Jean-Noel “Txetx” Etxeberri (Bakegileak – Artesanos de la Paz): “El fin de ETA nos ayudará a relanzar la lucha social”

txetx

Se llama Jean-Noel Etxeberri, pero todo el mundo le llama ‘Txetx’. Sindicalista y activista de izquierdas nacido en 1964 en la capital de la Baja Navarra (Donibane Garazi, Saint Jean Pied de Port), ha sido la cabeza visible del equipo de Bakegileak (Artesanos de la Paz) que ha promovido y coordinado el desarme definitivo de ETA, verificado el pasado 8 de abril en Baiona.

Pero, en la biografía de Txetx, ese acto histórico ante 20.000 personas es solo un paso más de los miles que ha dado durante décadas. Por ejemplo, en septiembre de 1985 estaba en el Hotel Monbar (Baiona) con Fermin Muguruza (cantante de Kortatu) cuando unos pistoleros del GAL entraron y asesinaron a tiros a cuatro refugiados vascos. Mientras Muguruza y otras personas comprobaban si alguno de los tiroteados seguía con vida, Txetx salió en persecución de uno de los asesinos y lo redujo junto al río Errobi, propiciando su detención.

No todas las acciones de Txetx han sido tan épicas, pero todas se han guiado por la acción no violenta y “la necesaria confrontación democrática con el Estado”, como él mismo la define. Impulsor de la Cámara Agraria de Iparralde, hoy representa al sindicato ELA al norte del Bidasoa y dinamiza el movimiento Bizi! contra el cambio climático y por la justicia social.

¿Qué ha sido ETA para un activista de izquierdas y abertzale de Iparralde (País Vasco francés)?

Hasta bien entrados los años 80, ETA era considerada un movimiento de resistencia, incluso por el Gobierno de Mitterrand. Aquí se convivía con los militantes de todos los grupos armados vascos (ETA, Comandos Autónomos, etcétera), que se concentraban sobre todo en el casco viejo de Baiona (Baiona Ttipia). Al contrario que en el Estado español, aquí la violencia que más se sufrió fue la de los GAL y el Batallón Vasco Español, y eso generó una simpatía con los refugiados vascos. Sin embargo, los acuerdos de extradición entre ambos Estados dejaron a todos esos militantes en la clandestinidad total a partir de 1986, más o menos. Desde ahí, cada vez hay más reacción social contra los atentados de ETA, y la legitimidad que disfrutaba ETA por su lucha antifranquista va cambiando de bando, también en Iparralde.

¿Cómo se ha vivido en Iparralde el largo proceso de abandono de las armas?

En Iparralde se vivió con mucha ilusión la tregua de Lizarra-Garazi (1998-99), porque vimos que el fin de la violencia iba a permitir el fortalecimiento de luchas sociales y nacionales. Surgieron movimientos muy potentes de desobediencia civil, como los Demo, por ejemplo. Pero ese potencial se pierde cuando ETA decide romper la tregua a finales de 1999, y eso fue un golpe muy grande. La vuelta a la violencia retrasó todo ese dinamismo social durante muchos años.

¿Por qué se animan los ‘Artesanos de la Paz’ a dar un paso tan arriesgado como la mediación en el desarme?

Iparralde es muy pequeño, solo tiene 300.000 habitantes, y aquí nos conocemos todos, y todos hemos convivido de cerca con refugiados de ETA y ese entorno, no sólo los abertzales. Nosotros llevábamos muchos años pidiendo a ETA que dejara las armas y, cuando por fin anuncia el fin de sus acciones, el Estado español decide no hacer nada. Eso era muy peligroso y, además, el Estado francés siguió esa línea, pese a que hay 80 presos de ETA en sus cárceles y un importante arsenal de armas disperso por su territorio. Nosotros decidimos actuar para romper ese bloqueo, que en Iparralde nos impedía relanzar dinámicas de reivindicación social o incluso un buen desarrollo de la institución que agrupa a los vascos en el Estado francés. Nuestro grupo era ampliamente reconocido por su trayectoria no violenta en toda Francia, y eso nos ha servido de respaldo incluso en los momentos más difíciles.

¿Qué tareas quedan pendientes ahora?

La paz no es solo el desarme. Hay víctimas, exiliados, una convivencia que recuperar… Pero desde Iparralde, nosotros añadimos otra preocupación: vivimos con asombro cómo se promueve la tensión y el odio desde muchos medios de comunicación españoles, esos tertulianos para quienes parece que el fin de la violencia es una mala noticia. Eso es muy peligroso, contribuye a la deshumanización del conflicto y del adversario político.

¿Qué se le puede pedir al futuro?

Sin duda, las heridas han sido muy fuertes, pero lo único que nos puede unir es el interés por un porvenir compartido. Aquí, en Iparralde, el País Vasco puede ser no solo un proyecto nacional, sino también ecológico y de igualdad social, ejes en los que trabajan movimientos como Bizi! Evidentemente, queremos la paz, pero ello no debe suponer renunciar a una confrontación democrática imprescindible para mejorar las cosas. Esa lucha nos puede unir, pero hay que desarmar las palabras.

(Fuente: El Salto / Autor: Iván Giménez)

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *