Grecia: El incidente de Salónica evidencia la impotencia del poder político para controlar a los oligarcas del fútbol heleno

grecia

Su imagen saltando al césped en el estadio del PAOK de Salónica, rodeado de guardaespaldas y con una pistola colgando del cinto, dio la vuelta al mundo. Ivan Savvidis, oligarca greco-ruso dueño del equipo del norte de Grecia y amigo de Vladimir Putin, lleno de rabia contra el árbitro, salió por el túnel de vestuarios con un vigor poco común a los 58 años y, a la vista de muchos testigos -entre ellos el entrenador del AEK, Manolo Jiménez- amenazó a los jugadores rivales y al árbitro del encuentro. Por lo menos no desenfundó. Algo es algo.

Savvidis es el arquetipo de oligarca ruso salido de la caída de la Unión Soviética. Nacido en una familia de obreros y empleado raso en una fábrica de tabaco pública, fue ascendiendo hasta convertirse en su dueño. Y de ahí a numerosos negocios más, al amparo en las últimas décadas de su amigo Putin. De diputado de la Duma y uno de los hombres de negocios más ricos de Rusia, ahora es uno de los mandamases de facto en Grecia, gracias a la ley de naturalización que permite a los étnicamente griegos acceder a la nacionalidad. A pesar de que Savvidis ni siquiera habla un griego decente.

El protagonismo de Savvidis ha hecho reflotar en esta ocasión el debate sobre las conexiones de los políticos con los oligarcas que dominan el fútbol heleno. En este caso, el ruso está muy bien relacionado con Syriza, algo que ya han subrayado los socios nacionalistas de Alexis Tsipras, Griegos Independientes (ANEL), y que es ‘vox populi’ pese a los desmentidos del propio Ejecutivo.

No es ni mucho menos un hecho aislado. Un respetado periódico griego titulaba pocos días después del incidente en Salónica “¿Quién manda en Grecia?”, rodeado de las fotos de cuatro grandes oligarcas de Grecia -Savvidis, el dueño de Olympiakos, Evangelos Marinakis, Dimitris Melissanidis y Giannis Alafouzos, del Panathinaikos- en una muestra palmaria de la impotencia del poder político para embridar a los clubes de fútbol.

El arrebato de Savvidis, por el que se ha disculpado tibiamente, forma parte del goteo de incidentes que se dan regularmente en la Liga griega. Hace apenas un mes el técnico del Olympiakos, Óscar García Junyent, era agredido en en estadio del PAOK con un objeto que le golpeó en la cara. La federación impuso una sanción leve al club del norte, que consistía en el cierre del estadio varios partidos, pero no la pérdida de puntos.

En apenas tres años en el poder, el Ejecutivo ha tenido que suspender ya en tres ocasiones los campeonatos de fútbol por episodios de violencia. “Grecia siempre ha tenido un problema de violencia en el fútbol”, explica a El Confidencial el experimentado periodista deportivo Yannis Karaiorgas, “y la razón es que ninguno de los gobiernos desde 1979 han tenido la fuerza para imponer castigos a nadie. Porque el problema es que los grandes equipos siempre se libran de los castigos más severos. Esto debería haber cambiado hace décadas”.

Lejos de crear un consenso, la suspensión de la liga y la amenaza de sanción -de nuevo leve- sobre Savvidis ha abierto una nueva herida en el Gobierno griego con argumentos surrealistas. Los socios nacionalistas de Alexis Tsipras, Griegos Independientes (ANEL), han acusado al Ejecutivo en el Parlamento de “favorecer a los equipos de Atenas” y nada menos que de “dividir el país” por tomar medidas. El ministro de Deportes, Giorgos Vasileiadis, respondió en una sesión tensa que “queda mucho por hacer” y que no permitirá que “este fenómeno del pasado resucite”.

Vasileiadis se refiere, por ejemplo, a los numerosos incidentes en los que se vio envuelto en los 80 el dueño del Panathinaikós, al que se vio en numerosas ocasiones con un arma, aunque nunca la usó, y que paseaba impune por los campos. “En 1999, los guardaespaldas del presidente del AEK de Atenas dispararon al aire para dispersar a una multitud que quería agredir al dueño del club”, explica Karaiorgas.

Los intocables y sus tentáculos

Tsipras dió en el clavo al evocar el famoso mito de Alejandro Magno: “Hay que deshacer el nudo gordiano”, dijo. Pero la realidad es que los oligarcas del fútbol son casi intocables. Los tentáculos de estos poderosos hombres de negocios se extienden a las infraestructuras, los puertos y armadores, al juego… y a los financieramente raquíticos medios de comunicación. ¿Qué político se metería en ese avispero?

“El problema no es que los dueños no quieran detener la violencia. Es que no tienen que hacerlo. La amenaza de una sanción seria es inexistente”, asevera Karaiorgas, “así que los dueños no se tienen que preocupar de los ‘hooligans’. Y cuando les sancionan se quejan diciendo: ‘Otros clubes también lo hacen ¿por qué nos sancionan a nosotros?”.

En el mundo del fútbol griego hay también justicia: hace poco más de una semana 58 cargos de varios equipos, entre ellos directores, jugadores y entrenadores fueron condenados hasta a 10 años de cárcel por amaño de partidos. Aunque la mayor parte no entrarán en prisión, es una medida ejemplar. Con respecto a la violencia, cada vez que hay una erupción el Gobierno promete más vigilancia en los estadios, mayor control en las entradas y limitar los desplazamientos de los radicales, pero la aplicación es escasa.

Lo paradójico es que cuando, por exigencias externas, finalmente hay una obligación de implementarlas, estas medidas funcionan. Ni una sola bengala se enciende en los estadios ni se registra un solo incidente grave, como en el caso de las competiciones europeas. Pasear los alrededores de un estadio el día de partido de Liga o Copa y un día de Champions o Europa League es como estar en dos países distintos.

Sería injusto obviar la contribución a este problema de la cultura particularmente agresiva del fútbol griego, que se ve potenciada por el alto índice de paro y las pocas expectativas de mejora de la vida, especialmente de los jóvenes. Es un fenómeno muy regional, algo en lo que Grecia se parece más a Serbia que a España, a Rusia que a Italia. Un aficionado del Panathinaikos no puede ir a ver el clásico al estadio de su eterno rival, el Olympiakos, a no ser que cumpla dos condiciones: no llevar nada del color de su equipo (en este caso verde, ya ni hablemos de una camiseta o una bufanda) y quedarse callado en su asiento pase lo que pase. Lo mismo para un seguidor de Olympiakos y casi para cada equipo en los estadios rivales. Y los aficionados normales se resignan cumplir. Algo impensable en Francia, España o Alemania.

Mientras, los aficionados más radicales se citan, sobre todo cuando la policía intensifica sus controles, en partidos de otros deportes, como pasó hace un mes en un encuentro de voleibol, que acabó con enfrentamientos entre miembros de dos equipos atenienses, con quema de contenedores y lanzamiento de cócteles molotov.

La Liga griega además vive en un mar de agravios históricos y la falta de catarsis por el dominio incólume del Olympiakos, que ha perdido tan solo dos campeonatos en 21 años. Este 2018 podría perder. Los candidatos son el actual líder de la liga, AEK, que volvió a la primera división tras una travesía en el desierto desde una humillante bancarrota, y el tercero, PAOK, que no ha ganado una liga desde 1985 y cuyos seguidores son famosos por su radicalismo.

(Fuente: El Confidencial / Autor: Oscar Valero)

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *