La masificación turística, un problema que niegan los que hablan de “turismofobia”

El turismo no es un problema, su masificación y descontrol sí. Lo niegan los que se aprovechan de ello. Rajoy ni se entera ni quiere enterarse; lo utiliza de forma chusca para atacar el independentismo y para defender su efímera “recuperación”, su paraíso de empleo basura. Hay que reconocer que, junto a sus confusos mensajes, es un genio de la simpleza: “Al turista hay que mimarlo”. Como toda idea simple, es eficaz. Parece razonable que cuidemos a quien viene de visita. Pero no se está hablando de eso. Estamos ante un deterioro real de la convivencia a causa de los excesos de una industria que generan beneficios a algunos y malestar a muchos. Analicemos esto.

Desde el punto de vista del modelo económico de un país, basarse fundamentalmente en el sector servicios es tercermundista y en el Caribe tenemos muchos ejemplos. Hace tiempo, que se apostó por liquidar buena parte de la industria con las “reconversiones”, se desinvierte en I+D+i y hay fuga de científicos españoles. Ello nos aboca a un modelo económico de bajo valor añadido, poco competitivo y muy vulnerable si cambian las condiciones políticas en otras zonas turísticas del Mediterráneo. Este es el tema de fondo, señor Rajoy: ¿queremos que España sea una economía productiva como las del norte de Europa o subordinada según el patrón de descanso adjudicado al sur?

El impacto medioambiental de este modelo turístico es muy negativo: degradación de las costas y zonas naturales por la sobrepresencia humana, agotamiento de acuíferos y recursos naturales, generación de residuos y otros impactos que inciden en el cambio climático. No hay más que ver los paisajes transformados hasta el paroxismo en el litoral mediterráneo. Por no hablar de la corrupción política que lo acompaña y que tan magistralmente retrató Rafael Chirbes en Crematorio y En la orilla.

Los beneficios empresariales son tan elevados como la sobreexplotación, la precariedad y los bajos salarios de los trabajadores. Contratos de temporada, por días y semanas, salarios de 700 euros por atender cuarenta mesas, dos euros la hora para las camareras de piso, ausencia de derechos laborales… En fin, un deterioro de las condiciones laborales que retrata a una patronal acostumbrada a ganancias fáciles y a arriesgar lo mínimo. Y así, no hay futuro. Aunque haya algún empresario sensato que afirme que sobran turistas, que el sector está saturado y faltan infraestructuras.

Se produce una inflación galopante en las zonas turísticas. Todo se encarece, desde el comercio a los bares y especialmente la vivienda, que alcanza precios insoportables para las economías modestas por la aparición masiva de pisos de usos turísticos. Las protestas de las asociaciones de vecinos no se han hecho esperar ante una gentrificación salvaje que expulsa a los habitantes y al comercio tradicional de estos barrios. Se dan casos de funcionarios que se niegan a ser traslados a zonas de Baleares, porque no encuentran vivienda o ésta se come buena parte de su salario.

El negocio turístico produce una expropiación de los espacios públicos invadidos por riadas de turistas que dificultan la vida ciudadana. No es exagerado. En Barcelona atracan al día varios cruceros. Uno es tan gigantesco que tiene 362 metros de eslora –30 metros más largo que el mayor superportaaviones estadounidense– y 9.000 personas a bordo entre pasajeros y tripulantes; hay días con más de 30.000 cruceristas que bajan a la vez y recorren zonas muy concretas como el Barrio Gótico, el Raval, la Sagrada Familia… Son todos los días, a todas horas. La incómoda sensación de estar en mitad de una inmensa manifestación recorriendo los rincones de la ciudad la he tenido en Barcelona y en Venecia. No quedan ganas de repetir. Cuando una ciudad enferma por el turismo masivo, muere de éxito.

Como corolario de lo anterior, se produce una pérdida de calidad de vida de una ciudadanía convertida en figurantes de bellas y apacibles ciudades transformadas en gigantescos parques temáticos. Gran parte de los vecinos no ven beneficio alguno de este boom y sí sufren muchas veces molestias directas por el incivismo de un sector de los turistas, no solo en Magaluf o la Barceloneta.

Claro que el turismo es una fuente de riqueza, crea empleo y es puntal de la economía del país. Pero necesita una ordenación urgente por muchas razones. La principal, no acabar a medio plazo con la gallina de los huevos de oro ¿Queremos una burbuja turística que nos explote en la cara como la inmobiliaria? ¿Queremos un turismo low cost y de baja calidad? En EEUU un turista gasta cinco veces más que uno en España. Aquí una parte importante de los ingresos se los quedan los turoperadores. Muchos expertos afirman que la aportación del turismo al PIB podía ser la misma con menor ocupación y otros precios medios. España debe diversificar su economía para no hacerla tan dependiente del sector turístico.

Hay, además, una serie de principios sagrados a respetar como salvaguardar el medioambiente y el patrimonio cultural del impacto del turismo masivo; a nadie en su sano juicio se le ocurre defender visitas sin límite a las cuevas de Altamira con el argumento de que crearía empleo. Hay que asegurar unas condiciones laborales y salariales dignas para los trabajadores y trabajadoras del sector. Se deben regular y limitar los cupos de visitantes, los pisos residenciales dedicados a alquileres turísticos de forma sumergida y sin pagar impuestos, etcétera.

No se puede deteriorar el modo de vida de la población autóctona hasta el punto de que vivan el turismo como una invasión, cuando su relación con él siempre ha sido amable. No hay turismofobia. Es un término que busca criminalizar a quién cuestiona esta organización disparatada de la explotación turística, las dificultades para acceder a la vivienda o la sobreexplotación laboral. Puede estar bien que vengan 75 millones de turistas del exterior –más los del interior–, pero no tanto si se reparten en pocas zonas y ciudades; si sus características son discutibles porque la oferta se basa en seguridad, sol y diversión. Se trata de repensar el modelo económico, el turístico y el de ciudad que queremos. Se trata de hacer compatibles los intereses de los ciudadanos, los trabajadores, los empresarios y el turismo.

También el turista debe cambiar. Ya Stefan Zweig en 1929 criticaba la creciente masificación del turismo. Para él “se instaura una nueva forma de viajar, el viaje en masa, el viaje por contrato, lo que yo llamo el ‘ser viajado’ (…) No se viajará más, lo viajarán a uno”. Y concluía con una reflexión sobre cómo ser viajeros que deberíamos aplicarnos: “Sigamos viajando al modo de nuestros antepasados, según nuestra voluntad y eligiendo los destinos: solo así se convertirá cada uno de nuestros viajes en un descubrimiento no solo del mundo exterior, sino de nuestro propio mundo interior”.

(Fuente: Cuarto Poder / Autor: Agustín Moreno)

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