Internacionalismo contra imperialismo. (Su historia desde la I Internacional hasta ahora)

Texto reelaborado tras la charla-debate habida en Maracay, Venezuela, el pasado 16 de febrero, organizado por el Movimiento Continental Bolivariano. Se ha cambiado el orden del temario: aquí empezamos con un rápido repaso de la evolución de la lucha permanente entre el internacionalismo y el imperialismo como unidad de contrarios que nunca cesa en su movimiento, que cambia en sus formas pero mantiene contenidos más agudos. Terminamos con cinco expresiones de esta unidad y lucha de contrarios: internacionalismo versus imperialismo.

1.- HASTA LA I INTERNACIONAL.

El internacionalismo proletario empieza a irrumpir en la historia con la revolución de 1848 apareciendo ya como tal, política y teóricamente, en 1864 con la fundación de la I Internacional, pero la solidaridad entre los pueblos y las clases explotadas es muy anterior. Ciñéndonos sólo a la historia capitalista, en Nuestramérica bien pronto surgieron resistencias comunes al invasor, pero también traiciones de caciques que aceptaron la dominación extranjera para mantener algo o mucho de su poder ayudándole en la sobreexplotación de su pueblo y en la invasión de otros pueblos hermanos, o para que a cambio los invasores les ayudasen a destruir a los que les oprimían en ese momento o a los que, simplemente, querían exprimir o exterminar. También esclavas y esclavos se fueron uniendo a las resistencias de los pueblos autóctonos en muchos casos, como en la Venezuela, por citar una experiencia de aquí, de 1552 cuando el Negro Miguel dirigió una sublevación antiesclavista apoyada por pueblos autóctonos.

En la Europa del tránsito del feudalismo al capitalismo, la lucha de clases urbana en el norte de la Italia de finales del siglo XIV, en especial en Florencia, estaba facilitada por las herejías político-religiosas defensoras de la hermandad de las y los pobres frente al «pecado» de la riqueza: un «internacionalismo» utópico pero real por su efectos sociales mortalmente enfrentado al universalismo católico que era la forma ideológica del «imperialismo» medieval. Expresiones de estas herejías también sirvieron como cemento de valores solidarios de igualitarismo y justicialismo en la guerra nacional y social husita en la Bohemia y Chequia de comienzos del siglo XV, dando un impulso enorme a la solidaridad entre las clases explotadas de amplias zonas de centro Europa para resistir la ferocidad feudal dirigida por el Vaticano.

Podemos hablar de una especie de «internacionalismo represivo» en la cruzada antihusita liderada por Roma que entones cumplía el papel que ahora cumplen los EEUU., o que han cumplido otras potencias hegemónicas en fases anteriores. Otro tanto sucedió en multitud de resistencias pequeña, pero sobre todo en las guerras campesinas de finales del siglo XV y comienzos del XVI que desarrollaron aún más esta tendencia hacia una ayuda mutua que desbordaba las múltiples fronteras y obstáculos tardofeudales. Esas tendencias se explicaban en el fondo por el hecho inocultable de la necesidad de aunar las fuerzas de las clases explotadas contra las de las explotadoras. Pero se trataba de una tendencia débil expresada ideológicamente en base a las contradicciones internas en el cristianismo, a las versiones antagónicas que se extraen de un texto tan manipulado, censurado y reescrito como la Biblia. No existían las bases materiales para el surgimiento de un internacionalismo teórico y político, que solo adquiriría fuerza con la irrupción del proletariado como clase presente en todos los pueblos atrapados en la trituradora capitalista.

Este sistema represivo internacional fue perdiendo efectividad en la medida en que se desarrollaba el capitalismo, sufriendo una derrota aplastante en la Guerra de los Ochenta años -1568-1648- que dio la victoria a la burguesía holandesa y la derrota al reino de España. El internacionalismo de clase de la joven burguesía europea fue muy importante en esa victoria porque durante esos años Holanda fue la nación burguesa más impulsora del progreso capitalista, reforzada por la implacable explotación colonial de otros pueblos. Era un internacionalismo de clase porque únicamente defendía los intereses burgueses contra los tardofeudales y absolutistas, pero sobre todo contra los de las clases trabajadoras de su propio país y de todos. Las revoluciones burgueses, que eran procesos largos, terminaban negociando con la nobleza vencida o con monarquías extranjeras para así aplastar mejor a las mujeres trabajadoras, al campesinado, al proletariado, y a los pueblos y colonias que explotaba.

Volviendo a Nuestramérica, en donde ni remotamente podían existir burguesías como la holandesa, inglesa, etc., fue el bloque formado por los Virreyes y su burocracia, con el decisivo apoyo de la Iglesia católica y su Inquisición y de los caciques traidores, el que aseguró la dominación hispanolusitana. Nos hacemos una idea muy aproximada de la efectividad de este sistema represivo al saber que a comienzos del siglo XVIII el producto del saqueo sistemático realizado por la Iglesia en Nuestramérica le permitía mantener los enormes costos del lujo y suntuosidad de la Iglesia en Portugal, Estado español e Italia.

Una auténtica red «imperialista» que fue combatida con un incipiente «internacionalismo» en lenta formación al surgir zonas libres, quilombos, palenques, mambises, etc., relativamente seguras siempre que tuvieran la suficiente defensa armada, en las que las personas auto liberadas, los cimarrones, lograban establecer algunas relaciones de solidaridad activa o connivencia pasiva con sectores de campesinos libres empobrecidos y sobreexplotados.

Más adelante, la extensa rebelión andina de finales del siglo XVIII, en la que Túpac Amaru fue el dirigente más visible, también obtuvo amplia solidaridad. Poco después, la definitiva independencia revolucionaria de Haití en 1804 cerraba una fase en la ayuda mutua entre los pueblos y abría otra decisiva para el hundimiento español y las independencias latinoamericanas, sobre todo desde que en 1816 tarea en la que Bolívar y otros y otras libertadoras fueron fundamentales.

El internacionalismo haitiano también señaló el camino para fugas, resistencias y rebeliones antiesclavistas prácticamente en todas las Américas en las que existía esta inhumanidad. Por ejemplo, en los EEUU los sistemas de control, vigilancia y represión dificultaban mucho las revueltas que, pese a ello, se dieron como en 1811 en Nueva Orleans o la fallida insurrección de Charleston de 1822, por citar dos casos. Enfrentando graves y hasta mortales riesgos, pero con relativa eficacia, estas resistencias eran coordinadas mediante redes clandestinas de ayuda mutua en la que también colaboraban personas mulatas y algunas blancas, y en según qué zonas con nativos originarios. Las naciones indias también ejercitaron una especie de internacionalismo en su desesperada resistencia al genocidio; según las necesidades, las naciones indias hacían pactos entre ellas, se fusionaban en agrupaciones mayores, etc. Pero al igual que en el resto de pueblos, también hubo grupos, clanes y tribus colaboracionistas con el invasor.

Mientras tanto, en Inglaterra la revolución industrial cambiaba las formas de la lucha de clases y, con cierto retraso inevitable, las formas de ayuda solidaria en el nuevo proletariado, pero a la vez el imperialismo inglés reforzó el racismo contra las y los trabajadores irlandeses en Inglaterra. Surgía así una lucha entre el internacionalismo y el racismo que se agudizará con el tiempo al desarrollase la sociobiología y el fascismo. Según la industrialización cambiaba formas e incrementaba los contenidos de la lucha de clases en Europa continental con las oleadas de 1830 y 1848, también lo hacía el internacionalismo. La Liga de los Comunistas, en la que militaban Marx y Engels, era una de las más pequeñas en cantidad de miembros, pero fue la cualitativamente decisiva tanto por sus aportaciones teóricas y políticas internacionalistas por su mismo proyecto histórico e identidad ética, como por su implantación clandestina en lugares críticos de la lucha de clases.

En los EEUU, la autoorganización proletaria avanzaba a buen ritmo, pero desde la década de 1830 el capitalismo contraatacó con una aplastante superioridad de medios económicos, policiales, judiciales, propagandísticos, matones y sicarios de las empresas, corrupción y cooptación, provocación de choques nacionales y culturales dentro del proletariado de origen europeo para impedir su unidad de clase…; además, los grandes territorios al oeste para arrebatárselos a las naciones indias eran una efectiva válvula de escape de las tensiones sociales en el este.

