Los últimos ocho días de Blas Infante

Son las 11 de la mañana del 2 de agosto de 1936. Sevilla está tomada por las fuerzas golpistas comandadas por el general Queipo de Llano, quien infunde el terror por las ondas de Radio Sevilla que llegan a toda la geografía andaluza. Sevilla, Córdoba, Granada y Cádiz ya han caído en manos de los fascistas.

Blas Infante, notario y andalucista que trabaja en la redacción de un Estatuto de Autonomía para Andalucía, lleva sin salir de su casa desde el 18 de julio que estalló el golpe de Estado. Tomó el tranvía desde Coria a Sevilla ese maldito sábado del golpe. Se tuvo que volver porque estaban todos los cuarteles hispalenses tomados. Luis Yáñez, un médico socialista de Coria muy amigo de la familia, le ofrece ayuda para exiliarse. Rechaza la oferta. No cree que lo vayan a matar.

A las 11 horas de aquel sábado, el sol de justicia andaluz de agosto pega con fuerza en la alberca de la ‘Casa de la Alegría’, situada en un alto con vistas al Guadalquivir. Se están bañando los cuatro hijos de Blas Infante Pérez y Angustias García Parias. Toda la familia le ha preparado una fiesta a la niña María de los Ángeles para celebrar su onomástica y que no perciba el ambiente de tensión que se respira desde el 18 de julio.

María de los Ángeles tiene seis años, dos menos que su hermana Luisa, la mayor, y dos más que Blas. La más pequeña de los cuatro hermanos tiene meses de vida y se llama Alegría; como la casa. Los niños se bañan en la alberca y comen bizcochos que ha preparado Rosario Delgado, la sirvienta, que es una más de la familia.

De pronto, un estruendo se oye en la cancela de la casa. Hombres desconocidos, vestidos con camisas y gorros azules, armados y en actitud chulesca, irrumpen en el patio donde los niños juegan y celebran el santo de María de los Ángeles. Dos falangistas, comandados por el sargento Crespo, se dirigen a Blas Infante; el resto rodean la casa. Los niños, atemorizados, se esconden donde pueden.

Sobrina del gobernador civil de Sevilla

Angustias, la madre de los niños y esposa de Blas Infante, le recuerda al sargento Crespo que es sobrina de Pedro Parias, el gobernador civil que ha puesto Queipo de Llano en Sevilla tras triunfar el golpe de Estado. El falangista le dice que se ponga en contacto con su tío porque las órdenes que traen son claras. El andalucista es detenido y montado en uno de los coches de los falangistas con dirección al Ayuntamiento de Coria del Río. Se llevan una radio y un gramófono como prueba de que Blas Infante se comunicaba con los comunistas rusos. “Eran tan imbéciles que pensaban que con un gramófono se podía hablar con Moscú”, dice Javier Aroca, entre risas, investigador infantiano del Centro de Estudios Andaluces.

Al llegar al consistorio coriano, un falangista le abofetea y le escupe en la cara. El alcalde de la localidad, Miguel Delmás Pérez, amigo de Blas Infante, le cede el teléfono municipal y llama a Ángel Camacho Baños, diputado en Cortes por Sevilla del partido conservador Acción Popular y abogado con el que Infante tiene muy buena relación. El diputado pide que se ponga el sargento Crespo al teléfono: “Con su vida usted me responda a la de Blas Infante”, le espeta el diputado al falangista. El sargento falangista Crespo titubea y le viene a decir que no puede hacer nada, que trae órdenes firmes que no puede incumplir.

Mientra tanto, Angustias coge a sus cuatro niños y se va hasta Sevilla en taxi junto con Rosario, la muchacha de la casa, a hablar con su tío, el gobernador civil golpista. Ni siquiera la recibe. Angustias se angustia a niveles inimaginables, piensa en lo peor, en que a su marido lo van a matar de un momento a otro. Deja a los niños con Rosario en casa del procurador José Martínez Luna, cercano a Falange pero amigo de Blas Infante. El procurador acompaña a Angustias a hablar con Pedro Parias, tío de la mujer de Blas Infante, el hombre que más manda, con permiso de Queipo de Llano, en Sevilla tras el triunfo del golpe militar.

