Prostitutas, monologuistas y académicos: pinceladas mediáticas en torno al ideario RAE

La expresión insultante hijo/a de puta, recogida en el Diccionario de la Real Academia Española (en adelante, DRAE) como “Mala persona”(1), revela una estigmatización hacia las prostitutas producto de la ideología social en la que el varón, en tanto colectivo, desprecia una actividad de la que al tiempo es consumidor, al tiempo que la asocia a todo tipo de componentes negativos. En una apocalíptica columna de Agapito Maestre de Libertad Digital (29/IV/2010) titulada, precisamente, “Proxenetas y alcahuetas en el Senado”(2), se alude al tema, en este caso, para proyectar algunos de los leitmotiven del nacionalismo lingüístico español, como que el castellano es una lengua más importante, útil y entendible que las demás (Moreno Cabrera, 2010: 17-18). Dice así la columna de Maestre:
Esas lenguas […] han sido prostituidas por los políticos para conseguir unos pocos votos. Esas otras lenguas de España, sí, son lenguas secundarias comparadas con la lengua española por antonomasia, como nos ha enseñado Gregorio Salvador […]. porque estoy en contra de que conviertan las “otras lenguas de España”, el catalán, el gallego, el euskara y el valenciano, en instrumentos del separatismo, mantengo que la aprobación de ese reglamento impositivo del Senado es una cosa de chulos, proxenetas y alcahuetas. La imposición de esas lenguas es una forma de prostituirlas.
Gregorio Salvador, al que Maestre menciona en su invectiva, fue vicedirector de la RAE entre 2000 y 2007(3). En uno de sus artículos sobre “Las lenguas” manifiesta la misma ideología supremacista en lo lingüístico con asertos de inferiorización de otros pueblos como que “el problema de la situación en México, tanto en Chiapas como en Oaxaca, es que hay todavía muchas lenguas”. Considera “menores” a dichas lenguas no europeas, se pregunta sobre “cómo van a ser todas las culturas iguales”, sostiene que “el multilingüismo planetario es una desgracia”  y encuentra un gran problema en “La gran desgracia del continente africano, la multiplicidad de lenguas, el multilingüismo, que cada tribu hable su propia lengua” (cit. en Rodríguez-Iglesias, 2016: 1184). Otra de las cosas que “nos ha enseñado Gregorio Salvador” (siguiendo la fórmula del artículo de Libertad digital) es la peregrina versión de que el castellano no se expandió por razones históricas relacionadas con el imperialismo y la dominación colonial, sino por el mero hecho de tener solo cinco vocales, lo que supuestamente lo ha convertido en una lengua más fácil de aprender que otras, independientemente de que el euskera, también con cinco vocales, no sea hablado por cientos de millones de personas, o de que el castellano, en diametral contraste con esa misma lengua, cuente con determinadas contrapartidas a la facilidad de aprendizaje, como son sus cientos de verbos irregulares (Moreno Cabrera, op. cit.: 11). Con estas tesis no hace sino continuar la tradición teórica de Ramón Menéndez Pidal, pope de la filología español(ist)a, quien estuvo al frente de la Real Academia por bastantes años a lo largo de dos períodos (1925-1938 y 1947-1968, año de su fallecimiento)(5). También declaraba en 2007 el entonces vicedirector de la RAE Gregorio Salvador que la supuestamente extraordinaria cohesión y homogeneidad “del orbe hispanohablante […] frente al panorama fuertemente dialectalizado de otros territorios lingüísticos” se debía a “su nitidez fónica”, rasgo donde se incluye dicho mito de las cinco vocales, junto con “su simplicidad ortográfica y la adecuación entre lengua hablada y escrita”; punto este último totalmente ajeno a cualquier conocimiento mínimo de lingüística, por supuesto. Todo ello sería ideal, según Salvador, para “facilitar el aprendizaje del español por doquier” (cit. en Senz, 2011: 268), aunque no le parezcan relevantes de cara a ese aprendizaje, como hemos apuntado, sus más de mil verbos irregulares, así como sus sesenta y tantos modelos de conjugación.
En esta misma línea, el director de la RAE en 2017 Darío Villanueva, en una entrevista a la Cadena SER del 10/VII/2017 (minuto 4:42), con motivo de la primera edición del espacio La lengua moderna6, aprovecha una pregunta sobre el fin de la obligatoriedad de colocar la tilde en el adverbio “solo” para introducir por enésima vez el manido asunto de las ventajas y facilidades del aprendizaje del castellano como lengua internacional hoy, igual que supuestamente las hubo en el pasado para que se extendiera más por la Península que el resto de lenguas romances. Lo hace afirmando que “la ortografía del español es extraordinariamente agradecida; somos una de las lenguas en donde los grafemas, las letras, se acercan mucho a los sonidos” y “los extranjeros lo dicen”, tras lo cual compara tal beneficio con la del francés y el inglés. A pesar de su actitud servil hacia Villanueva y el ideario de la RAE durante todo el diálogo, su entrevistador, el humorista y monologuista salmantino Héctor de Miguel Martín, alias Quequé, quien de hecho abre el espacio manifestando encontrarse “encantado y muy agradecido de que vengas casi casi a bendecir este programa” (0:16), comete el error táctico de mencionarle que, en oposición a tales simplicidades ortográficas, “luego tenemos el subjuntivo para vengarnos” (5:14). A este contratiempo, Villanueva, de inmediato, vuelve a llevar el agua a su molino lingüístico tras reconocer dicha dificultad gramatical pero insistir en su proselitismo idiomático añadiendo a renglón seguido que los extranjeros, “por otra parte, disfrutan de esa claridad ortográfica” al estudiar castellano.