Aún y todo así, existían grupos de solidaridad internacionalista mutua entre Europa y EEUU, que ayudaban económicamente, recibían a exiliadas y exiliados en especial desde la derrota de 1848-49. Era significativa la solidaridad entre migrantes de una misma nación o cultura –italianos, irlandeses, alemanes, etc.-, tanto de ayuda mutua inicial con los y las connacionales recién llegados, como para defenderse del fuerte racismo anglosajón, protestante y burgués, y de las agresiones de la patronal y sus policías. A la vez, superando sus pugnas internas, las y los europeos hacían piña racista contra las naciones indias, las y los esclavos y los pueblos latinos y mestizos del sur de los EEUU.

Europa era un abigarrado escenario de conflictos inter-nacionales azuzados por el avance capitalista que había desbordado al Congreso de Viena de 1815: independencia de Grecia en 1821-32; independencia italiana entre 1820 y 1848, y su culminación en 1861; unificación alemana entre 1834 y 1871; permanente resistencia polaca e irlandesa; nacionalismo húngaro en la revolución de 1848-49; reivindicaciones eslavas y balcánicas; manipulación zarista del paneslavismo; nacionalismos opresores francés, español, inglés, etc.; adecuación de las identidades de pueblos como el bretón, el escocés, el vasco, el catalán…

Esta ebullición de conflictos estaba agravada por y era inseparable de las agresiones coloniales: invasión de Argelia en 1830, dos guerras del opio contra China en 1839-42 y 1856-60, sublevación de la India de 1857, invasiones de África subsahariana, guerras y choques recurrentes entre Gran Bretaña y Rusia desde 1838 por la posesión de Asia Central, invasión de Cochinchina en 1858-62, guerras maoríes en 1845-72…

La expansión alemana de 1850-1870 es uno de los ejemplos más importante de lo sucedido en el continente antes de la primera Gran Depresión iniciada en 1871. Las nuevas contradicciones introducidas por el imperialismo y la agudización de las del colonialismo -Alemania pasó de 33,7 millones de habitantes en 1850 a 56,3 en 1900, y la productividad del trabajo se triplicó entre 1852 y 1914- hicieron que la nueva lucha de clases también agudizara al máximo la unidad y lucha de contrarios entre, por un lado, el nacionalismo imperialista y racista, con un ideología colonialista; y por otro las luchas de liberación nacional en Europa y anticolonial en grandes áreas del planeta, y los sentimientos de solidaridad internacionalista que generaban, perceptibles ya en la guerra de independencia griega de la dominación turca, en la que murió lord Byron en 1824 por malos cuidados médicos.

Semejante abigarramiento de situaciones críticas estallaba en conflictos más o menos salvajes no por la acción de una especie de «idea nacionalista» abstracta y reaccionaria en sí misma, sino por las contradicciones capitalistas, por los intereses de las burguesías en ascenso y en descenso, por las respuestas de los pueblos oprimidos u opresores manipulados o no por esas burguesías, etcétera. La complejidad extrema y difícil de calibrar de esta dinámica queda patente cuando vemos el papel de las religiones, en especial de los cristianismos, en los sentimientos de los pueblos, y sobre todo el peso determinante de las violencias del patriarcado en todo ello. También queda patente esa complejidad en el agotamiento progresivo de la ideología burguesa del progreso lineal e imparable de su civilización, eso que equívocamente se denomina «modernidad» para así no hablar de explotación capitalista y lucha de clases.

Ambas, la lucha contra el patriarcado y la lucha contra la civilización del capital como irracionalidad destructiva, fueron impregnando al internacionalismo mucho más de lo que se cree superficialmente. Carecemos de espacio para hacer un seguimiento detallado de esa doble identidad en cada fase del internacionalismo que exponemos muy en síntesis, pero basta decir que ya para el momento de salto de fase, alrededor de 1848, estaban arraigadas las brillantes aportaciones de Flora Tristán (1803-1844) sobre la emancipación de la mujer trabajadora que fueron la base del radical antipatriarcalismo del Manifiesto Comunista. Más lento fue el avance de la crítica de la irracionalidad destructiva del capital, ya en embrión en los primeros textos marxistas y que tomó forma precisa en La ideología alemana (1845-46) al advertir que las fuerzas productivas del capitalismo se transforman en su contrario, en fuerzas destructivas.

Los intentos de construcción de la independencia socialista de los pueblos en un marco de internacionalismo proletario tendente al comunismo, han aportado a la humanidad muchísimas más ventajas y avances concretos, pese a sus errores y fracasos, que los relaticos logros parciales y contradictorios realizados por el capitalismo. La permanente lucha frontal entre imperialismo e internacionalismo así lo demuestra, y uno de sus logros imperecederos es la creación de la I Internacional o Asociación Internacional de Trabajadores, AIT.

2.- HASTA LA KOMINFORM.

La I Internacional (1864-1876) fue la respuesta proletaria a esas contradicciones, aunque desde una perspectiva básicamente eurocéntrica, a pesar de las demoledoras críticas de una minoría contra el colonialismo. La I Internacional vivió entre, cuando tales problemas crecían sin parar, y una de las razones de su extinción fue precisamente su fracaso a la hora de integrar el internacionalismo con las luchas de liberación nacional, anticolonialistas, y en contra del racismo que ya crecía en el proletariado inglés contra Irlanda, etc. Otras razones fueron las diferencias entre corrientes varias: anarquistas, bakuninistas, socialistas, comunistas, etc., que se ha querido simplificar en un choque de personalidades entre Marx y Bakunin, cuando el problema real era la bisoñez y falta de experiencia del movimiento revolucionario.

Volviendo al tema que nos concierne, la lucha a muerte entre internacionalismo e imperialismo, hay que decir que, por ejemplo, el nacionalismo burgués de la izquierda francesa era criticado con ironía por Marx y Engels que a la vez insistían en la importancia clave del internacionalismo defensor de los derechos de los pueblos oprimidos, defensa sujeta a las limitaciones contextuales del desarrollo capitalista del momento. Sin embargo, ni en ambos amigos, ni en la izquierda revolucionaria del momento, ni menos aún en el conjunto de la I Internacional, apenas estaba presente Nuestramérica, vacío que sólo empezaría a llenarse en la III y en la IV internacionales.

En este período, la Comuna de 1871 aportó una lección decisiva: la unidad y lucha de contrarios también en el seno de lo nacional/internacional. Por un lado, los sectores conscientes de las clases trabajadoras se identificaron a muerte con la Comuna como una especie de gobierno internacional del proletariado, pero los sectores alienados por el nacionalismo burgués apoyaron activa o pasivamente su exterminio. Por el lado antagónico, las burguesías olvidaron sus disputas internas y se unieron como un solo gobierno internacional reaccionario contra la Comuna, asesinada a cañonazos. Salvando todas las distancias posibles entre la lucha husita a comienzos del siglo XV y la comunera a finales del s. XIX, se descubre un hilo rojo que las une: la solidaridad entre las clases explotadas luchando desesperadamente contra la solidaridad de las clases explotadoras.

La II Internacional se fundó en 1889 una vez que esas contradicciones entraban en una espiral terrible porque terminaba la fase colonial y comenzaba a despuntar la fase imperialista. Por citar dos fechas muy importantes para la evolución del internacionalismo que había demostrado su fuerza ayudando a la Comuna de París en 1871, en 1878 se celebró el Congreso de Berlín y la Conferencia de Berlín en 1884, eventos en los que las grandes burguesías se repartieron Europa y África, y facilitaron la expansión por Asia y el nuevo ataque a China a finales del siglo XIX, ayudando así a desencadenar la guerra mundial de 1914-18. Las pugnas políticas interburguesas, que reflejan las luchas cainitas por el reparto de la plusvalía total y por los mercados, se solucionaban transitoria y muy parcialmente en estas y otras reuniones que imponían o sancionaban determinadas hegemonías, y que tenían algunos de sus antecedentes en el Tratado de Wetsfalia de 1648 y en el Congreso de Viena de 1815 por citar los más conocidos.

