Libia: Occidente y la estabilidad del caos

Como pasos de un obsoleto minué, Occidente pretende establecer la pantomima democrática en Libia. Para ello acaba de desembarcar en su territorio un nuevo gobierno, que ya estaba instalado en Túnez desde el año pasado, ya que no había certezas acerca de la seguridad de sus integrantes en el país que deberían gobernar. Encabezado por Mohamad Fayez Serraj, quién finalmente llegó a Trípoli el 30 de marzo, ésta creación del alemán Martin Kobler, jefe de la Misión Especial de Naciones Unidas para Libia (UNSMIL), pretende convertirse en un gobierno de unidad en un país donde ya existen otros tres que también dicen gobernar Libia.

Ahora que la OTAN y las Naciones Unidas, guiados por Washington, han decidido arremangarse y poner manos en Libia, una vez más les era necesario establecer una cabecera de playa legal para iniciar sus acciones militares; por ello la irrupción de Serraj en Trípoli, contra todos los pronósticos de buen tiempo.

Nadie puede augurar cuál puede ser el resultado de esta nueva entente sobre la patria del Coronel Gadaffi, ya que lo primero que habría que preguntar es ¿cuál es la Libia que pretender atacar Occidente esta vez?

A Libia, si algo le sobra, son gobiernos y frentes de combate. Gobiernos que carecen de cualquier tipo de legitimidad y poder real. Los frentes de combates son tan difusos que, aunque suene paradójico, los únicos que parecen contar con una estrategia son los miembros de Estado Islámico.

Con la llegada a Trípoli el 30 de marzo del Acuerdo Nacional (GNA) una creación de la ONU, cuyo primer ministro designado es Mohamad Fayez Serraj, ya son cuatro gobiernos de “Unidad Nacional” que dicen gobernar Libia. El GNA, las bandas salafista -diferenciadas tácticamente de Estados Islámico y con influencia en Trípoli-, el Parlamento en Tobruk y el Estado Islámico, que desde hace meses controla la ciudad de Sirte y una franja costera de 200 kilómetros.

Cada facción se ha negado a reconocer a la otra, por lo que la creación de un verdadero gobierno de unidad ha sido imposible desde el triunfo de los golpistas en 2011. La irrupción de Estado Islámico y su rápido despliegue en el país en junio pasado, solo ha sumado más muertes y confusión a la realidad libia. La incorporación real del GNA, que pronto pedirá formalmente a Naciones Unidas la intervención militar para establecer el orden, provocará un nuevo y desmesurado baño de sangre.

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La nueva intervención militar

La nueva intervención militar planeada a medida de las empresas petroleras occidentales, que sufren constantes ataques por parte de Estado Islámico y otras facciones, y que gracias a un verdadero ejército de mercenarios conocidos como “Guardias de Seguridad Petroleros” todavía pueden operar en el país.

La misión europea, entre otras cuestiones, deberá poner coto a la expansión de Estado Islámico, que ya ocupa una extensión similar a la de Bélgica dentro de Libia, y tiene bajo su dominio a unos 100 mil habitantes. Se calcula a las fuerzas de Estado Islámico disponen en Libia entre 6 y 10 mil hombres.

El muftí Sadiq al-Ghariani, la mayor autoridad religiosa de Libia, ha reclamado a la estructura gubernamental recién instalada el Trípoli que abandoné el país y evite “no solo más tensiones, sino un baño de sangre. Ya que los libios ingresaran a la yihad para enfrentar al Gobierno extranjero”.

El Gobierno de Unidad Nacional Libio, una construcción artificial creada por las Naciones Unidas, pretende operar como “el gobierno legítimo”, y convertirse en el único interlocutor válido de Libia frente al resto del mundo. El Parlamento de Tobruk anunció que esta presencia en el país “causarán un baño de sangre”.

El Gobierno de Unidad pretende acelerar los tiempos fundamentalmente para dar el visto bueno a la intervención armada ya pautada con los embajadores de países como EEUU, Italia, Reino Unido y hasta de España.

Según algunas fuentes, fuerzas especiales de los Estado Unidos, Francia y el Reino Unido ya estarían desplegadas en el sur de Libia. Aviones británicos y franceses ya han realizado vuelos preparatorios en el espacio aéreo libio en espera del llamamiento formal del nuevo gobierno encabezado por Serraj.

Occidente también tendrá que detener el crimen común, el narcotráfico, el tráfico de personas, el contrabando y la ola de secuestros, como el espeluznante caso del niño de 12 años Abdulá Dagnoush, quién había sido secuestrado en diciembre último en Wirshiffana, a 30 kilómetros al oeste de Trípoli, tras la imposibilidad de su padre de reunir los 294 mil euros que reclamaban sus secuestradores; el niño apareció colgado de un árbol, con signos de tremendas torturas como aviso a futuras víctimas.

Durmiendo con el enemigo

Tras los hechos de París y Bruselas, Europa está tomando de la sopa que tan esmeradamente cocinó para Bashar al-Assad, tras la incursión rusa en Siria, y el consiguiente desbande de Estado Islámico. Ahora Libia se ha convertido en la posibilidad más concreta para la subsistencia territorial de la organización del Califa Ibrahim.

Libia un territorio ya conocido y en algunas regiones dominado por Estado Islámico; es lo que le hace temer a Occidente que se convierta en la nueva residencia del Estado Mayor del grupo terrorista y su jefe.

Libia tiene la ventaja de ser un extenso territorio, sin orden, sin fuerzas armadas, dividido ahora en tres autodenominados “legítimos” gobiernos, con una extensa costa a solo a 300 kilómetros de Europa, y amplias fronteras por las que filtrase a la inconmensurable África, donde pululan casi una veintena de organizaciones hermanas.