También hay sitio en la entrevista para que el director de la docta institución se lamente de las presiones de lo que considera la “corrección política”, como, por ejemplo, a la hora de elaborar las definiciones de los diccionarios (7:50). Un Quequé sumamente empático con las cuitas del académico le conmina a que acceda a desarrollar su lamento en estos términos: “Eso yo sé que incluso puede que te dé pereza explicarlo otra vez, pero yo creo que es necesario explicar por qué el diccionario no puede censurar, que es una cosa muy sencilla de entender, pero por favor…”. La respuesta ofrecida comienza con una mención de Villanueva al primigenio Diccionario de autoridades del siglo XVIII, respecto del que se encarga de enfatizar las diferencias con los actuales diccionarios de la RAE. Así, de acuerdo con la glosa del director del organismo normativo, el prólogo de dicho Diccionario de autoridades, con el que ahora quiere dejar claro que se marcan distancias,
«no tendrá aquellas palabras que designen desnudamente objeto indecente»; y en aquel diccionario no aparecen las palabras de la actividad sexual, de la escatología, de las cosas más vinculadas a los entresijos del cuerpo. Bueno, era una manera de censura. Hoy ¿quién admitiría que el diccionario no recogiera esas palabras? Pues bien: la corrección política es una pretensión de censurar no a la Real Academia Española, que no inventa ninguna palabra, ni las promociona, ni las promueve, pero las tiene que registrar, porque el lenguaje no es políticamente correcto. […] El lenguaje también sirve para ser grosero, para ser macarra y para ser canalla, y eso ha sido siempre así, y no podemos nosotros censurar lo que viene directamente de los hablantes, que son los que construyen el idioma.
La apostilla de Quequé se mantiene en el mismo tono paternalista de su pregunta previa, amén de solidarizarse con el insufrible tormento interminable que los académicos deben arrostrar con estoicismo, cual Prometeo castigado por Zeus: “Yo creo que es algo que se entiende perfectamente, pero en fín, es algo cíclico que yo creo que estáis condenados a sufrir cada poco tiempo”.
Con su jeremiada en torno a lo que considera las presiones de la “corrección política”, Villanueva está haciendo referencia indirecta a las abundantes críticas que la RAE recibe por asuntos como la perpetuación en sus obras de referencia (particularmente, las relativas al léxico, como su diccionario) de estereotipos y cosmovisiones racistas y sexistas. Su alocución sigue al pie de la letra la estela argumental de su antecesor en el cargo hasta diciembre de 2014, José Manuel Blecua, quien declaraba a Eldiario.es (23/X/2014)(7) que “el diccionario no debe ser políticamente correcto sino lingüísticamente correcto”, ante la polémica por las definiciones recogidas en las ediciones del DRAE previas a la trigesimosegunda. Es el caso de la entrada gitano, en cuya cuarta acepción se especificaba el significado como adjetivo del “que estafa u obra con engaño” y que en dicha edición número 32 fue reformulada, en términos no mucho mejores, como “trapacero”, vocablo que a su vez remite a “persona que actúa con engaños y de manera ilícita para perjudicar o defraudar a alguien”. Otro ejemplo es el del sintagma “mujer pública”, que, frente a su homólogo “hombre público”, que se definía como “el que tiene presencia e influjo en la vida social”, era descrito por el diccionario de la RAE como “prostituta”. Las críticas a la Real Academia señalaron que, lejos de su pretendida neutralidad, en el ejemplo de gitano se tomaba partido por las personas que utilizaban esa acepción xenófoba, sin incluir siquiera una valoración de uso de tales expresiones que aclararan su uso ofensivo o despectivo. También se denunciaba el carácter selectivo a la hora de recoger tales usos según el colectivo afectado, empleos muchos de los cuales, por otra parte, ya han sido dejados de lado en la lengua cotidiana actual, caso del citado sintagma mujer pública en el sentido de ‘prostituta’. Igualmente, se consideraba que con la inclusión de esas acepciones no se contribuía precisamente a fomentar el buen uso del idioma que la RAE pregona en sus estatutos y principios fundacionales.
En el momento de escribir estas líneas, si bien se ha añadido en la versión en línea la aclaración de que se usa “como ofensivo o discriminatorio”, la entrada gitano persiste en la acepción de “trapacero”(8), la cual se refiere a su vez a alguien “Que con astucias, falsedades y mentiras procura engañar a alguien en un asunto”(9), en tanto que también permanecen las citadas acepciones diferenciales de mujer pública como prostituta(10) y hombre público como varón influyente socialmente(11). Dentro de la entrada correspondiente a hombre, encontramos una primera acepción invisibilizadora del género femenino que invade el terreno semántico de lo que en realidad abarca el concepto de ‘ser humano’: así, “hombre” es definido como “Ser animado racional, varón o mujer”. Adicionalmente, los equivalentes femeninos de expresiones de uso común como hombre de la calle (según el DRAE, “Persona normal y corriente”), hombre de gobierno (utilizado para los estadistas), hombre del partido (empleado en los medios de comunicación cuando se habla de políticos con dilatada trayectoria dentro de su organización) u hombre mundano (que denota a una persona con apego a las cuestiones más sencillas y terrenales) son, respectivamente, “Prostituta que busca a sus clientes en la calle”, “mujer de su casa”, “prostituta” y “prostituta”(12). Otro ejemplo que permite verificar la ideología patriarcal subyacente a quienes elaboran el DRAE es el de la entrada lealtad, que en tanto cualidad valorada positivamente queda definida como “Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien”(13) (cursivas nuestras). La locución hombría de bien, a su vez ubicada dentro de la entrada hombría (“cualidad de hombre”), aparece como “Probidad, honradez”(14), lo que, definitivamente, asocia el rasgo positivo de la lealtad, fidelidad, probidad y honradez al campo semántico del varón. La justificación de este universo patriarcal a la que podrían agarrarse los defensores de estas definiciones es la de que, dado que, como hemos reseñado, hombre incluye a varón y mujer, esta última queda incluida dentro de esas virtudes positivas. Pero intentar hacer creer a cualquier persona que la palabra hombría no evoca de modo automático la imagen mental de un varón es como afirmar que los gatos tienen tres patas.