No se pueden separar estas negociaciones interburguesas por la hegemonía en el saqueo, de la lucha de clase contra sus proletariados respectivos. Por ejemplo, Alemania ilegalizó a la socialdemocracia en el mismo año del Congreso de Berlín, en 1878. Para el capital alemán la socialdemocracia radical de entonces era un «problema militar», como lo reconoció el propio Bismark, y por ello, para aniquilarla, necesitaba un ejército fogueado por el expansionismo colonial e ideológicamente fiel al káiser. Fue legalizada en 1890, una vez que la burguesía vio que la corriente reformista desplazaba a la revolucionaria.

Un dato incontrovertible del avance reformista era el fortalecimiento del nacionalismo burgués y del colonialismo alemán, el rechazo racista a los trabajadores del este, eslavos y judíos, la debilidad del internacionalismo… Los debates en la II Internacional sobre la supuesta bondad del colonialismo, que llevaría el progreso civilizador a los pueblos atrasados y bárbaros, debilitaban el internacionalismo y justificaban brutalidades como el bombardeo del puerto egipcio de Alejandría en 1882, denunciado por Engels en una respuesta contundente a un dubitativo Kautsky.

Todo lo aquí visto ayudó sobremanera a desencadenar la guerra de 1914, ya «profetizada» por Engels en 1874, por cuanto respondía a la agudización imparable de las contradicciones capitalistas. Su causa decisiva no fue otra que la ya entonces creciente incapacidad de los Estados-nación burgueses para dirigir con relativa eficacia y paz el explosivo desarrollo de las fuerzas productivas, y dentro de ellas, el poder imparable del capital-dinero, del capital financiero y especulativo, en suma, de la Banca, como demostró Engels en 1894.

El vuelo ascendente del capital financiero y luego especulativo-ficticio, con la soga de la deuda pública que le es inherente, tensionó y tensiona cada vez más el choque de trenes entre imperialismo e internacionalismo. La II Internacional no pudo resistir esos cambios y se rompió en tres trozos: el ampliamente mayoritario, que salió en defensa de las burguesías respectivas; el minoritario representado por la izquierda revolucionaria; y la minúscula corriente intermedia. En el inicio de la guerra de 1914 el internacionalismo parecía haber desaparecido para siempre, pero en 1916 mostró sus primeros síntomas de recuperación para avanzar arrolladoramente al año siguiente.

La creación en marzo de 1919 de la III Internacional o Internacional Comunista, denominado también Partido Internacional de la Subversión, fue un hito en la historia humana. La dinámica del capitalismo colonial de 1864 al imperialista de 1919 explica la dialéctica de la continuidad y el cambio entre las tres internacionales. Podemos dividir en tres fases su existencia hasta su disolución en 1943. La primera, la brillante, duró hasta la recuperación del nacionalismo gran-ruso dentro de la URSS, a mediados de los años ’20, con el punto crítico de la derrota de la revolución alemana en 1923. En esta época se vivificó el internacionalismo de una forma espléndida gracias a una batería de medidas de solidaridad, de debates teóricos, de propuestas políticas, etc., que reivindicamos.

Prácticamente la totalidad del capitalismo contemporáneo fue sometida a una implacable crítica durante los cuatro congresos que se realizaron hasta noviembre de 1922, y gradualmente comenzó a integrarse Nuestramérica en la estrategia revolucionaria mundial. Nos hacemos una idea del vigor de esta primera fase viendo cómo en menos de cuatro años extremadamente tensos se realizaron cuatro congresos vibrantes, en los que se decidió por ejemplo la creación del Socorro Rojo en 1922, red de organizaciones de ayuda internacionales

La segunda, desde entonces hasta el VII Congreso de 1935 estuvo marcada por el avance de la burocracia nacionalista gran-rusa en la URSS, por los debates internos en el partido, por las derrotas revolucionarias desde 1923, por la Gran Depresión de 1929 y por el auge del nazifascismo. Si comparamos estos doce o diez años de la segunda fase con los cuatro de la primera, vemos una ralentización pasmosa de la vida de la Internacional porque sólo se realizaron tres congresos en una década –el V en el verano de 1924, el VI en el verano de 1928, y el VII y último de toda su historia, en verano de 1935-, pero si se hubiera seguido el ritmo de la primera etapa se debieran haber realizado diez congresos en vez de tres. Se ha intentado justificar semejante parón con la excusa de las condiciones internacionales, pero ya para entonces la URSS tenía muchos más recursos que en la primera fase, el movimiento internacional era más amplio y, sobre todo, eran mucho más perentorias las necesidades de debate internacional.

La causa básica de la agonía de la III Internacional en esta su segunda fase no es otra que la degeneración burocrática en la URSS con la vuelta del nacionalismo gran-ruso disfrazado de internacionalismo, evolución argumentada con la tesis de que era posible crear el socialismo y luego el comunismo en un solo país. Tesis contraria a la teoría marxista sostenida hasta entonces y que, además, justificaba el que se supeditase la lucha revolucionaria mundial a la supervivencia de la URSS «patria del socialismo». En diciembre de 1930, en una carta a D. Biedni, Stalin oficializa esta tesis, remarcando en cursiva que la clase trabajadora rusa es el «foco» de la revolución mundial.

Tal deriva exigía abandonar por cualquier medio la estrategia de la primera fase, incluidas las aportaciones teóricas decisivas que la sustentaban. Rosa Luxemburg fue censurada y prohibida. El Testamento de Lenin ocultado. Se ralentizó al máximo la publicación de las obras completas de Marx y Engels. Se paralizaron los avances en la liberación de la mujer, en la sexualidad, en la cultura y en el arte, etc. El movimiento obrero y sindical tan potente en la huelga británica de 1926 fue obligado a negociar con la burguesía. En 1927 se obligó al PC de China a entregarse con las manos atadas a la burguesía del Kuomintang que lo destrozó. Se denunciaron las geniales aportaciones de Mariátegui en Nuestramérica.

Se minusvaloró hasta el suicidio la fuerza del nazismo, colaborando con él en algunas manifestaciones y mítines contra la socialdemocracia según la tesis de que el «social fascismo» era más peligroso que el nazismo, hasta que, ya tarde, en el VII Congreso se dio otro brusco giro al centro con la política del Frente Popular. Como en Gran Bretaña en 1926 y China en 1927, ahora ya definitivamente para todo el mundo, las fuerzas revolucionarias debían supeditarse a las «burguesías democráticas» para vencer al nazifascismo, posponiendo la revolución. El heroísmo de las Brigadas Internacionales en el Estado español de 1936-38 no pudo impedir la victoria fascista facilitada por el interclasismo del Frente Popular.

La fase final va de 1935 a la disolución de la III Internacional en mayo de 1943, dos años antes de que acabase la IIGM. Durante este tiempo fue un medio para legitimar las purgas internas en el exterior de la URSS porque para entonces la mayoría de los partidos comunistas ya estaban estalinizados. Un caso paradigmático lo tenemos en las purgas y asesinatos realizados por el PC español contra la izquierda revolucionaria en 1937, siguiendo las órdenes de Moscú: había que asegurar la alianza frente populista con la «burguesía democrática».

También sirvió para legitimar la fracasada invasión de Finlandia por la URSS; para justificar el pacto con el nazismo para repartirse Polonia; para obligar a los PC estalinizados a no luchar contra la ocupación nazi de sus países desde junio de 1940 hasta junio de 1941 una vez que Alemania atacó a la URSS, aunque sectores de base incumplieron esta orden; para exculpar a Stalin por su garrafal error estratégico al rechazar todos los informes de la inminencia del ataque alemán… La III Internacional fue disuelta muy poco antes de la crucial batalla de Kursk en el frente ruso en verano de 1943 para demostrar a los aliados capitalistas que la URSS no pensaba ya en la revolución mundial por lo que deberían aumentar la cantidad y calidad de ayuda militar que le enviaban.