El gobernador civil le dice a la mujer de Blas Infante que no sabe nada del tema. Angustias le suplica. Se arrodilla. Se humilla. Se descompone. Descompuesta y rota en mil pedazos sale del despacho de su tío, el hermano de su madre. A la ideología andalucista de Blas Infante hay que sumarle que éste le había ganado como abogado un pleito familiar de tinte económico a los Parias.

Angustias recoge a sus cuatro hijos de la casa del procurador, situada en la sevillana Plaza de la Gavidia, y se vuelve a Coria del Río junto con Rosario. Angustias no tiene mirada, los niños ya ni se acuerdan de que estaban de celebración. Blas Infante, después de la llamada de teléfono al diputado conservador Ángel Camacho para que clame por su vida, es trasladado a una de las muchas prisiones provisionales que en esos días se abren para encarcelar a los demócratas detenidos.

A la calle Trajano

Al notario lo llevan a la antigua Cámara Agraria, hasta la calle Trajano, una de las calles que salen a la Alameda de Hércules, en el extremo coronado por dos columnas de Hércules y Julio César. “Había órdenes de que no llegara vivo a Sevilla, de que fuera asesinado justo después de la detención”, cuenta Javier Delmás, nieto del Padre de la Patria Andaluza, vicepresidente de la Fundación Blas Infante e hijo de María de los Ángeles Infante, la niña de 6 años que celebra su santo el día que detienen a su padre.

En la prisión de la calle Trajano permanece hasta que el 5 de agosto es trasladado a los Cines Jáuregui, a los que han quitado las butacas y han habilitado como centro de encarcelamiento. De aquí cada día salen una o varias sacas dirección a las Murallas de la Macarena, la Carretera de Carmona o las Tapias del Cementerio de San Fernando. Todos los días, entre las 12 de la noche y las 3 de la madrugada, nominan para hacer el paseíllo de la muerte.

El aire de la libertad sólo entra por unas ventanas, pero no sofoca el calor asfixiante de un inmenso local diáfano hacinado de criaturas indefensas y atemorizadas ante el final de sus días. Angustias no falta un solo día de los ocho que Blas Infante está detenido antes de ser asesinado. Ella no puede verlo, pero le deja la comida a diario; sobre todo sandía, que es su fruta preferida. Bien cortadita, porque los golpistas no permiten tener objetos cortantes.

Una cestita con sandía picadita

Después de dejar la cestita, Angustias vuelve a su casa. Mira por las ventanas a ver si ve a su marido y por las noches da vueltas sin parar por la casa mientras los niños duermen. Los niños duermen pero ella muere en vida ante el trágico final que está por llegar. Uno de los últimos ochos días de Blas Infante, éste pudo ver por la ventana de su presidio a su hija Luisa, la mayor, de ocho años, que fue acompañando a su madre con la cestita: “Cómprale juguetes a los niños”, le dijo el andalucista encarcelado a Angustias.

La única persona que puede entrar en los Cines Jáuregui, reconvertido en sala de espera de la muerte, es el procurador José Martínez Luna. “Un hombre honesto y muy cercano a mi abuelo”, afirma el nieto Javier Delmás Infante, que conserva en su memoria el patrimonio oral que ha heredado y que a su vez es memoria del pueblo andaluz.

Blas Infante comparte presidio con el médico Leal Calderi, quien salva la vida y relata la entereza y dignidad de Blas Infante antes de ser asesinado. Un picador de toros de Coria, de quien Javier Delmás no desvela el nombre por respeto a la familia del hombre, también es testigo de los últimos días del autor del Ideal Andaluz.

Entre el 8 y el 9 de agosto, Blas Infante sabe que no tiene salvación, que lo van a matar, que del Cine Jáuregui saldrá en una saca directo a un pelotón de fusilamiento. Se quita su reloj, la alianza de su boda con Angustias y una pluma estilográfica. Se lo da todo al procurador José Martínez Luna, el único conocido que entraba en la cárcel, para que se lo haga llegar a la familia. Es su manera de despedirse ante el trágico final.