El director de la Real Academia, días más tarde, aparecería en una entrevista a La Vanguardia, el 29 del mismo mes(15), en la que, además de negar el demostrado carácter prescriptivo y castellanocentrista de la institución, repetía los mitos clásicos del españolismo lingüístico, como que el castellano es una lengua más unificada que las demás (en la línea fabuladora de Gregorio Salvador), en este caso poniendo como ejemplo al inglés, o que la RAE contribuye a mantener dicha supuesta unicidad. Sin embargo, de toda la pléyade de incoherencias lingüísticas vertidas por Darío Villanueva llama especialmente nuestra atención una sentencia que no parece encajar bien con lo que antes hemos visto que expresaba a Quequé, en el sentido de que la RAE debía recoger en su obra de consulta todo vocablo o expresión en uso, independientemente de su alejamiento de la “corrección política” (traduzcamos: sexistas, racistas, homófobas y demás). En su intervención ante los micrófonos de la cadena SER hemos visto que argüía que el lenguaje “también sirve para ser grosero”, por lo que hoy “no podemos nosotros censurar lo que viene directamente de los hablantes”, a diferencia del antiguo y primitivo Diccionario de autoridades, tomado como contrajemplo del modus operandi contemporáneo ya que allí “no aparecen las palabras de la actividad sexual”. Sin embargo, Villanueva y el periodista de La Vanguardia dialogaban de esta forma en relación con la palabra amigovio, de amplio uso en América y recientemente admitida por la Real Academia. Las cursivas son nuestras:
Respuesta [R]. […] Curiosamente, en el español de España se utiliza una perífrasis, que es “amigo con derecho a roce”. E incluso hay otra denominación, que es muy grosera y nosotros por supuesto nunca incluiríamos en el diccionario.
Pregunta [P]. ¿A saber?
R. No debo decirlo.
P. ¿Se refiere a follamigo?
R. Lo ha dicho usted (sonríe).
Como puede comprobarse, la retórica argumentativa del prescriptivismo tiene las patas muy cortas.
Retornemos ahora a su intervención en La lengua moderna. “Yo debo decir que soy de los que me indigné”, cuenta Quequé (5:29), respecto a la decisión de la RAE, recogida en su ortografía de 2010, de dejar de hacer obligatoria la colocación de la tilde en la palabra solo cuando funciona como adverbio. “Pero que ahora si lo pienso digo «mira, que lo dejen así», porque poner la tilde en solo cuando equivale a solamente es como un acto subversivo ahora mismo. Le da una gracia que antes no tenía”. Villanueva matiza que dicha ortografía no lo prohibe, sino que se limita a desaconsejarlo. “Es una propuesta más suave que la otra” y añade, con ironía, negando una pulsión admonitoria de la RAE (negación, que, como veremos más abajo, no se basa en la realidad):
Por cierto, antes mencionabas el lema «Limpia, fija y da esplendor». Nos hacen muchos chistes con eso diciendo que parece el anuncio de un detergente, pero volviendo al momento de fundación de la Real Academia en 1713 ocurrió que hubo un debate muy fuerte sobre el lema y ganó este. Pero resulta que el otro, el que quedó mejor situado, era ni más ni menos que «Aprueba y reprueba», que sería convertir la Academia en una especie de policía del lenguaje, cuando en el 1700 aún no existía la guardia civil, que se fundó a mediados del XIX, ¿no?
Tras la reflexión sobre la corrección política equiparada a censura, más adelante (9:44), el monologuista manifiesta su interés por otra de las terribles amenazas a la lengua común: “Por acabar con otro tema que nos preocupa a los que nos preocupan estas cosas, que no somos muchos, pero muy aguerridos: los anglicismos, ¿no? El running, el fitness, el tablet…”, comentando que algunos tienen equivalente en castellano pero quizá otros no. Villanueva confirma este motivo de alarma:
A mí ese es un tema que me pone también muy nervioso, porque veo que hay como un papanatismo en nuestra sociedad que está entregando al inglés muchas facetas de manera innecesaria; por ejemplo, me está preocupando mucho que ahora que hay bastantes programas de la televisión que se titulan en inglés […]. Ocurre lo mismo con la palabra tablet. Hay una palabra española, tableta, que por otra parte tiene la misma raíz latina que el caso del inglés, y además así sabemos que tableta es femenino […].
Al parecer, la consigna de Villanueva sería, parafraseando el famoso hit de la cantante Melody, una lengua antes muerta que precisa, puesto que prefiere incluso que no se amplíe el léxico con tal de no adoptar (ni adaptar) una palabra de origen inglés, tablet, la cual designa en el uso común un concepto más concreto (lo cual se conoce como hipónimo), el conocido dispositivo electrónico, que el preexistente tableta (que sería el hiperónimo, menos detallado), vocablo este que según el mismo DRAE lo mismo vale para un chocolate que para una madera16. Por más que pueda pesarle a la RAE, la generalización más o menos espontánea de un determinado término entre la comunidad de hablantes es totalmente ajena a toda recomendación académica, iniciativa privada o institucional, como evidencia el hecho de que se haya generalizado ratón en vez de mouse para denotar el aparato informático y sin embargo se haya preferido escáner a una posible traducción al castellano de ese otro artilugio digital (Moreno Cabrera, 2014: 208-209).
“Es verdad”, celebra Quequé, “porque ¿un tablet?, ¿la tablet?”, se pregunta. “Hay una confusión” en torno a dicho uso, opina un Villanueva de quien cabe inferirse que se sentirá igualmente nervioso por la misma insoportable ambigüedad en sustantivos castellanos como mar, tizne, dote, enzima, pringue, armazón, interrogante o cobaya, todos ellos reconocidos como de doble género (el último de ellos, en su acepción de ‘pregunta’) por la propia edición electrónica del actual diccionario en línea de la RAE, organismo que, una vez más, hace gala de su manifiesta incoherencia cuando, mientras que adjudica a la palabra maratón exclusivamente el género masculino en dicha obra de consulta17, en el hashtag “#RAEconsultas” de su cuenta de Twitter dice que “puede usarse en los dos géneros: el/la maratón”18 y remite al público al Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) en su versión de internet, donde, en abierta contradicción con lo prescrito en el DRAE, hace mención a “su uso en femenino, también válido”19. Y hablando del género gramatical en el prescriptivismo incoherente (valga el plenonasmo) de la Real Academia, también tenemos el ejemplo de la palabra calor, usada en femenino por muchas/os hablantes de Andalucía, pero que a los ojos de la docta institución “se considera hoy vulgar y debe evitarse”, como recoge el DPD… salvo que aparezca “en textos literarios, con finalidad arcaizante”20. De hecho, en el Diccionario de autoridades (el primero en elaborar la RAE, como veíamos más arriba) podía leerse en la entrada correspondiente que calor “Es voz puramente Latina, y algunos la hacen femenina, diciendo la calor”21 (por cierto, en esta explicación aparece un gentilicio con mayúscula inicial y un gerundio de posterioridad, usos hoy no permitidos por la propia institución). Este tipo de dobles raseros a la hora de seleccionar qué usos son permisibles, y cuáles no, son muy abundantes y evidencian a menudo el carácter clasista de la Real Academia (podemos encontrar variados ejemplos de ellos en Moreno Cabrera, 2011: 246-250, 297).