La IV Internacional se fundó en el Estado francés en verano de 1938, en pleno ascenso del nazifascismo, de retroceso de los frentes populares francés y español, y de purgas en la URSS. La II GM se acercaba y pequeños grupos comunistas aceptaron la propuesta de Trotsky de crear la IV Internacional. Apenas tuvo tiempo para organizarse porque desde un principio sufrió duras persecuciones de las policías burguesas y de la III Internacional, la invasión nazi de Europa occidental le debilitó mucho y el asesinato en agosto de 1940 de Trotsky por órdenes de Stalin, fue su puntilla. Desde 1945 empezó a reorganizarse pero bien pronto se cuarteó en tendencias opuestas que se escindirían una y otra vez, en una especie de metástasis incontrolable.

Como hemos dicho, la III Internacional fue disuelta en 1943, reemplazada por la Kominform que actuaba abiertamente como la oficina de dirección desde Moscú de los partidos comunistas fieles a la URSS. Algunos pueblos recibieron ayuda soviética para luchar contra el imperialismo y activar su economía –Corea del Norte, Vietnam del Norte, Cuba, etc.- pero buscando supeditarlos a su mando para respetar a rajatabla la repartición del mundo con el imperialismo realizada a finales de la II GM. La abierta confrontación entre China Popular y la URSS desde mediados de los ’50 terminó por destrozar los restos del internacionalismo formado en la segunda fase de la III Internacional, la iniciada entre 1924 y 1935, precisamente cuanta más falta hacía la solidaridad plena entre las clases proletarias y los pueblos explotados que luchaban por su descolonización e independencia.

3.- HASTA EL PLAN CÓNDOR.

En efecto, justo entonces muchos pueblos del llamado «tercer mundo» buscaban cómo defenderse colectivamente del imperialismo. La Conferencia de Bandung de 1955, Indonesia, fue un inicio prometedor que bien pronto se debilitaría entre otras razones por la pugna entre la URSS y China Popular, pero fundamentalmente por la respuesta imperialista y por el miedo que tenían las clases dominantes de la mayoría de los países asistentes a que ese impulso internacionalista fuera la entrada al socialismo en sus respectivos Estados. Occidente instigó este miedo de clase y patriarcal, y a la vez lanzó programas de «ayuda económica y cultural» para «asegurar la democracia» en esos países.

Debemos insistir en el miedo patriarcal de las clases dominantes porque crecía la participación de la mujer trabajadora, campesina y pequeño burguesa concienciada en las luchas de liberación anticolonial, como se demostró fehacientemente en la Conferencia Afro-Asiática de Mujeres celebrada en El Cairo en 1961, por citar una reunión entre tantas de diversa índole sobre los derechos concretos de la mujer triplemente oprimida que se celebraban fuera de la estrechez egoísta del feminismo occidental. Fue en ese mismo año de 1961 cuando se reunieron en Belgrado muchos pueblos para crear el Movimiento de los Países No Alineados, que también impulsó los derechos concretos de las mujeres.

Sin embargo, la mayoría de estos esfuerzos loables y lógicos tenían debilidades internas que no podemos detallar, siendo una de las más importantes, si no la que más, el escaso desarrollo de la teoría internacionalista basada en el marxismo que se practicaba en la realidad extrema de las luchas antiimperialistas. Por razones obvias impuestas por el contexto sociohistórico mundial, lo que muchas de esas emancipaciones entendían por marxismo era reformismo socialdemócrata, o rusocentrismo economicista y etapista creado por el estalinismo o por sus versiones maoístas, o interpretaciones occidentalizadas del trotskismo, o modas académicas de un marxismo intelectualizado y despolitizado…, o una sopa ecléctica e insípida de algunas o de todas estas corrientes, o de más incluso.

Grosso modo expuesto, la revolución bolchevique, la china, la vietnamita, la argelina, la cubana, etc., se caracterizaron por lo que correctamente se ha denominado «marxismo nacionalizado», según el concepto de «nación trabajadora» empleado por Marx en El 18 de brumario de Luís Bonaparte, escrito entre finales de 1851 y comienzos de 1852. No podemos extendernos ahora en el por qué «marxismo nacionalizado» y «nación trabajadora» escandalizan a los doctrinarios mecanicistas eurocéntricos. Históricamente el desarrollo de lo universal del marxismo se ha realizado sólo gracias a su materialización en las particularidades regionales amplias y muy especialmente en los marcos concretos y singulares de los pueblos y Estados.

La libertad humana ha avanzado allí donde se ha sabido concretar lo universal en la singularidad de las luchas de clases en el interior de las contradicciones que identifican a los pueblos y naciones. Lo universal nunca aparece en forma «pura» y «limpia» porque entonces sería un universal hueco, vacío, sin contenido concreto, sino que lo hace mediante las «impurezas» de lo concreto particular y en especial de lo concreto singular.

Lo mismo debemos decir con respecto al internacionalismo: la ayuda mutua entre las clases y pueblos explotados, entre las mujeres trabajadoras ha sido total y efectiva allí en donde las necesidades y reivindicaciones universales se han plasmado y expresado en las necesidades singulares y concretas de los pueblos. Un ejemplo de libro lo tenemos en las luchas contra la ocupación nazifascista y militarista japonesa en la II GM. El internacionalismo proletario es inseparable de la solidaridad con la nación trabajadora oprimida dentro de la identidad antiimperialista del «marxismo nacionalizado». Pero, al margen ahora de sus evoluciones posteriores, el contexto que envolvía a la descolonización dificultaba sobremanera el avance del internacionalismo en su esencia, ahora descrita básicamente.

La solución vino fundamentalmente de Cuba: las dos declaraciones de La Habana en 1960 y 1962 respectivamente, así como la creación de la Conferencia Tricontinental en 1966, fueron sólo tres de los varios y decisivos avances teóricos y políticos sobre el nuevo internacionalismo que hacía falta en aquella época; pero lo fundamental era que esa teoría se sustentaba en una ingente y heroica lucha revolucionaria antiimperialista que abarcaba a todo el mundo, aunque con especial significado en Asia, Nuestramérica y África, como era lógico. La Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos debatida y aprobada en Argel en 1976 significó también otro paso cualitativo: Vietnam había derrotado a los EEUU sumergidos en una severa crisis socioeconómica y política. En 1973 la OPEP dio un ejemplo de independencia frente al poder imperialista, lo que le costaría muy caro pocos años después cuando Occidente pasó al contraataque.

Para hacernos una idea muy aproximada de la efervescencia internacionalista de la época, conviene saber que en 1974 la ONU aprobó la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, carta democrático-progresista impulsada por países no imperialistas, y por colectivos y movimientos sociales preocupados por el inicio de la salvaje contraofensiva imperialista que veremos. De hecho, Occidente despreció y ridiculizó esta Carta todo lo que pudo. Debemos recordar que ya para esos años, desde finales de los ’60 y agravándose en 1973-75, rugía la severa crisis socioeconómica que marcaba el final de los «treinta gloriosos» e iniciaba una fase incierta respondida por el capital con una contraofensiva generalizada. Ahora, a la altura de 2019, se puede decir que aquella crisis no fue resuelta en su totalidad, que pervivieron en las entrañas del sistema agudos problemas irresueltos que más tarde emergerían virulentamente.

En efecto, en septiembre 1973 los EEUU organizaron el golpe fascista de Pinochet contra el gobierno popular legítimo de Chile, dirigido por Allende. Se dice que así se inauguró el neoliberalismo, pero la verdad es más espeluznante. Pinochet era una tuerca más de la contraofensiva estratégica lanzada a nivel mundial por Occidente, como hemos dicho. Su éxito aceleró la puesta en marcha del Plan Cóndor en noviembre de 1975, que, como mínimo, asesinó a 50.000 personas, hizo desaparecer a otras 30.000 y encarceló a 400.000 en Nuestramérica. ¿Qué significó el Plan Cóndor para la evolución del imperialismo y del internacionalismo? ¿Fue una masacre más o abrió una nueva fase?

