La autodeterminación no es un delito

Resulta tan sintomático como penoso que la ANC convocase ayer una manifa bajo el lema “La autodeterminación no es un delito”, adoptando la clásica ética negativa del procesismo según la cual la independencia no se puede concebir en tanto que derecho colectivo inalienable, sino como una forma más de reacción al injustísimo escarmiento judicial del enemigo.

La desfilada en Barcelona podría haber reclamado que la autodeterminación es hoy una causa fundamental para la supervivencia de Catalunya en un mundo global (resaltando la fuerza de los electores, no sus traumas ni debilidades) pero, tristemente, la entidad que preside Elisenda Paluzie ha optado por la opción de siempre; la cháchara llorona según la cual las libres aspiraciones del pueblo no deberían ser penadas por las togas.

Si lo que pretendías era honrar los presos políticos, Elisenda, la cosa era más sencilla: bastaba afirmando que sin una Catalunya independiente ni los representantes públicos ni la sociedad en general gozarán nunca de una justicia con garantías.

Continuar con la monserga de afirmar la autodeterminación en negativo sólo ayuda a los partidos del independentismo autonomista, alérgicos desde hace meses al mandato vinculante del 1-O. De hecho, ahora que vislumbramos elecciones, sería interesante que uno de los requisitos por los cuales uno decantase el voto a los partidos independentistas (que desfilaran hacia el Congreso para continuar engrosando el sueldazo) fuera saber objetivamente si piensan aplicar el resultado del referéndum de autodeterminación; ¡las respuestas, como podéis imaginaros serían de una creatividad que ríete tú de cualquier soneto!

Tras un tiempo en el que la ANC había plantado cara a los partidos para presionarles, ganándose por primera vez en su historia aquello que de hecho había configurado su razón de ser inicial, la entidad vuelve de nuevo a andar a remolque de los vicios más perversos de la política de partidos. Así será, mucho me temo, mientras dure el juicio e incluso cuando se haga realidad el mazazo condenatorio: situando en el centro a los rehenes del régimen español, Catalunya irá a remolque de la represión.

Esta disposición permitirá tanto a Convergència como a Esquerra presentarse a las elecciones generales no como garantes del mandato popular (ya sea del 1-O, de la restitución prometida el 21-D, etcétera), sino como los diques de contención de la España más negra o, en mejor caso, como unos socios mucho más exigentes que hasta ahora con el presidente Sánchez.

De nuevo y por enésima, el independentismo catalán se impone como meta regenerar una España que se ha metido ella solita en su habitual guerracivilismo, todo ello con la vana pretensión de sobrevivir con la mandanga según la cual en el país vecino hay mucha gente demócrata y de bien.

Así hizo Oriol Junqueras en el Supremo, recordando que la Moreneta es “dels espanyols, Estrella d’Orient”. Forn fue más práctico, porque volvió a la estrategia convergente de siempre: recordar al enemigo que él y su policía, en el fondo, metieron más ganas y operatividad con tal de castrar el referéndum del 1-O y así hacer que votase menos gente, como quería Jordi Sànchez.

Mientras situemos la palabra no detrás de autodeterminación, continuaremos en esta sopa de mediocridad y medias verdades. La autodeterminación es la libertad, es la única ruta hacia la prosperidad y la supervivencia de nuestra vida feliz. El resto, amigos míos, son meras excusas para ir a dar una vueltita por la Gran Via.

(Fuente: El Nacional.cat / Autor: Bernat Dedéu)

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