Otras pruebas de la (necesaria) falta de sistematicidad de la ideología prescriptivista, en este caso siguiendo con el tema de los anglicismos, la encontramos en un artículo de otro académico, Luis María Anson, en El Mundo del día 25/VII/201722; un prescriptivismo que casi siempre trata de disimular su condición. Anson declara, de una parte, que “el idioma no lo hacen los académicos sino el pueblo” (“Son los ciudadanos, repito, los que hacen el idioma y no los académicos”, enfatiza después). De otra, que “Generalmente, los quinientos millones largos que hablan español aceptan las decisiones académicas” y que “El idioma suscita tal interés entre los hispanohablantes que raro es el día en que no recibo cartas referentes a su uso”. Tal como están formuladas, una y otra afirmación son incompatibles entre sí: o la RAE simplemente recoge cómo habla la gente, o por el contrario es la gente (o gran parte de ella) es la que ajusta su forma de hablar a lo que estipula una institución llamada RAE, encargada de determinar los usos que considera adecuados. El caso es que, de hecho, ni una ni otra se dan en realidad. Respecto a la primera, el mismo Anson se encarga de refutarla explicando que la Academia “sanciona el uso de la lengua, […] aparte de limpiar, fijar y dar esplendor al idioma”; no se limita a recopilar el habla, por tanto, sino que prescribe. Pero tampoco, por otra parte, “el pueblo” sigue a rajatabla sus prescripciones: a pesar de que “El idioma suscita tal interés entre los hispanohablantes que raro es el día en que no recibo cartas referentes a su uso” (debe entenderse que cartas procedentes de una minoría de estratos alfabetizados con un dominio amplio del estándar castellano escrito que tienen en cuenta esas prescripciones), la lengua va variando de forma independiente a los diktaten academicistas. Una vez más, el propio Anson ofrece dos ejemplos de cómo la RAE, que en un primer momento ha determinado usos correctos del léxico, no tiene más remedio que recular y terminar reconociendo ciertos usos reales: el empleo de fútbol frente a balompié y el de whisky frente a güisqui. Nótese bien: es solo en última instancia cuando la RAE se ve obligada a declarar que “el idioma no lo hacen los académicos sino el pueblo”, después de que este haya hecho caso omiso a sus encíclicas en materia léxica o gramatical. Anson finaliza su artículo queriendo “subrayar el feminismo que preside el Diccionario en algunas áreas, como en las profesiones”, en la línea de la duplicidad juez-jueza. Seguiremos abordando en breve el grado de feminismo de la docta institución.
Para despachar las alusiones a las presuntas contaminaciones del inglés, saltemos otra vez a la entrevista en el medio escrito donde Villanueva recurría de nuevo a la voz “papanatismo” para quejarse de los usos en ese mismo idioma, incluso volviendo a poner como ejemplo el de la tablet. “Pecamos de un papanatismo incomprensible hacia el inglés”, rezaba el titular; “Es absurdo acudir a Eurovisión con una canción en inglés para, por cierto, quedar últimos mientras Portugal gana con un tema en portugués”, fue el subtítulo elegido por el medio. Hay que aclarar que jamás la RAE ni ninguno de sus representantes han mostrado su protesta por el no-empleo de las demás lenguas cooficiales del Estado (catalán-valenciano, euskera o gallego) a lo largo de la historia de dicho concurso televisivo (Elnacional.cat, 11/I/2017)23.
Ahora volvamos al primer episodio radiofónico de La lengua moderna, porque “luego está el problema de la publicidad”, continúa la denuncia de Villanueva (11:15). “Nosotros hicimos el año pasado con la Academia Española de la Publicidad una sesión precisamente sobre este tema”, el de la presencia del inglés en los anuncios, “y la publicidad en ese sentido es terrible”, más aún “porque somos una lengua poderosa, una lengua muy extendida. ¿Por qué tenemos que hacer ese entreguismo?”. Esta extrema sensibilidad hacia el influjo anglosajón, empero, no aparenta verse correspondida con un cuidado paralelo respecto a la impronta machista en el terreno publicitario. Con motivo del tricentenario de la RAE fue difundido un anuncio televisivo elaborado precisamente por esa Academia de la Publicidad, entre cuyos patrocinadores se encuentran ABC, Coca-Cola o El Corte Inglés24, y donde se aprovechaba el lema de la institución, “Limpia, fija y da esplendor”, para parodiar los clásicos spots de detergente, con una mujer analfabeta que ordena a su hijo que recoja un frasco de mermelada derramado en el suelo antes de que llegue su padre y lo vea25; contenido que, lógicamente, fue objeto de la protesta de diversos colectivos feministas, los cuales lo denunciaron al Observatorio de la Imagen de las Mujeres del Instituto de la Mujer (Publico.es, 1/X/2013). El anuncio, que reforzaba simbólicamente el modelo de familia tradicional utilizando los estereotipos más infantilizadores hacia las mujeres, presentaba un escenario donde la autoridad es ejercida por el varón adulto que trabaja fuera mientras la esposa realiza las tareas domésticas; un ama de casa a la que, en tono paternalista, una voz en off masculina ofrecía un diccionario para mejorar su lenguaje26.