Antes las burguesías ya habías cometido masacres sangrientas como la matanza de Iquique en 1907, la Semana Trágica en Buenos Aires en enero de 1919, el sin fin de golpes de Estado y dictaduras militares, el Bogotazo y la década de La Violencia entre 1948-58 en Colombia, la matanza en la mexicana plaza de Tlatelolco en 1968…; o que estaban sucediendo durante ese momento como el genocidio guatemalteco de 1978-83 y un largo etcétera: un general guatemalteco formado en los EEUU aseveró que la «paz» se conquistaba matando al 30% de la población. Fue desde 1973-75 cuando se aplicó una contrainsurgencia estratégica global que era parte de la contraofensiva mundial. El llamado neoliberalismo era sólo una parte de ese plan de largo alcance destinado a derrotar a la humanidad trabajadora, a su internacionalismo creciente, para intentar abrir otra fase expansiva larga parecida a los calificados «treinta gloriosos» de las ganancias exorbitantes del capital, entre 1945 y 1975.

4.- HASTA EL PLAN CÓNDOR.

Llegados a este punto y para asentar lo que sigue, conviene hacer un rápido repaso de la evolución histórica de una de las constantes básicas del poder capitalista, el represivo en cada fase de su mundialización, sin la cual no se entiende nada de nada de las sucesivas formas de internacionalismo como respuesta a los cambios en las fases capitalistas. Es necesario hacerlo porque fue en la segunda mitad de la década de los ’70 cuando el imperialismo comenzó a transformar su doctrina represiva global, desde las disciplinas y castigos en lo económico, hasta la alienación masiva y la ideología reaccionaria e individualista en los cultural y normativo, pasando por nuevas contrainsurgencias de alta y baja intensidad con todos los recursos integrados, y potenciando el irracionalismo obscurantista, el terrorismo más criminal y el ataque sistemático a los derechos concretos.

El Plan Cóndor enseñó al imperialismo que esta nueva doctrina, sistema y estrategia represiva podía ser extendida al mundo entero una vez adecuada a las condiciones de cada país. Recordemos que, junto al terrorismo físico, junto a las torturas masivas, etc., también se implementó la guerra cultural y psicológica contra la izquierda, la «invasión de las ciencias sociales» elaboradas en los EEUU y Europa occidental a los centros de estudio y universidades –recordemos el Proyecto Cámelot-, la llegada se sectas cristianas que sumada a la reacción del Vaticano contra la teología de la liberación reforzaron el irracionalismo: años después semejante involución ética e intelectual serviría para debilitar electoralmente al confuso y ambiguo «socialismo del siglo XXI», muy mal llamado así, por cierto.

En 1983, justo tras la invasión criminal de la pequeña isla de Granada, el entonces presidente de los EEUU, R. Reagan, hizo esta estremecedora declaración: «Cien naciones de las Naciones Unidas no están de acuerdo con nosotros en prácticamente ninguno de los puntos relativos a nuestra intervención y eso ni siquiera ha perturbado mi desayuno» (J. Bricmont Imperialismo humanitario, El Viejo Topo, Barcelona 2008, p. 159). Palabras escalofriantes tanto por su sincera inhumanidad como por lo que anunciaban para el futuro de la estrategia imperialista: el desprecio absoluto a los derechos de los pueblos y a las instituciones internacionales, la mayoría de las cuales estaban total o parcialmente controladas por los EEUU. R. Reagan no descubría nada nuevo, se limitaba a reconocer con cínica tranquilidad la práctica imperialista de siempre, la más reciente en ese momento, y la que vendría después, continuidad que resumimos en estos siete hechos:

Uno, guerra de Afganistán desde 1978 hasta la actualidad para debilitar a la URSS y asegurarse un espacio geoestratégico de vital importancia contra Rusia y China Popular. Dos, la guerra de las Malvinas en 1982 contra Argentina y en apoyo a Gran Bretaña para controlar el Atlántico Sur. Tres, el decálogo de medidas socioeconómicas y políticas del Consenso de Washington ideado por el Departamento del Tesoro, el FMI y el Banco Mundial en 1989. Cuatro, el endurecimiento represivo contra la defensa de la Naturaleza, defensa inadmisible para el capitalismo que ya disponía de informes sobre la crisis socioecológica y de recursos escasos, represión al alza que se plasmó en el asesinato de Chico Mendes en 1988. Cinco, el ataque a Irak o Guerra del Golfo en 1990-1991 en la que los EEUU dirigieron una coalición invasora de más de treinta Estados. Seis, las guerras para destruir Yugoslavia entre 1991 y 2001 y afianzar a la OTAN en esa zona geoestratégica. Y siete, las dos guerras de Chechenia en la segunda mitad de los ’90 para intentar crear una cabeza de puente imperialista en el Cáucaso.

Sólo siete ejemplos de los muchos disponibles, de los que debemos extraer varias lecciones que siguen siendo válidas para el internacionalismo actual. Una de ellas es el entreguismo teórico, político y ético del reformismo académico occidental a la ideología burguesa de los derechos humanos abstractos, de las «intervenciones humanitarias». La casta intelectual y política cooptada por la fama y prebendas del sistema, atada por tanto a los salarios de los entes públicos y estatales y de la industria político-cultural, se lanzó a enturbiar primero y luego a negar la necesidad del internacionalismo e incluso la existencia del imperialismo con la abstrusa verborrea postmoderna y postmarxista. Lyotard sostuvo en otoño de 1990 que el marxismo era un «espectro que se ha desvanecido» por lo que la caída del Muro de Berlín y la Guerra del Golfo no podían ser comprendidas desde el marxismo.

La implosión de la URSS y su bloque entre 1989 y 1991 significó el fin irreversible del «internacionalismo» stalinista, pero también un profundo desprestigio para el internacionalismo de casi todas las corrientes marxistas. A la vez, el centroizquierda de Nuestramérica organizó el Foro de Sao Paulo en 1990 que era una fuerte licuación del internacionalismo de la primera fase de la III Internacional, la de 1919-24, pero que en aquél momento significo un esperanzador impulso. La resistencia de Cuba en su muy duro período especial y de otras luchas heroicas, la palestina y la colombiana, por ejemplo, seguían suscitando solidaridades radicales.

El fallido intento insurreccional bolivariano dirigido por Chávez en 1992 demostró que Venezuela avanzaba en el camino abierto por las insurrecciones populares del guarenazo y el caracazo en 1989, como se comprobaría a finales de los ’90. En los EEUU los motines de 1992 en Los Ángeles mostraron la solidaridad entre la clase trabajadora latina, la afrodescendiente, la coreana… frente a la dictadura burguesa anglosajona. La irrupción del EZLN mexicano en 1994 fue otro aldabonazo. Por si fuera poco, las movilizaciones y luchas obreras y populares se reactivaron a mediados de los ’90, como en otros países capitalistas importantes como Corea del Sur…

Como vemos, el internacionalismo verdadero se recuperaba en la olla a presión de la lucha de clases. Los fulgores de la Argentina a finales de 2001 anunciaban la derrota del golpe fascista de 2002 contra Venezuela, la enconada y ejemplar victoria sobre el imperialismo entre 2002 y 2004 en la batalla por PDVSA, y luego, sin descanso, la declaración socialista de Chávez en 2005, etc. Pero las fuerzas de centroizquierda y reformistas que controlaban el Foro de Sao Paulo iniciaron alrededor de ese 2005 una dinámica de expulsión de las organizaciones revolucionarias, como las FARC, lo que llevó a la creación de la Coordinadora Continental Bolivariana que recuperó los valores del internacionalismo más consecuente. Más adelante, la CCB avanzaría a ser Movimiento Continental Bolivariano.

La tercera Gran Depresión, iniciada en 2007 y extendida al resto del mundo desde 2010, es la causa de la intensificación de la brutalidad imperialista: Libia, Siria, Ucrania… son algunos de los países que sufrieron y sufren los golpes de los EEUU y sus aliados. Pero a diferencia de las fases de lucha de clases determinadas por las dos grandes depresiones anteriores, la de 1873 y la de 1929, ahora la de 2007 presenta contradicciones nuevas y ha agudizado las ya existentes. El imperialismo, pese a su incapacidad objetiva para conocer la lógica de las contradicciones del capitalismo, y por eso mismo no se dio cuenta de la Gran Depresión hasta después de su estallido, reaccionó sin embargo parcialmente en lo que mejor saber hacer: mejorar en lo posible su doctrina, sistema y estrategia represiva.

