La trampa de la España republicana

Hace días hablábamos sobre cómo la campaña de Maragall y Colau en Barcelona se centrará en utilizar el auge de Vox para españolizar las próximas elecciones municipales y así evitar que la capital del país se conciba como la pared maestra de un futuro estado. Teníamos toda la razón, lo cual ya no es noticia, y como ha podido comprobar cualquier espectador atento a la actualidad, se está diseñando un idéntico gesto político en el ámbito nacional.

Esta misma semana, la prensa de la tribu se ha dedicado a excitar el canguelo de la población con el posible desembarco de la ultraderecha en el Congreso, y los partidos catalanes se han apresado a copiar concienzudamente la propuesta del cordón sanitario contra Vox ideada por los asesores de Ernest Maragall; así Gabriel Rufián, que hace poco ofrecía a Pedro Sánchez un “frente antifascista” contra el partido que ha protagonizado la acusación particular en el juicio contra los presos políticos.

La trampa es tan vetusta como habitual, porque en el alma de todo buen independentista-autonomista siempre se hallará la tentación de abandonar sine die la unilateralidad, apelando al espíritu solidario con los republicanos españoles. Los catalanes, es cosa de siempre, somos gente de pretensión moral, y nos excita creernos salvadores de la otredad, aunque ésta esté encantada de haberse conocido tal como es.

Ahora que los jefazos de ERC y Convergència están tan preocupados con Vox, sería oportuno recordarles que la mejor forma de haber evitado el fenómeno en cuestión era la independencia efectiva; de hecho, la emergencia de Vox y la España que esta formación representa siempre había configurado una realidad latente (que Aznar escondió con mucha inteligencia en los aparatos ideológicos del estado) y que, como ejemplifica su candidato andaluz, sobrevivía muy en forma en ámbitos como la judicatura.

El nuevo abracadabra del procesismo para alargar (todavía más) el camino hacia la tierra prometida será inventar este frente común contra la intolerancia, el fascismo, o ponga usted ahí la catástrofe que más quiera. Todo ello, traducido a la realpolitik y por mucho que convergentes y republicanos se nieguen a contarlo a sus electores, pasa por intentar reafirmar la presidencia de Pedro Sánchez con la ayuda de Podemos.

Volvemos, cabe insistir en ello, a la teoría del mal menor: nosotros haríamos la independencia, pero de momento todavía tenemos curro intentando alejar el fascismo de España. La trouvaille sorprende no sólo por la ya dicha y cansina tendencia evangelizadora del nacionalismo, sino porque ello esconde la misma voluntad de sumisión del soberanismo a futuras acciones de la derecha española como la aplicación del artículo 155, una medida que los partidos indepes acatarían de nuevo en caso de reedición del invento.

Si el soberanismo quisiera combatir de veras a la ultraderecha y abandonar cualquier tentación intolerante, lo tendría muy fácil: que no acate las sentencias del juicio del 1-O (como prometió Quim Torra en el discurso del TNC) y que libere a los rehenes del gobierno español de la prisión de Lledoners. Acto seguido, que publique la declaración de independencia en el DOGC y que proceda a aplicarla. En un país libre, y que nadie se asuste, Vox formaría parte de los problemas del vecino, no de los propios. Pero esto, mireusté, requiere demasiada valentía. Y es mucho más fácil, como ya hemos visto, hacerse el misionero o el mártir que no el liberador.

Y buen año a todos, queridos lectores de El Nacional. Y mucha paciencia, que falta hará.

(Fuente: El Nacional.cat / Autor: Bernat Dedéu)

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