Si lo de Venezuela no es una “revolución de colores”, se le parece bastante

Cuentan que una de las cosas que más temía Hugo Chávez era que le hiciesen una “revolución de colores”. Telesur dedicó innumerables programas a denunciar este tipo de campañas de desobediencia civil pacífica con el objetivo explícito de derrocar al Gobierno, que mezclan las protestas callejeras con el humor, el simbolismo y la erosión del apoyo al liderazgo, y convertidas en técnica subversiva exportable desde que en el año 2000 un grupo de activistas serbios lograran hacer caer con ellas a Slobodan Milosevic. Uno de ellos, Srdja Popovic, se convirtió en instructor a tiempo completo, enseñando sus métodos a opositores en Georgia (2003), Ucrania (2004) y Kirguistán (2005). Lo intentaron también sin éxito en Bielorrusia, y en Rusia la iniciativa nunca ganó demasiada tracción. Hoy, Popovic tiene una “academia revolucionaria” a tiempo completo en Belgrado, llamada Centro de Acción y Estrategias No Violentas Aplicadas (CANVAS, por sus siglas en inglés).

Chávez probablemente tenía razón: miembros de CANVAS asesoraron a la oposición venezolana en 2007 durante el referéndum de reforma constitucional, la primera cita electoral que perdió el mandatario, en parte gracias a la movilización de los activistas. “Contribuimos a la derrota de un dictador, y estoy orgulloso de ello”, me dijo Popovic cuando le entrevisté en su oficina en 2014.

En aquella ocasión hablamos mucho de la revolución egipcia, a cuyos iniciadores del Movimiento 6 de Abril habían entrenado los serbios, según su propia admisión. Según Popovic, los activistas egipcios habían identificado correctamente al ejército como el principal escollo para sacar al presidente Hosni Mubarak del poder, por lo que gran parte de su estrategia había sido diseñada para lograr que los militares se quedasen al margen del enfrentamiento entre el autócrata y la calle. Esa conversación tuvo lugar en un momento en el que Egipto había pasado ya por un experimento democrático primero acaparado por los islamistas y posteriormente aplastado por las mismas fuerzas armadas que en un principio se habían mantenido neutrales, y el país había regresado a la dictadura. “Los activistas egipcios se olvidaron de sus propias conclusiones”, me aseguró Popovic.

He recordado aquella lección al ver la hábil estrategia que desarrolla estos días la oposición venezolana liderada por Juan Guaidó: cada vez que le ponen el micrófono delante, Guaidó insiste en que el ejército debe ponerse del lado del pueblo, y en la existencia de una Ley de Amnistía que garantiza que no habrá represalias contra aquellos oficiales y funcionarios que rompan con el presidente Nicolás Maduro. De hecho, los opositores han dejado claro que no esperan tanto un golpe contra Maduro como que los militares se queden en sus cuarteles. Este domingo, Guaidó ha instado a sus partidarios a imprimir copias de la ley y a repartirlas entre sus conocidos, parientes y vecinos en el seno de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. El objetivo es claro: socavar al ejército desde abajo, ya que la cúpula castrense parece aún firmemente al lado del Gobierno.

Lo curioso es que el propio Popovic publicó en 2017, durante el pico de la revuelta contra Maduro, un artículo titulado “El proyecto para salvar Venezuela”, que detallaba una hoja de ruta para sacar al presidente del poder, y que la oposición venezolana parece estar siguiendo punto por punto: tener una visión clara de los objetivos y las acciones a desarrollar, erosionar los núcleos de poder adecuados, apelar a terceros actores externos y unir fuerzas con la Iglesia Católica.

Para llegar a este punto, Guaidó ha seguido un plan gradual: primero, conseguir que países como Argentina y Brasil reconociesen a la Asamblea Nacional en manos de la oposición como la única institución legítima de Venezuela; posteriormente, proclamar la Ley de Amnistía; después, autoproclamarse presidente interino y lograr el reconocimiento de, hasta la fecha, 21 países, incluyendo pesos pesados como EEUU y todo el Grupo de Lima. De este modo, las garantías sobre la amnistía tienen peso específico y son algo más que papel mojado.

Hacia el desmoronamiento

Nada de esto es casual o inocente: la agencia Associated Press reveló esta semana que Guaidó pasó semanas realizando contactos secretos con las administraciones de EEUU, Colombia y Brasil para informarles de sus planes. Los Gobiernos de Perú y Canadá también jugaron un papel importante en estos contactos. Según los organizadores, el líder opositor tuvo que cruzar clandestinamente la frontera colombiana para esquivar la vigilancia de los servicios de inteligencia venezolanos, y el movimiento implementó un complejo sistema de comunicaciones encriptadas que les permitió coordinarse sin ser detectados.

Eso no significa necesariamente que se trate de una operación dirigida desde el exterior: la oposición venezolana goza de recursos de sobra para afrontar toda esta planificación, y a estas alturas ya conocen de sobra estos mecanismos puestos en práctica en otros lugares. Pero sí implica que, esta vez, los opositores han hecho los deberes de antemano en lugar de confiar en “la acción del pueblo” para derrocar al chavismo.

El plan puede funcionar: pocas horas después de la proclamación de la Ley de Amnistía se produjo una primera sublevación de miembros de bajo rango de la Guardia Nacional Bolivariana en la barriada popular de Cotiza, en Caracas. Este fin de semana han desertado el agregado militar venezolano en Washington, el coronel José Luis Silva, y la cónsul primera en Miami, Scarlet Salazar. Y todo apunta a que son solo los primeros de lo que puede llegar a ser un rápido desmoronamiento, especialmente tras el anuncio de la imposición de nuevas sanciones por parte de EEUU contra la petrolera estatal PDVSA, lo que dificultará el pago de los salarios de las fuerzas de seguridad.

En la misma línea se ha expresado el Asesor de Seguridad Nacional John Bolton: “Pedimos al ejército venezolano y a las fuerzas de seguridad que acepten la transición pacífica, democrática y constitucional del poder”, dijo ayer durante una rueda de prensa, en la que aseguró que ya están “viendo cómo funcionarios y personal militar se acogen a este llamado”. Es posible incluso que el desliz de Bolton –su anotación sobre “5.000 soldados a Colombia”, que captaron las cámaras de los fotógrafos- no sea tal, sino una mera estratagema para incrementar la presión psicológica sobre sus adversarios.

Desde el punto de vista teórico, la estrategia de Guaidó es acertada. Los movimientos de desobediencia civil solo pueden triunfar en condiciones de ‘perestroika’ o cuando el coste político de una represión indiscriminada es demasiado alto, pero es improbable que hubiesen tenido éxito frente a aparatos estatales claramente asesinos como el nazismo o el estalinismo. Lo que el propio Popovic se cuida mucho de airear es que, en el caso de Serbia, los servicios de inteligencia británicos negociaron con el ejército que entonces aún se denominaba yugoslavo para asegurarse de que no saldrían en ningún caso a aplastar a los manifestantes. Pero cuando a las tropas no les tiembla la mano al hacerlo, lo más probable es que el movimiento fracase. Piensen en Tiananmen, o en la fallida “revolución verde” de Irán en 2009. Desactivar a las fuerzas armadas es la única forma de garantizar la victoria.

La única certeza es que, ocurra lo que ocurra, el régimen de Maduro se lo juega todo en las próximas jornadas, tal vez horas.

(Fuente: El Confidencial / Autor: Daniel Iriarte)

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