Tras la derrota de Vietnam en 1975, a la vez que aplicaba el Plan Cóndor y la contraofensiva mundial rápidamente descrita, el imperialismo se disfrazó de defensor de la ideología burguesa de los derechos humanos abstractos, abriendo una guerra «ética» para la que el estalinismo, el eurocomunismo y la casta intelectual no estaban preparados ni dispuestos. El internacionalismo tuvo que responder como pudo a este ataque aunque, según hemos visto, supo reaccionar desde finales de los ’80 precisamente aquí, en Venezuela, con los primeros levantamientos masivos contra la destrucción social generalizada en las ciudades de Guarenas y Caracas.

Sabedor de lo que estaba en juego por el espanto de la Gran Depresión de 2007, el imperialismo montó el teatrillo de conceder el Premio Nobel de la «paz» a finales de 2009 a B. Obama, entonces presidente de los EEUU, ampliando la guerra «ética» iniciada en la mitad de los ’70, como hemos visto. Ahora la respuesta internacionalista fue demoledora y al instante porque era tan descarada la maniobra que insultaba a la inteligencia. El debilitamiento del poder estadounidense fue aprovechado por el sector más reaccionario para llevar a D. Trump a la Casa Blanca a en 2016, reorientando la política interna y externa hacia una agresividad que raya la guerra nuclear en algunos momentos. En Nuestramérica, la ofensiva de Trump coincide con el retroceso del «socialismo del siglo XXI» y con el ascenso de la derecha más dura.

La razón básica de la derrota del «progresismo» es que, cuando pudo y tuvo que hacerlo, no se atrevió a tocar la propiedad capitalista, dando un vital tiempo de respiro y de contraataque a las burguesías envalentonadas; tampoco impulsó las movilizaciones populares, obreras y campesinas, sino que las sujetó y las supeditó a los límites muy estrechos del parlamentarismo; se limitó a las reformas abandonando la revolución, y aisló a las izquierdas combativas. Cuando, por la crisis, se hundieron los precios mundiales de las materias primas y energéticas y su demanda cayó, se desplomó la entrada de divisas y los gobiernos «del cambio» tuvieron pánico a girar a la izquierda. Como no habían combatido la corrupción de la burguesía y del Estado, ésta terminó penetrando en el reformismo, aislándolo del pueblo trabajador. El resto de la debacle es conocida.

Como efecto de desastre del «socialismo del siglo XXI», el internacionalismo quedó seriamente tocado, tanto más cuanto que la integración del sector oficial de las FARC en la asesina «democracia» colombiana reforzaba la creencia de que no tenía sentido ya un internacionalismo revolucionario, sino sólo uno tibio y melifluo, socialdemócrata de corbatas y congresos. Pero de nuevo, la ferocidad yanqui contra Venezuela, Cuba, Nicaragua, y los intentos contra Bolivia…; la demostración de que la derrota «progresista» no había supuesto la derrota total de las clases trabajadoras, con la recuperación de las luchas en Colombia, Honduras, Paraguay, Chile, etc., y la victoria de AMLO y de López Obrador en México, han reavivado las esperanzas.

Además, el ahondamiento de la crisis general, y la certidumbre de que hay que derrotar a Guaidó, Macri, Bolsonaro, Piñera, Duque, Abdo Benítez, Orlando Hernández…, todo ello está reactivando un internacionalismo más crítico con el pasado, más lúcido que nunca antes porque sabe que nunca antes el imperialismo ha estado tan determinado a vencer a cualquier precio por la simple razón de la gravedad de los problemas que minan el poder capitalista. Vamos a exponer lacónicamente los más graves:

Las dificultades insuperables hasta ahora para reiniciar otra fase larga e intensa de grandes tasas de ganancia; los crecientes gastos en capital constante; la tendencia a la baja de la productividad del trabajo; la deuda mundial creciente y el imparable descontrol del capital especulativo y ficticio; el aumento de la economía sumergida, del capitalismo «criminal» y las dificultades para controlar los paraísos fiscales; la militarización desbocada con el despilfarro que le es inherente; el agotamiento de recursos vitales; el calentamiento climático y la crisis socioecológica en su generalidad; la agudización de las tensiones interimperialistas y las crisis de dirección política en las burguesías occidentales; la polarización de la lucha de clases entre el capital y el trabajo…

Estas y otras realidades interactúan con bastante simultaneidad aunque en problemáticas sociales específicas pero interrelacionadas en la totalidad capitalista. La efectividad de la solidaridad internacionalista depende de su capacidad para entender, además de lo complejo del problema, también cómo ayudar a enfrentar las opresiones imperialistas más sangrantes e insufribles en cada contexto sociohistórico. Veamos al menos seis de esas opresiones: la esclavitud infantil, la opresión de la mujer trabajadora, la sanidad, la tecnología, las finanzas internacionales, y las identidades.

Es cierto que ninguna de estas opresiones es «nueva» en su cualidad histórica, pero sí es verdad que en el imperialismo actual adquieren nuevos significados y sobre todo tienen mucha más importancia económica y política. Un ejemplo de ello lo tenemos en la alianza estratégica subterránea entre la burguesía mexicana y la yanqui para derrotar el ascenso de la lucha de clases transfronteriza, para «ordenar» y rentabilizar en todo los sentidos la oleada migrante incluidos los métodos criminales, para reforzar el narcotráfico aparentando que lo combaten, para proteger la impunidad de sicarios y matones de sus grupos patronales y de los negocios «oscuros» denunciados por la autoorganización de las clases trabajadoras, para cortar de raíz el aumento de la solidaridad internacionalista con y entre el Caribe y Venezuela en concreto y Nuestramérica en general.

Acuerdos idénticos en lo esencial existen entre burguesías de Nuestramérica bajo el mando estratégico de los EEUU, al margen de sus declaraciones cínicas: recordemos lo dicho sobre el Plan Cóndor. Pues bien, este método de estudio del imperialismo nos descubre la unidad interna de los cinco ejemplos que vamos a analizar y su funcionalidad creciente para el avance del imperialismo. Y a la vez, nos permite ampliar los contenidos prácticos del internacionalismo proletario. Deliberadamente hemos dejado fuera de nuestra exposición todo lo relacionado con la guerra económica de cerco y ahogo de un pueblo porque, siendo la principal y tan constante en la historia, es la más conocida y estudiada.

5.- CINCO EJEMPLOS ACTUALES

5.1.- Esclavización de la infancia y adolescencia.

La urgencia por multiplicar los beneficios lleva a las burguesías al neoesclavismo infantil y juvenil en todos los sentidos. En octubre de 2016 Europol reconoció que ya ascendían a más de 10.000 las niñas y niños migrantes desaparecidos en los Estados bajo su control: en estos últimos dos años y medio el número no ha hecho sino aumentar. En los EEUU se multiplican las denuncias sobre desapariciones y sobre violaciones y maltratos a la infancia aún no desaparecida, y alrededor de 13 mil niños están presos bajo custodia de las autoridades federales, una cifra cinco veces mayor a la registrada en mayo de 2017, de acuerdo con el diario The New York Times.

En mayo de 2018 El Gobierno yanqui reconoció que había perdido la pista de casi 1500 niños acogidos en hogares para migrantes. En marzo de 2019 se ha sabido que entre 2014 y 2018 ha habido 4.556 denuncias de violaciones a niños y niñas en los centros yanquis de «protección de la infancia» migrante sitos en la frontera con México. ¿Cuántas violaciones no son denunciadas por miedo a las represalias, o por estar invisibilizadas en organizaciones de esclavismo infantil, en la industria sexual burguesa…?