Ciertamente, la institución no se ha caracterizado nunca por una excesiva atención al tema de la igualdad de género. El 1 de marzo de 2012 suscribió un documento de diecisiete páginas  titulado Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, “un análisis de nueve guías de lenguaje no sexista publicadas recientemente en España por distintas instituciones”, las cuales, a juicio del autor, “contienen recomendaciones que contravienen no solo normas de la Real Academia Española y la Asociación de Academias, sino también de varias gramáticas normativas, así como de numerosas guías de estilo elaboradas en los últimos años por muy diversos medios de comunicación”. El informe lingüístico-policial de la RAE llegaba incluso a afirmar que tales guías “conculcan aspectos gramaticales o léxicos firmemente asentados en nuestro sistema lingüístico, o bien anulan distinciones y matices que deberían explicar en sus clases de Lengua los profesores de Enseñanza Media, lo que introduce en cierta manera un conflicto de competencias”27, nada menos. Su autor, Ignacio Bosque, miembro de la institución, advertía en ABC (5/III/201228) de que “«si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en sus términos más estrictos, no se podría hablar»”, al tiempo que se quejaba de que “La mayor parte de estas guías han sido escritas sin la participación de los lingüistas”. En una entrevista publicada por el mismo diario al día siguiente (6/III/2012; p. 63 de la edición de Sevilla29), la académica Soledad Puértolas dejaba percibir al público el oxímoron de que mientras emitía un informe censurando determinados usos y recomendaciones (ya que, según Bosque, “conculcan aspectos gramaticales o léxicos firmemente asentados”) pretendía transmitir simultáneamente que “La Academia […] No dicta las normas; las recoge”, y añade: “Yo no sigo ninguna guía. Nunca hago caso a las imposiciones”. La apoteosis farisaica de su discurso llega cuando declara que “La Academia no está haciendo ninguna imposición”, en oposición a “las guías, que sí son impositivas.” A su juicio, “son guías políticas o ideológicas” en tanto que “las normas de la Academia son otra cosa”. Por supuesto, el paradigma en que se basa la RAE al elaborar el informe “Es un enfoque científico, trata de ser ecuánime”. A pesar de la abundancia de casos como los que hemos citado más arriba, Puértolas opina que “la RAE tiene un cuidado exquisito con la definición de las palabras que no conlleven discriminación a la mujer”. Entretanto, a través de Twitter, el también académico Arturo Pérez-Reverte, pródigo en exabruptos a través de esa ciber-red social, salió en defensa del texto de Bosque en su tono habitual con estos hiperbólicos y escasamente respetuosos microtextos (misma página de ABC30):
«Estaba siendo intolerable el matonismo casi indiscutido de las ultrarradicales feminazis. Cada vez más crecidas con la impunidad»
«Porque también el feminazismo orgánico, oficial, es un negocio del que trincan pasta muchos. Y sobre todo, muchas»
«A ver quién es el imbécil que llama misógina o machista a Margarita Salas, a Carmen Iglesias, a Soledad Puértolas, a Inés Fernández Ordóñez…»
«Por eso el texto magnífico de Boque [sic] es un zapatazo en la boca a los que ceden al chantaje y al miedo al qué dirán»
Años antes, este miembro de la RAE, entre el sarcasmo y la apología del feminicidio, escribía un artículo aparecido en El Semanal el 21/VII/200731 que titulaba “Mujeres como las de antes”, en alusión a lo que considera “que apenas quedan”. En su texto, en el que las mujeres son consideradas básicamente en función del grado de satisfacción visual que puedan proporcionar al varón, relataba un momento de un paseo con su colega de academia Javier Marías32, en el que “se nos cruza una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo”.
En cuanto al informe de Bosque, sorprenden determinadas lamentaciones y profecías de un cuerpo de académicas/os entre quienes se supone que se encuentran especialistas de la lingüística. Que la RAE considere que determinadas actuaciones lingüísticas (como es el caso de las guías contra el lenguaje sexista) suponen un grave atentado contra las reglas gramaticales no hace sino evidenciar su poso normativista, aunque aparezca disimulado en boca de sus representantes bajo la idea de que la lengua la hacen quienes la usan y no sus miembros de número. Contra lo alegado por las admoniciones de Bosque y compañía, a lo largo de la historia se han llevado a cabo todo tipo de acciones sobre las lenguas espontáneas mucho antes de que existieran las academias y otras instituciones prescriptivistas, a pesar de lo cual ninguna lengua natural ha degenerado ni se ha deteriorado por tal motivo. Por ejemplo, en castellano, la generalización del determinante este con sustantivos femeninos que comienzan por a tónica, como en el sintagma este agua (considerado incorrecto por las academias) lleva a muchas personas a emitir expresiones como mucho agua, lo que indica un posible comienzo de cambio de género en esa palabra. Estos procesos son imparables y comunes a todas las lenguas, por lo que en la actualidad se habla castellano y no latín vulgar, debido a lo cual, por citar otro ejemplo, los neutros latinos acabados en –a (como folia, vota, animalia o arma) pasaron al castellano como femeninos singulares (como hoja, boda, alimaña o arma), cambio que, una vez más, no fue dirigido por academia alguna. Las guías contra el lenguaje sexista no se refieren a la estricta gramática, sino al discurso general, donde intervienen aspectos ideológicos sobre los que es posible e incluso deseable intervenir. Lo que tratan de evitar tales guías son los casos de ambigüedad en el uso del género gramatical para, con ello, evitar un empleo discriminatorio de la lengua para con la mujer en contextos donde existe demanda social y obligación de un trato igualitario, extensible a lo formal. Así, a pesar de que, por tanto, no son gramáticas descriptivas del castellano, son criticadas inmerecidamente como si lo fueran por la RAE y el estamento académico, donde, ciertamente, hay personas que sí profesan determinada ideología, de corte androcéntrico, a veces declarada de modo obsceno. Como hemos comprobado en las declaraciones de Ignacio Bosque (“«si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en sus términos más estrictos, no se podría hablar»”), a la Real Academia Española parece preocuparle mucho que las prácticas discursivas sensibles a aspectos ideológicos en los ámbitos político, sindical, periodístico, jurídico o administrativo intenten trasladarse a la lengua cotidiana porque ello privaría a la gente de la capacidad lingüística; desenlace apocalíptico que jamás ha ocurrido a pesar de que el lenguaje educativo, administrativo, jurídico o político (al que van dirigidas estas guías), es decir, la lengua artificial o cultivada (como es el castellano estándar), existe desde hace mucho tiempo sin que los miles de personas castellanoparlantes se hayan visto por ello imposibilitadas para hablar normalmente en la vida diaria (lengua natural o espontánea) (Moreno Cabrera, ibíd.: 203-224).