Estado Islámico, por medio de su revista “Dabiq”, ha anunciado que la industria petrolera libia es un objetivo de guerra y con ello logrará no solo el colapso económico del país, sino de terceros países como Italia, y otras naciones europeas, que por mérito propio ya se encuentra al borde de ello.

Sin duda, las recientes jugadas de los hombres del Califa Ibrahim, también conocido como Abu Bakr al-Bagdadí, han acelerado la decisión Naciones Unidas y la OTAN, de establecer un apoyo militar a la inexistente estructura política de Mohamad Fayez Serraj.

La situación en la capital libia será extremadamente tensa, si se puede más de lo que es en realidad. Se encuentra controlada por tres milicias: la de Haithem al-Tajouri, en los barrios del este; la de Ghinawa, al sur, y la de al-Radá, que controla esencialmente la zona del aeropuerto. En cantidad de hombres, la de al-Tajouri quizás sea la más importante, pero la que con más apoyo popular cuenta y la que mejor organizada está es la de al-Radá.

Liderada por el salafista Abdulrauf Kara, quien ha sufrido varios atentados por parte de Estado Islámico, la milicia de Radá cuenta con una prisión propia, donde hay detenidos miembros de Estado Islámico. Al-Serraj ha llegado a Trípoli acompañado la milicia del comandante del puerto de Misrata, Salah Badi, por lo que la ciudad puede convertirse una vez más en escenario de nuevas batallas.

Las incursiones de Estado Islámico sobre Túnez, en marzo último, no han hecho más que provocar conmoción generalizada en los mandos de la OTAN, que dudan ya de la verdadera capacidad militar instalada por los “califados” en Libia.

Al amanecer del 7 marzo último, varias decenas de combatientes del Estado Islámico, que se movilizaban en vehículos todo terreno, atacaron un cuartel del Ejército y dos puestos de policiales de la ciudad tunecina de Ben Gardane. El hecho se prolongó durante varias horas, hasta que las fuerzas de seguridad pudieron hacerse con el control de la situación. Ben Gardane, en la frontera con Libia, con de cerca de 80 mil habitantes, se sustenta del contrabando con sus vecinos desde hace décadas.

Los enfrentamientos, según el Ministerio del Interior tunecino, dejaron 50 salafistas, una docena de soldados y 7 civiles muertos, y cerca de 30 personas resultaron heridas de diversa gravedad. Por este hecho, el Gobierno tunecino ha debido decretar el cierre de los dos pasos fronterizos con Libia, el toque de queda en Ben Gardane y sus alrededores, y cercado la  entrada a la vecina ciudad turística de Jerba.

La intención del Califa Ibrahim es decretar una nueva Wilaya, (provincia de un califato) en territorio tunecino. Sin duda, el hecho es más propagandístico que militar, pero con estas acciones el Estado Islámico logra no solo llama la atención mediática del mundo, sino que convoca a jóvenes musulmanes desorientados, sin opciones de futuro y con la esperanza de un buen sueldo.

Hay que anotar que Túnez es el país árabe que más combatientes ha aportado a Estado Islámico en Siria e Irak, con cerca de 5 mil. El año pasado, se produjeron en su territorio tres atentados que provocaron la muerte de 71 personas. En los dos primeros, el del Museo del Bardo y en el balneario de Sousse, fueron casi 60 turista europeos muertos y en el tercero un atetado explosivo asesino a 12 miembros de la Guardia Presidencial.

Por los suceso del año pasado es que las autoridades tunecinas habían decidido la construcción de un muro de 168 kilómetros en la frontera con Libia, intentando evitar así tanto el tránsito de extremistas como de bandas mafiosas.

El gran negocio de los refugiados

Desde el cierre de las rutas a través del eje Turquía-Grecia nuevamente los puertos libios se han convertido en la gran opción para miles de refugiados que aspiran llegar a Europa, procedentes de Nigeria, Somalia, Eritrea, Mali, Níger, Gambia, Chad, Sudan, Afganistán o Bangladés, huyendo de guerras o de la extrema pobreza. Se amontonan en las cercanías del Puerto de Misrata, desde donde parten la mayoría de las embarcaciones rumbo al sur de Italia.

Tras el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía vigente desde el 20 de marzo último, una ola inflacionaria ha estallado entre los traficantes de personas por el flujo incesante de nuevos refugiados.

El Alto Comisario de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) denunció que la semana posterior al cierre de fronteras turcas llegaron a Italia desde Libia 14.500 personas, un 42.5% más respecto al mismo periodo de 2015.

Mucho intentan llegar en los botes de goma, para ellos deben hacerlo de pie, ya que van hacinados, sin espacio para sentarse, ni moverse, los pisos de las embarcaciones están sostenidos por estacas metálicas, que produce todavía más incomodidad en los viajeros. Otra de las opciones son las barcas de madera, donde las posibilidades del lugar están marcadas por la cotización del espacio, la mejor ubicación es la cubierta y la peor, la sala de máquinas en la que es frecuente la muerte de pasajeros por el dióxido de carbono de los motores. El “pasaje” cuesta entre 400 y 600 dólares, por adelantado, ya que los traficantes han aprendido que los clientes muertos no pagan.

Durante 2015, desde los puertos libios salieron aproximadamente 600 mil personas, lo que representa unos 240 millones de dólares de beneficio, el doble de 2014. Para este año se espera que el número de “pasajeros” llegue a los 800 mil. La inestabilidad en Libia ya es una manera de vivir y parece que en realidad a nadie le sirve organizar el caos.

(Fuente: Resumen Latinoamericano / Autor: Guadi Calvo)

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