El imperialismo es el responsable de la sobreexplotación global de la infancia y adolescencia migrante, pero también es responsable de que Estados debilitados y empobrecidos por la lógica capitalista mundial recurran a la explotación esclavista de su infancia. Este, por ejemplo, es el caso argentino en donde, según la OIT, el 16% de los menores de 5 a 15 años trabajan para un patrón, porcentaje que sube al 40% en el caso de los adolescentes de 16 y 17 años. Según el mismo organismo en el año 2017 había 218 millones de niñas y niños que realizan alguna actividad productiva en el mundo, de los cuales el 70 % forman parte del trabajo infantil y cerca del 50% realiza trabajos peligrosos. Según otro informe de julio de 2018 cifraba en 40,3 millones de personas sufriendo neoesclavismo, de las cuales el 71% del total son mujeres y niñas, 10 millones son niños y niñas, 24,9 millones empleadas en trabajos forzados, 15,4 millones son esposas forzadas, y 4,8 millones explotadas sexualmente. Pero la realidad siempre supera a las estadísticas.

En todos estos casos, sea migrante o no la infancia y adolescencia agredida, los delitos sexuales, violaciones, etc., son muy frecuentes y más aún en instituciones autoritarias y cerradas, con alto grado de impunidad como es la Iglesia y su pederastia congénita. Por ejemplo: la mitad de los delitos sexuales son cometidos contra niñas y niños: en el Estado español, estos ataques han aumentado un 30% desde 2012.

5.2.- Sobreexplotación de la mujer trabajadora.

La esclavización creciente de la infancia conlleva y exige la sobreexplotación de la mujer trabajadora en cuanto instrumento de producción único. El grueso de la tasa media de beneficio mundial lo obtiene el capitalismo de la explotación de la fuerza de trabajo de la mujer. La crítica marxista del capitalismo demuestra también que éste no puede conocer su verdadero proceso interno, cree que el efecto, el dinero y la mercancía, es realmente la causa de su poder, es decir la plusvalía, cuando es a la inversa: la explotación asalariada en pos del beneficio máximo en el menor tiempo posible y sin reparar en las consecuencias destructoras a medio plazo es la verdadera razón de su existencia irracional. Tenemos el ejemplo del método para evaluar el Producto Interior Bruto que deja fuera multitud de realidades injustas y a la vez las oculta, como la fuerza del sistema patriarco-burgués.

Tal incapacidad más las innegables críticas del feminismo revolucionario han llevado a la Unión Europea a dejar de medir el PIB desde finales de 2017, aunque estudios más rigurosos ya indicaban entonces que el trabajo invisibilizado de la mujer aportaba nada menos que el 45% del PIB de la Eurozona. Lo más significativo es que se decidió indexar los beneficios extraídos de la prostitución y del narcocapitalismo, en la medida en que ello fuera posible. De este modo queda al descubierto la ligazón interna entre el imperialismo y la explotación de la mujer por medio de las mafias, del lavado de capitales, de las conexiones con las policías y servicios secretos, de las conexiones con la industria sexual que acompaña a los ejércitos imperialistas, de las mafias de tráfico de órganos, etcétera.

Por todo esto, que supera con creces a la imaginación más calenturienta, debemos pensar que son cifras por debajo de las verdaderas porque existe una economía sumergida y por ello inaccesible a la contabilidad burguesa. En el Estado español, la cifra más aproximada dice que supone el 23% del PIB, aumentando en verano con el descontrol de la industria turística: el fisco español deja de ingresar al año unos 70.000 millones-€ por la invisibilidad de ese 23% de la economía. Además, se estima que el 61% de la fuerza de trabajo mundial está explotada en la economía sumergida, en la que apenas hay derechos o no existen en absoluto. Pero en la economía visible la mujer viene a cobrar entre un 20% y un 30% menos que el hombre, o algo menos de 5.800 euros anuales por el mismo trabajo realizado por el hombre. Desde el 10 de noviembre de 2018 y hasta el 31 de diciembre de ese mismo año, las mujeres del Estado español trabajaron gratis para el capitalismo, y en Europa lo hacen 59 días al año,

Muy frecuentemente, la mujer trabajadora y especialmente la joven y/o migrante debe aceptar con resignación las insoportables condiciones de la economía sumergida, submundo en el que la indefensión puede llegar a incapacitarle para resistirse a las variadas violencias, acosos y chantajes sexuales, y sobre todo a denunciarlos por miedo a perder el trabajo. La impunidad patriarcal en este submundo se une a su impunidad en la falsa «vida privada» de la familia, en la que las violencias físicas y psicológicas son difícilmente denunciables, excepto en algunos pocos casos extremos.

Si además a estos obstáculos le sumamos la ideología reaccionaria del grueso del aparato judicial y policial, la presión de la prensa machista y de la religión, la hiper sexualización del marketing y la creciente presencia de la pornografía, comprendemos que el envalentonamiento del sistema patriarco-burgués a la hora de afirmar que apenas existe violencia contra la mujer, y al decir que también hay la misma violencia de la mujer contra el hombre.

Sin embargo, los datos niegan esta mentira: en enero de 2019 se dio a conocer un informe en el Estado español que demostraba que en los últimos cinco años se han dictado 259 sentencias por asesinatos de mujeres frente a 47 de hombres por violencia de género. Otro informe más extenso en el mismo mes demostraba que en los últimos 8 años han sido asesinadas más de 500 mujeres frente a sólo 67 hombres, y que sólo son falsas el 0,01% de las denuncias de violencia machista realizadas por mujeres. No es necesario decir que la realidad es peor porque la dominación machista logra ocultar gran parte de su terror: y tampoco hace falta decir que la realidad es mucho peor allí donde el patriarcado actúa con menos controles o es cuasi impune.

5.3.- Guerra sanitaria y destrucción de la vida.

El esclavismo infantil y juvenil y el imperialismo patriarcal, la explotación de sexo-género en todas sus formas, son necesarios para aumentar las ganancias burguesas, pero cuando los pueblos se resisten el capital aplica métodos más salvajes como el cerco sanitario. Obedeciendo a los EEUU, y defendiendo también sus intereses subimperialistas, el reino de España ha dañado la salud del pueblo venezolano prohibiendo en el aeropuerto de Barajas la salida hacia Venezuela de 200.000 unidades de medicamentos contra la tensión arterial y la diabetes, medicinas imprescindibles compradas en Qatar, a donde han sido devueltas por el Estado español.

En realidad, la salud de un pueblo se daña con todas las medidas que atentan contra sus condiciones de vida y trabajo, de felicidad y del desarrollo cualitativo de sus potencialidades. Uno de los ataques más destructores de la salud de un pueblo es la invasión militar, y luego el recorte de su independencia práctica reduciéndola a simple independencia formal. El ejemplo del deterioro de la salud de la clase proletaria y del pueblo griego por efecto de las presiones de euroalemania, es incuestionable.

Macri accedió al gobierno de Argentina en diciembre de 2015, casi de inmediato empezó a favorecer los intereses de la farmaindustria yanqui y en sólo medio año, para verano de 2016, había intensificado el desmantelamiento del ya enclenque sistema de salud pública porque el gobierno neoliberal de Menen en los ’90 lo había privatizado considerablemente. La salud empeora en Argentina, pero también en Brasil donde nada menos que 44 millones de empobrecidos y sobreexplotadas van a quedarse sin los excelentes 9000 médicos cubanos porque el neofascista Bolsonaro así lo ha decidido. Este ataque frontal a un derecho concreto –derecho socialista- como es el de la salud, está agravado por la política de sometimiento a los EEUU, una de cuyas transnacionales más poderosas, la Ford, ha decidido condenar al desempleo como mínimo a 27.000 trabajadoras y trabajadores al cerrar una de sus empresas en Brasil.

El desempleo, la desindustrialización y el empobrecimiento dañan la salud humana no sólo porque facilitan la economía sumergida y el terrorismo empresarial o «accidentes de trabajo», sino porque también aumentan la tasa de suicidios, las psicopatologías, la violencia patriarcal, el consumo de drogas legales e ilegales, la delincuencia… En el Estado español, los suicidios en 2017 aumentaron un 3,1% con respecto a la tasa de 2016, y en la lista de los diez fármacos más consumidos en 2018 el primero es un analgésico, y entre los nueve restantes se incluyen tres más porque todo vale para reducir el destrozo psicosomático capitalista. La privatización de la sanidad española está multiplicando las ganancias de las cinco transnacionales de la salud que campan a sus anchas por el Estado.