Ahora bien, aparte del discurso no sexista en sentido amplio, también podemos introducir algunas precisiones en torno a los aspectos gramaticales específicos. La nueva gramática de la RAE de 200933, de la que fue ponente el propio Ignacio Bosque34, recoge que  “El GÉNERO NO MARCADO en español es el masculino, y el GÉNERO MARCADO es el femenino. […] En la designación de los seres animados, los sustantivos de género masculino no solo se emplean para referirse a los individuos de ese sexo, sino también […] para designar […] a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos” (cit. en ibíd.: 215; versales en el original). Está claro que en la actuación discursiva el masculino genérico no puede servir a la hora de hacer visibles a las mujeres en aquellos contextos en que tal exposición resulta oportuna para contrarrestar el discurso androcéntrico. Justo por eso, en el informe de la RAE contra las guías de lenguaje no sexista se dice que “el que [sic] quiere referirse al conjunto de profesores y profesoras que ha tenido en su vida no podrá usar mi profesorado, pero sí mis profesores” (Bosque, 2012: 14; cit. en ibíd.: 216). Obviamente, el propio académico tiene que recurrir al desdoble, que no contraviene ninguna regla gramatical (como no lo hacen las recomendaciones de las guías), cuando dice “referirse al conjunto de profesores y profesoras” porque hubiera sido inoperante la tautología de haber afirmado que quien desea referirse al conjunto de sus profesores podrá usar mis profesores. Pero también existen, aparte de la semántica, condicionantes pragmáticos que pueden hacer necesarios los desdobles. Tampoco supone empobrecimiento gramatical decir o escribir quiero mucho a mi padre y a mi madre, por más que padres pueda referirse a ambos progenitores; fórmula que puede dar pie a matices como admiro desde hace unos años a mi padre y desde siempre a mi madre, lo que sería imposible hacer si se utilizara la palabra padres;  unas utilidades pragmáticas que la ideología androcéntrica de la RAE se empecina en no aceptar. En todo caso, a la hora de visibilizar a la mujer las guías de lenguaje no sexista incluyen una amplia variedad de recursos morfosintácticos y léxico-semánticos más allá de los desdoblamientos, respecto a los cuales, en todo caso, cabría preguntar, a quienes objetan que las frases resultantes son más largas, si supone un esfuerzo tan terrible y difícil utilizar una palabra más para conseguir un discurso que visibilice de forma explícita a las mujeres y sus cualidades, sin olvidar que dichos desdoblamientos incrementan el uso de estructuras sintácticas complejas, lo cual, lejos de empobrecer la lengua, la enriquece. Si lo que temen desde la RAE es que la tendencia al desdoblamiento genérico llegara a generalizarse en el habla normal y ello supusiera un cambio morfológico que destruyera tanto la gramática como las capacidades expresivas de quienes hablan en castellano, podría recordárseles algo que con toda probabilidad sepan perfectamente: que en la transformación del latín vulgar en castellano se reestructuró el sistema de géneros gramaticales pasando de tres (masculino, femenino y neutro) a solo dos (masculino y femenino), amén de perderse todo el sistema de casos morfológicos de sustantivos y adjetivos; cambios indudablemente radicales, pero que no ocasionaron una degeneración ni desintegración de la lengua latina, que simplemente transformaron. Del mismo modo, que las personas castellanoparlantes decidieran prescindir del masculino como genérico y dicho cambio tuviera éxito no ocasionaría la destrucción del castellano, como tampoco son lenguas destruidas (ni mejores, ni peores) otras que existen en Europa sin distinción morfológica alguna del género, ni siquiera en los pronombres personales, como el euskera, húngaro, finés, estonio o turco. La eventual adopción generalizada esas formas, que tampoco solucionaría por sí misma los problemas de la discriminación y violencia de que son objeto las mujeres, sí al menos contribuiría a la toma de conciencia y cuestionamiento de la ideología androcéntrica. Pero (ibíd.: 223)
es posible que la RAE considere que estas guías usurpan a la docta institución alguna de sus funciones normativas y planificadoras, dado que parece que esta institución considera que es la única institución que tiene la legitimidad plena para ejercer dichas funciones. Como la ideología androcéntrica predominante en ella impide que pueda llevar a cabo esos cometidos en el ámbito del discurso sexista, es imprencindible demostrar que no es legítimo, gramaticalmente hablando, realizar tal labor y, por tanto, descalificar cualquier propuesta en este sentido que salga de la sociedad.
También sería oportuno que se acordaran del desdoblamiento existente en el verso 17 de uno de los textos del cánon filológico castellano, el Cantar de Mio Cid: “burgueses e burguesas por las finiestras son”35.  Pero probablemente esperar sensibilidad feminista en general por parte de instituciones como la RAE sea pedirle peras al olmo, dado que las mujeres en ella representan una exigua minoría. Un año antes de la publicación de su encíclica contra el lenguaje inclusivo, solo eran mujeres 5 de los 42 miembros de la Real Academia Española, entidad que no admitió a la primera hasta 1978, en tanto que es más fácil para un cardenal formar parte de una de las Reales Academias de las variadas disciplinas que para una mujer (Elpais.com, 15/II/201136). Y como reflejan las opiniones vertidas en los medios por académicas como Puértolas, no parece que las que forman parte de ella tengan una visión muy avanzada en torno a dicho tema.