Las presiones familiares al gobernador civil no funcionan. El lunes 10 de agosto, Pedro Parias, el tío de Angustias y gobernador de la Sevilla golpeada por los fascistas, firma un edicto para que los familiares de los detenidos se abstengan de hacer presiones a la dirigencia fascista. “Era claramente por mi abuelo”, apostilla Delmás al teléfono.

Como si fueran reses de ganado

Lo normal es que a los detenidos los lleven a los pelotones de fusilamiento el mismo día de su detención. Como mucho, a los pocos días. A Blas Infante lo aguantan ocho días por las presiones, pero no nueve. Queipo de Llano, el criminal que -según el historiador Francisco Espinosa- firmaba cada día entre 40 y 50 ejecuciones de muerte, quiso celebrar a lo grande el cuarto aniversario de La Sanjurjada, el primer intento de golpe de Estado contra la II República, ocurrido el 10 de agosto de 1932 y que estuvo liderado por el General Sanjurjo.

Esa noche, en la madrugada del 10 al 11 de agosto de 1936, entre las 12 y las 3 de la mañana, en el tránsito del lunes al martes, el hombre sin reloj, sin alianza de boda y sin su pluma estilográfica, hace el último paseíllo de su vida. Lo acompañan cuatro hombres más, todos de especial simbolismo para celebrar por todo lo alto el aniversario de La Sanjurjada.

En la camioneta, como si fueran reses de ganado, en la oscuridad absoluta de la muerte, se montan, además de Blas Infante, Emilio Barbero, concejal de Izquierda Republicana y teniente de alcalde del Ayuntamiento de Sevilla; Fermín de Zayas, funcionario municipal del consistorio hispalense y secretario de la masonería en Andalucía; Manuel Barrios, militante del PSOE y elegido diputado a Cortes en las elecciones generales de 1936; José González Fernández de la Bandera, nacido en la localidad pacense de Puebla de la Calzada, médico y alcalde de Sevilla entre 1931 y 1933. Todos son ejecutados en la Hacienda de Hernán Cebolla, situada en el kilómetro 4 de la Carretera de Carmona-Sevilla. Blas Infante, según contó años más tarde el ayudante del conductor del camión de la muerte, gritó dos veces: “Viva Andalucía Libre”. Justo antes de que la bala lo silenciara para siempre; a él, no a su grito.

El cuerpo sin vida de Blas Infante es tirado en una fosa común del Cementerio de San Fernando de Sevilla. Allí sigue. Es martes, 11 de agosto, Angustias se monta en el tranvía en Coria del Río con dirección a Sevilla para llevarle su cestita de comida a su marido, con la sandía bien picadita. Vuelve con la cesta llena y el alma vacía: “Ya no tiene que dejar nada”, le dice a bocajarro el guardia que vigila la puerta del antiguo cine, ahora convertido en sala de espera de la muerte.

A cuestas con la cestita y la pena

Se vuelve, cargada con la cestita y la pena, y se dirige a casa de sus padres para informarles de que Pedro Parias, su tío, ha matado al notario del que ella se enamoró en Peñaflor. La madre de Angustias habla con su hermano, el gobernador civil. “Discuten mucho, pero mi abuelo ya está muerto y no hay nada que hacer”, relata Javier Delmás, que generosamente cede su memoria y la de su familia.

Tras la discusión, Angustias se vuelve a Coria, a la Casa Alegría que construyó Blas Infante. Ahora es un mar de tristeza, de desgarro y tragedia. Angustias vende varias propiedades para poder sacar adelante a sus hijos. En la Casa de la Alegría, hoy Museo de la Autonomía, cría sola a sus cuatro hijos y soporta como puede las miradas insidiosas. Guarda la bandera verdiblanca creada por el mártir de la causa andalucista y conserva el azulejo del escudo de Andalucía que Blas Infante puso en la puerta de la casa, arriba de la puerta principal, antes de ser fusilado. Allí estuvo el escudo de Andalucía durante los 40 años que duró la dictadura y allí continúa. Por sí, por los pueblos y por la Humanidad.

(Fuente: La Voz del Sur / Autor: Raúl Solís)

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