Kichi y las corbetas militares para Arabia Saudí

Hace unos de días vimos al alcalde de Cádiz, José María González, Kichi, defender la construcción de corbetas militares para Arabia Saudí en la Bahía de Cádiz. En una entrevista en el programa Salvados, y después en un artículo en El País (Rehenes del paro contra víctimas de la guerra), reconocía que era una contradicción (la de ser antimilitarista y a la vez defender la industria militar en la zona) que él asumía, y que lo hacía para “poder superarla”.

Me gustaría contestarle, partiendo de mi posición pacifista, y con la familiaridad que da el haber compartido con él varias luchas en su etapa anterior a alcalde.

Plantea él que esa contradicción entre el antimilitarismo y la industria militar (resolviéndola a favor del empleo) es ineludible en nuestro contexto, y más aún para trabajadores que no tienen más opción. Pues bien, yo no asumo esa contradicción. Ser antimilitarista y estar a favor de las corbetas para Arabia Saudí es algo intragable.

Recordemos que Kichi fue portavoz de la Marcha a Rota en el 2013, es decir, en la manifestación por antonomasia del pacifismo andaluz, y ahora defiende el empleo por delante de los derechos humanos en lo que él llama una “trinchera moral”; ¿cómo se come eso? Dice él que el “sistema” nos obliga a tragar esas contradicciones, no nos deja escapatoria. Pues bien, yo pienso que ningún sistema puede imponerte cambiar de opinión tan rápido, eso está en la conciencia de cada uno/ y en la coherencia moral.

En el comunicado de la Marcha a Rota del 2013 decía Kichi “Para que a pesar del castigo que sufrimos aquí con el desempleo, nadie aquí sucumba al engaño de que el escudo antimisiles generará empleo en la zona…”, y que hay que apostar por la desmilitarización de la crisis para que la crisis no acabe por militarizarlo todo. Y parecía una profecía: la crisis, con su monstruo del desempleo, está arrasando con cualquier crítica de índole antimilitarista. El “empleo” es sagrado, por encima de las guerras y las muertes de miles de personas de lugares que no vemos. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Lo decía hace poco un amigo mío, Juan José Ruiz, curiosamente compañero de sindicato de Kichi y profesor de Filosofía: “¿Por qué no fabricamos minas antipersona en Cádiz para dar de comer a los parados? Por cierto, los nazis crearon muchos puestos de trabajo. Exterminar judíos daba mucho empleo. Y los que fabricaban el gas venenoso no tenían responsabilidad alguna, al parecer”. “Ya lo decía Hanna Arendt. Esto es la banalidad del mal. Entre todos destruimos el mundo, pero nadie es responsable. Sólo obedecemos órdenes. O buscamos justificaciones para no elegir lo más justo”.

Porque esa es la cuestión: la responsabilidad. No la culpabilidad, que es un concepto cristiano que hace mucho daño. La responsabilidad de elegir el camino de la coherencia moral, que hace que la conciencia esté por encima de las “contingencias” y de las obligaciones del cargo. Por ejemplo, la responsabilidad que hizo dimitir a Nicolás Salmerón de la jefatura del Estado en la I República por negarse a firmar las penas de muerte. O la responsabilidad a la que llamaba Rudolf Rocker, el activista libertario alemán, para que los trabajadores de las fábricas de armas bajaran sus brazos en 1919, hacia el final de la I Guerra Mundial, en su llamamiento “La responsabilidad del proletariado ante las guerras”.

Es la coherencia entre fines y medios, que explicaba Gandhi. “El fin está en los medios, así como el árbol está en la semilla”. Ese es el tipo de “política” que necesitamos, no la de siempre, del tacticismo político, la del fin que justifica los medios, de Maquiavelo. Los marxistas como Lenin, Trotsky, Bensaid y otros, son maestros de ese arte maquiavélico; expertos en rizar el rizo de las justificaciones para acumular poder, “superar” las contradicciones y desinflar los movimientos de base, ahondando en ese estructuralismo determinista que impide que tomemos la iniciativa y nos comprometamos personalmente para iniciar los cambios.

Si no, en poco tiempo, puede uno acabar pareciéndose a ese “capitán sin palabra que vestía chaqueta de pana”, como dice Kichi, en alusión al Felipe González de los 80, que también fue primero pacifista y después nos metió en la OTAN hasta el corvejón.

(Fuente: La Voz del Sur / Autor: Francisco José Cuevas Noa)

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