Vamos a retornar al campo del léxico para reflexionar en torno a la doble vara de medir del descriptivismo impostado y la supuesta asepsia de los diccionarios y obras de consulta de la RAE, para lo que nos valdremos de los autores de los discursos que acabamos de reproducir. Los que leíamos escritos por Arturo Pérez-Reverte nos servirán de ejemplos transparentes a la hora de constatar dos vocablos que ganan terreno en el uso común del castellano, pero que no vienen recogidos en el DRAE (aunque, curiosamente, sí en las consultas del buscador on-line de la Fundación del Español Urgente, asesorada por la Real Academia). Uno podría ser el de heteropatriarcado, término que designa a la cosmovisión ideológica extendida a través del colonialismo europeo que eliminó otros sistemas de género, erotismo y formas de entender la sociedad, voz que “se emplea con frecuencia en muchos medios de comunicación. El elemento compositivo hetero-, cuyo significado es ‘desigual o diferente’, se adhiere a la palabra patriarcado, que alude al ‘territorio o jurisdicción del patriarca’. En este caso, el heteropatriarcado sería ‘el sistema sociopolítico en el que el género masculino y la heterosexualidad tienen supremacía sobre otros géneros y sobre otras orientaciones sexuales’”37. A diferencia de otros términos compuestos (como socioeconómico o fisicoquímico), como decimos, no consta, como decimos, en el DRAE. Otro vocablo que tampoco lo hace a pesar de que goza de progresiva popularidad es machirulo, cuyo “origen es incierto, aunque podría tratarse de un acrónimo a partir de macho y chulo o de macho y pirulo. De hecho el significado que suele dársele en el ámbito feminista es el de ‘hombre machista’, en ocasiones asociado a quien hace gala de esa condición. Es coloquial y tiene un claro matiz despectivo”38. Téngase en cuenta, en lo relativo a este último atributo de la palabra, que tampoco aparece en el DRAE a pesar de que, como hemos visto que declaraba su director, se supone que “la Real Academia Española […] no inventa ninguna palabra […] pero las tiene que registrar, porque el lenguaje […] también sirve para ser grosero […] y no podemos nosotros censurar lo que viene directamente de los hablantes, que son los que construyen el idioma” (vid. supra).
No nos resistimos a completar esta reflexión acerca de los criterios de selección terminológica en el lexicón de la RAE con otras dos voces, las cuales vendrán a colación a partir de sendos mensajes del humorista Quequé, quien, como presentábamos al principio, se encargaba de entrevistar a Darío Villanueva. La primera de ellas es un anglicismo no registrado, a diferencia de otros como whisky (citado más arriba por el académico Luis María Anson en su artículo periodístico), y que nos sugiere el tono que adopta Quequé en el fragmento de su parlamento radiofónico transcrito antes: “Eso yo sé que incluso puede que te dé pereza explicarlo otra vez, pero yo creo que es necesario explicar por qué el diccionario no puede censurar, que es una cosa muy sencilla de entender, pero por favor…”. La voz en cuestión es mansplaining (sustantivo referido a una acción, del cual se deriva a su vez mansplainer, que denota a quien la ejerce). En Solnit (2016: 19; nota a pie de página de la traductora, Paula Martín Ponz) podemos leer que
Este término surge de la contracción en inglés de la palabra man (hombre) y del verbo to explain (explicar). Según la definición del Diccionario Oxford: «Dícese de la actitud (de un hombre) que explica (algo) a alguien, normalmente a una mujer, de un modo considerado condescendiente o paternalista»; recoge la idea de una acción en la que se obvia los conocimientos, inteligencia y la familiaridad que la mujer posea respecto a ese asunto, infantilizando a la interlocutora. Desde su creación ha sido muy popular al considerarse un término necesario para definir un concepto antiguo y una experiencia frecuente. He decidido dejarlo en inglés porque es un término difícil de crear en castellano.
La palabra, que viene difundiéndose en los medios de comunicación en castellano (Eldiario.es, columna de Barbijaputa, 21/I/201639; Verne.elpais.com, 23/IX/201640; Pikaramagazine.com, 20/III/201741; Glamour.es, 5/VI/201742), comenzó a popularizarse en inglés con el surgimiento de “una página web llamada «Los hombres académicos me explican cosas» […]. me encanta cuando la gente me explica cosas que saben y en las que yo estoy interesada pero aún no sé; es cuando me explican cosas que sé y ellos no cuando la conversación se tuerce” (la propia Solnit, op. cit., en la misma página).
El segundo de los términos no reflejados en el DRAE que elegimos, en esta ocasión inspirado por una alocución de Quequé de la que ofreceremos un extracto para ilustrarla, es el de gordofobia. De acuerdo con Piñeyro Bruschi (2016: 48-49),
En simples palabras, llamamos gordofobia a la discriminación a la que nos vemos sometidas las personas gordas por el hecho de serlo. Hablamos de humillación, invisibilización, maltrato, inferiorización, ridiculización, patologización, marginación, exclusión y hasta de ejercicio de violencia física ejercidas contra un grupo de personas por tener una determinada característica física: la gordura.
[…] la diferencia entre la gordura y el resto de las características físicas citadas residía en el hecho de que no existe un sistema ideológico que produzca, reproduzca, garantice, difunda y refuerce CONSTANTEMENTE la discriminación, el odio y el rechazo de todo el colectivo de personas calvas, miopes, de pelo rizado, altas o con granos, y sin embargo sí existe tal sistema ideológico con estas funciones de cara a la gente gorda, un sistema ideológico que activa y hace funcionar la citada cárcel de cristal. La señalización de aquellas primeras peculiaridades físicas es individual, o a lo sumo circunstancial, pero no ocurre todo el tiempo, todos los días, con todas las personas, ni en todos los sitios, como sí ocurre –por el contrario– con la gordura. […] Esto significa que, al igual que el racismo o el machismo, la discriminación de las personas gordas es algo estructural en nuestras sociedades, es decir, la gordofobia opera como un sistema de opresión para todo el colectivo de personas gordas, con mayor o menor grado pero sin excepciones.
Sus principales tipos de consecuencias son la invisibilización cultural, la discriminación laboral y sanitaria, el bullying escolar y acoso callejero y el rechazo afectivo-sexual, y su germen social se basa en el denominado “tripartito gordofóbico” que justifica esta forma de opresión a través de un relato estigmatizante en tres niveles: estético, moral y de criterios sobre la salud (op. cit.). Evidentemente, los medios de comunicación de masas, que reflejan y sustentan los valores del sistema económico y sociocultural vigente (p. 55), nos invitan a preguntarnos por los roles asociados por el colectivo afectado por esta forma de subalternización (p. 31):
¿Cuántas novelas son protagonizadas por gordas? ¿Cuántos cuentos o canciones? ¿Cuántas películas? ¿Cuántos programas de televisión están conducidos por personas gordas? ¿Cuántas periodistas gordas dan las noticias o hacen reportajes en los noticieros? ¿Cuántas escritoras gordas podríamos nombrar ahora mismo? La gente gorda es casi invisible en las producciones culturales y las pocas veces que aparecemos lo hacemos de la mano de la risa y la humillación, marcando la diferencia. Porque pensar en los personajes gordos/as de las películas es pensar en algo gracioso. Punto. Poco más que agregar. El gordo es un chiste de sí mismo. La gorda no es quien actúa. La protagonista en todo momento es la gordura y no la gorda, presentada como una masa informe que habla por sí misma y desde sí misma con la única y exclusiva meta de hacer reír desde la humillación, desde la explicitación y ridiculización de su cuerpo marcado como el diferente.
