más poderosa prensa brasileña y sectores del poder judicial, el momento del país es otro: vivimos retrocesos democráticos, una prolongada crisis económica, y la población más pobre sufre, con la reducción de los salarios y de la oferta de empleos, el aumento del costo de vida y el desmontaje de programas sociales.

Cada día más y más brasileños rechazan la agenda contra los derechos sociales del golpe parlamentario que abrió el camino a un programa neoliberal que había perdido cuatro elecciones seguidas y que es incapaz de vencer en las urnas. Lidero, por amplio margen, las encuestas de intenciones de voto en Brasil porque los brasileños saben que el país puede ser mejor.

Lidero las encuestas incluso después de haber sido arrestado como consecuencia de una persecución judicial que escudriñó mi casa y mis hijos, mis cuentas personales y el Instituto Lula, y no halló ninguna prueba o crimen contra mí. Un juez notoriamente parcial me condenó a 12 años de prisión por “actos indeterminados”. Alega, falsamente, que yo sería dueño de un apartamento en el que nunca dormí, del que nunca tuve la propiedad, la posesión, ni siquiera las llaves. Para detenerme, y tratar de impedirme  disputar las elecciones o hacer campaña para mi partido, tuvieron que ignorar la letra expresa de la constitución brasileña, en una decisión provisional por apenas un voto de diferencia entre 11 en la Corte Suprema.

Pero mis problemas son pequeños cerca de lo que sufre la población brasileña. Para sacar al PT del poder tras las elecciones de 2014, no dudaron en sabotear la economía con decisiones irresponsables en el Congreso Nacional y una campaña de desmoralización del gobierno en la prensa. En diciembre de 2014 el desempleo en Brasil era el 4,7%. Hoy está en el 13,1%.

La pobreza ha aumentado, el hambre ha vuelto a rondar los hogares y las puertas de las universidades están volviendo a cerrarse para los hijos de la clase trabajadora. Las inversiones en investigación se desplomaron.

Brasil necesita reconquistar su soberanía y los intereses nacionales. En nuestro gobierno, el país lideró los esfuerzos de la agenda ambiental y de lucha contra el hambre, fue invitado a todos los encuentros del G-8, ayudó a articular el G-20, participó en la creación de los BRICS, reuniendo a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y de la Unasur, la Unión de los países de América del Sur. Hoy Brasil se ha convertido en un paria en política exterior, que los líderes internacionales evitan visitar, y América del Sur se fragmenta, con crisis regionales una vez más graves y menos instrumentos diplomáticos de diálogo entre los países.

En los últimos años, la mayoría de los países de la región se han visto afectados por la crisis económica mundial. Era contra el ascenso social de los más pobres y los derechos de los trabajadores. Era contra el propio Brasil.

Tengo 40 años de vida pública. Comencé en el movimiento sindical. Fundé un partido político con compañeros de todo nuestro país y luchamos, junto con otras fuerzas políticas en la década de 1980, por una Constitución democrática. Como candidato presidencial, prometí, luché y cumplí la promesa de que todo el brasileño tendría derecho a tres comidas al día, para no pasar  hambre como  pasé cuando era niño.

Goberné una de las mayores economías del mundo y no acepté presiones para apoyar la guerra de Irak y otras acciones militares. Dejé claro que mi guerra era contra el hambre y la miseria. No someto mi país a los intereses extranjeros en nuestras riquezas naturales.

Volví después del gobierno al mismo apartamento del que salí, a menos de 1 kilómetro del Sindicato de los Metalúrgicos del de la ciudad de São Bernardo do Campo, donde inicié mi vida política. Tengo honor y no voy a hacer concesiones en la lucha por mi inocencia y por el mantenimiento de mis derechos políticos. Como presidente, promoví por todos los medios el combate a la corrupción y no acepto que me imputan ese tipo de crimen por medio de una farsa judicial.

Las elecciones de octubre, que van a elegir un nuevo presidente, un nuevo congreso nacional y gobernadores de estado, son la oportunidad de que Brasil pueda debatir sus problemas y definir su futuro de forma democrática con el voto, como una nación civilizada. Pero sólo serán democráticas si todas las fuerzas políticas pueden participar de forma libre y justa.

Yo ya fui presidente y no estaba en mis planes para volver a presentarme. Pero ante el desastre que se abate sobre pueblo brasileño, mi candidatura es una propuesta de reencuentro de Brasil con el camino de inclusión social, diálogo democrático, soberanía nacional y crecimiento económico, para la construcción de un país más justo y solidario, que vuelva a ser una referencia en el diálogo mundial en favor de la paz y la cooperación entre los pueblos.

(Fuente: Nueva Tribuna / Publicado en: Le Monde / Autor: Luiz Inacio Lula da Silva)

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