Tomemos, pues, un fragmento de uno de los monólogos de Quequé en su vertiente de humorista, perteneciente al programa El club de la comedia y bajo el título “Las tensiones que provocan las tecnologías” (minuto 6:30)43. En su imaginaria narración, el monologuista cuenta su desazón al verse incapaz de recoger el voluminoso excremento de su perro en la calle, porque ha olvidado en casa la bolsa para poder hacerlo. Ante la situación, decide abandonar ese escenario con disimulo confiando en que nadie se haya percatado de su incívica conducta por omisión, pero alguien lo impedirá. Lo interesante es que a la hora de perfilar ese inoportuno alguien, el humorista ha escogido para su ficción narrativa a un personaje de volumen corporal grueso:
Y en ese momento, ese niño que está con su padre en la terraza… Ese niño. Sabéis cuál os digo, ¿no? Ese niño. Ese niño gordo que tú ya lo ves, gordo, ahí, comiendo un helado de tres bolas, de gordo que tú dices: «¿pero tú no ves que está gordo?». ¿No verán sus padres que está gordo, eh? ¿Que le han comprado la [camiseta] de Ronaldo XL y le queda prieta al hijo [de] puta? Coño, que estás gordo porque estás gordo. Míralo, el gordo. ¿No te gusta el fútbol? ¡Corre un poco, coño, aunque sea de linier! ¡Gordo! Míralo, va el tío… Sabéis qué niño os digo, ¿no? Ese niño, empieza a gritar: «¡Mira, mama, el perro se ha cagado! ¡Se ha cagado el perro, qué guarro, se ha cagado…!». ¡Tú sí que eres guarro, gordo asqueroso!
De este modo, a la hora de conseguir la risa y el aplauso de la audiencia, Quequé ha recurrido como recurso humorístico a un viejo y conocido estereotipo (“Sabéis cuál os digo, ¿no?”) que une el atributo físico de la gordura con rasgos de carácter negativos como la gula sin freno (“comiendo un helado de tres bolas”) o la falta de limpieza, física o moral (“¡Tú sí que eres guarro, gordo asqueroso!”); cliché que pervive en tanto objeto de odio, desprecio y humillación, como puede comprobarse a diario, por ejemplo, en los centros escolares. Naturalmente, Quequé podría defender la licitud de su guión gordofóbico apelando a que el humor, como el diccionario de la RAE, no se puede “censurar” o ajustarlo a la “corrección política”, por usar palabras de su entrevista a Darío Villanueva. Sería pertinente, en todo caso, precisar la nítida diferencia que existe entre la sátira y el humor opresivo del que se vale en su monólogo (Vasallo, 2015),
espacios diametralmente distintos, que no responden siquiera a las mismas lógicas. […] Para ser sátira debe apuntar hacia arriba o hacia dentro. Reirse del sistema y del poder, burlarse de la hegemonía, vengarse de la invisibilización, de los oprobios y las miserias cotidianas a las que la se nos nos condenan. […] La sátira, en tanto que herramienta de transformación, es un acto político. El humor opresivo es una herramienta del poder para reafirmarse y es una forma de violencia simbólica que sí alimenta la violencia cotidiana y la legitima. Se formula desde el privilegio y apunta hacia abajo, inferiorizando a quien ya está inferiorizada. Es humor sin riesgo alguno y es pernicioso porque alimenta la idea de que las situaciones de desigualdad son divertidas o son intrascendentes.
Y, todo hay que decirlo, uno de los insultos que el apologeta de la Real Academia le ha dedicado al estereotipo del niño gordo es el de “hijo puta”, con el que abríamos este repaso mediático, según cuya definición tener como progenitora a una prostituta equivale a ser “Mala persona”, como veíamos al comienzo del presente texto. Una expresión tan heteropatriarcal como las acepciones del DRAE para las locuciones con la palabra mujer.
REFERENCIAS
BOSQUE, Ignacio (2012): Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer.  Real Academia Española. http://www.rae.es/sites/default/files/Sexismo_linguistico_y_visibilidad_de_la_mujer_0.pdf 
MORENO CABRERA, Juan Carlos (2014): Los dominios del español. Guía del imperialismo lingüístico panhispánico. Madrid: Euphonía Ediciones. http://www.euphoniaediciones.com/plataforma/libros/los-dominios-del-espanol-13-45-1-2-1 
– (2011): «Unifica, limpia y fija.» La RAE y los mitos del nacionalismo lingüístico español. En SENZ, Silvia y ALBERTE, Montserrat: El dardo en la Academia. Esencia y vigencia de las academias de la lengua española. Barcelona: Melusina.
– (2010): Lengua / nacionalismo en el contexto español, http://bretemas.blogaliza.org/files/2010/06/Texto_Juan_Carlos_Moreno_Cabrera.pdf
PIÑEYRO BRUSCHI, Magdalena (2016): Stop Gordofobia: y las panzas subversas. Málaga: Baladre / Zambra.
RODRÍGUEZ-IGLESIAS, Ígor (2016): “Ideologías lingüísticas: descapitalización fanoniana de los andaluces”, Nueva Revista del Pacífico, 65, 105-136. http://www.nuevarevistadelpacifico.cl/index.php/NRP/article/view/71/114 
SENZ, Silvia (2011): Una, grande y (esencialmente) uniforme. La RAE en la conformación y expansión de la «lengua común». En SENZ, Silvia y ALBERTE, Montserrat: El dardo en la Academia. Esencia y vigencia de las academias de la lengua española. Barcelona: Melusina.
SOLNIT, Rebeca (2016): Los hombres me explican cosas. Madrid: Capitán Swing.
VASALLO, Brigitte (2015): “¿Quién teme a la sátira lesbofeminista?”. http://www.pikaramagazine.com/2015/04/quien-teme-a-la-satira-lesbofeminista/ 
Manuel Rodríguez Illana

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