Por el contrario, Bolivia demuestra que la independencia sanitaria va unida a la sociopolítica: en 13 años se ha reducido a la mitad la pobreza extrema y se avanza en mejoras significativas en la salud pública, todo ello gracias a la inversión más alta de Nuestramérica con un 12,5% del PIB frente al 6% del PIB colombiano. No es de extrañar que los EEUU, que ya dominan Colombia, quieran apoderarse de Bolivia cuanto antes no sólo para quedarse con sus recursos –litio, entre tantos otros- sino también para destruirla como ejemplo. La independencia sociopolítica y sanitaria es vital para asegurar la independencia educativa y cultural: Siria puede ahora ganar la guerra educativa volviendo a crear escuelas para los 3 millones de niños y niñas que han visto destruidos sus centros de estudio por el odio del imperialismo a la cultura.

Pero la forma más inhumana de la guerra contra la salud es la «guerra alimentaria», una de cuyas plasmaciones más insoportables es el genocidio estratégicamente planificado que lleva el imperialismo contra el pueblo del Yemen, condenado porque vive en una de las regiones más geoestratégicas del mundo –el estrecho de Omán en el Cuerno de África- y posee muchos recursos energéticos. En octubre de 2018 el 75% de la población sufría hambre, más de 8 millones necesitaban ayuda urgente, los bombardeos habían reducido la pesca y las tierras cultivables al 50% con una reducción de los alimentos agrícolas de entre el 20% al 61%, mientras que la ganadería ha desaparecido casi del todo.

5.4.- Imperialismo eco-turístico y desarraigo.

El litio y otros minerales raros e imprescindibles no son los únicos recursos por los que el imperialismo ataca o presiona a un país y al mundo. Trump ha exigido al «Big Oíl» o grandes petroleras, que cierren filas alrededor de su estrategia mundial de «guerra por el petróleo», y ha exigido a los Estados que le obedecen admitiendo bases yanquis en su territorio, que paguen ellos parte de su mantenimiento. Además, forzado por la urgencia de aumentar los beneficios, el capitalismo crea nuevos negocios que se solapan y entremezclan entre ellos.

Aparte de la devastación sistemática, del estractivismo, etcétera, la industria turística y el ambientalismo progre son dos ramas económicas cada día más rentables, a pesar de que en 2018 fueran asesinadas 247 personas por defender la naturaleza. La industria turística es una plaga extremadamente dañina que destruye las culturas de los pueblos al mercantilizarlas como suvenir barato. Recientemente, un norteamericano ha pagado 110.000-$ por matar en Pakistán una cabra Astor Markhor,animal totémico pakistaní, uno de los 2500 ejemplares que sobreviven en el mundo según el censo de 2011. Aunque el gobierno permite la caza controlada de algunos ejemplares, la reacción popular ha sido furibunda, como era de esperar, porque lo ha sentido como un golpe a su identidad profunda, preislámica incluso.

Es sabido que el imperialismo turístico no se detiene ante nada, y menos cuando integra el racismo cientifista como es el caso de las famosas fotografías obtenidas de uno de los raros leopardos negros. La opinión keniata ha denunciado el racismo occidental por haber propagado que un turista blanco había obtenido la mejor y tal vez la única fotografía de este bello felino, cuando los nativos ya lo habían hecho con anterioridad. Lo grave es que el imperialismo turístico usa ese debate como marketing para su negocio de la «caza fotográfica», supuestamente respetuosa. Pero la realidad es mucho más cruda porque al margen de la propaganda, desde 1970 se han eliminado más del 60% de mamíferos, aves, peces y reptiles.

Un ejemplo de imperialismo turístico lo tenemos en la organización ecologista WWF –patrocinada por las monarquías británica y española, entre otros poderes imperialistas- que ha falsificado informes presentados a la Unión Europea sobre el impacto de la industria turística en las formas de vida de la población local de una amplia zona del Congo, sobre todo los cazadores-recolectores Baka de Messok Dja. La población se niega a que sus tierras sean convertidas en un «parque nacional». La población denuncia el trato violento que reciben de los guardas privados, las prohibiciones impuestas al uso ancestral de los bienes comunes de los bosques, campos y ríos. El pueblo al que llamamos «pigmeo» ya había denunciado a finales de 2018 a esta organización WWF por sufrir ataques de sus bandas de matones a quienes se resisten a sus proyectos «ecologistas».

En sus comienzos en los años 60 y 70 del siglo pasado, la industria turística estaba centrada casi exclusivamente en los países imperialistas y en los Estados europeos menos enriquecidos como los del sur de Europa, y no había desplegado apenas su potencial destructivo, aunque ya lo anunciaban. Fue a partir de la política de liberalización de capitales desde mediados de los ’80, junto al impacto de las nuevas tecnologías de la información y al desarrollo de la aviónica, que se disparó la industria turística, correctamente denominada «peste blanca». Pero hizo falta otra innovación: la ideología individualista y racista del supremacismo blanco inherente al neoliberalismo, que hizo que la industria turística pasase a ser un imperialismo turístico que exigía y exige a los pueblos que lo padecen que devalúen su cultura nacional, popular, para que sea agradable, consumible, para y por los visitantes.

Cuando los capitales especulativos que recorren el planeta buscando dónde pueden carroñear, vieron el suculento negocio de la caza «sostenible», con todo lo que implica de hoteles, comercios, transporte, servicios, prostitución, drogas y diversión, se pasaron al «ecologismo». Esa industria pasó a ser imperialismo eco-turístico: su paradigma es la fotografía del rey emérito español matando elefantes mientras su país estaba aplastado por la crisis, el mismo rey que intentó prohibir el derecho de expresión al comandante Chávez.

El imperialismo eco-turístico, o simplemente hotelero, exige a los «mercados», a los pueblos que explota, que ofrezcan la «seguridad» suficiente para que el negocio sea rentable, les garantice la «paz» que sus clientes necesitan para sus diversiones y gastos, es decir, que controlen o repriman la lucha de clases, que oculten la miseria y la pobreza, que den una imagen externa adecuada a la ficción que el turista busca y que el márquetin le promete. No han faltado amenazas de intervención o de sanciones jurídicas y económicas del imperialismo a los «mercados turísticos» con la excusa de que han tratado mal a sus compatriotas que ejercitan el «derecho a consumir» turismo.

5.5.- Guerra cibernética y electrónica.

Si el imperialismo eco-turista no puede sobornar ni derrotar a los pueblos, entonces el capital recurre a violencias superiores. La guerra cibernética y electrónica contra Venezuela son dos tácticas y métodos diferentes pero unidos en el hecho de que se realizan con las más modernas tecnologías científicas e integran actualizaciones de última hora de métodos clásicos como la guerra psicológica, el chantaje religioso, la manipulación afectiva y emocional más primaria, etc., con ayuda de sabotajes terroristas que destruyen infraestructuras vitales para la salud y la vida del pueblo atacado, como es el caso de los ataques criminales a la red eléctrica venezolana.

En 2017 el Ministerio de Defensa de Gran Bretaña abrió un concurso para estudiar la manipulación del comportamiento humano según las necesidades más recientes de la guerra cibernética, de la estrategia geopolítica, de acciones encubiertas y no encubiertas «dentro del Estado de derecho», avanzando en un plan elaborado en 2010, que contactó con psicólogos, filósofos y teólogos para que ayudaran a mejorar la guerra psicológica. Cambridge, prestigiosa universidad pública, pero de élites burguesas, junto con Frazer-Nash Consultancy poderosa industria militar privada, presentó uno de los mejores cuatro proyectos de investigación, avalado por la Escuela de Artes y Humanidades y la Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales, y por médicos famosos. Cambridge adornó su propuesta con una intensa propaganda dirigida a anular las dudas y críticas internas de sectores de la universidad que rechazan la militarización del saber. Al final tuvo que retirar la propuesta, lo que no significa que rompiera todos los lazos con la tecnociencia militar privada y pública. La universidad de Lancaster también se presentó al concurso y también se retiró.

La guerra cibernética y electrónica, que también sirve para la minuciosa vigilancia de las clases y naciones explotadas, de las izquierdas revolucionarias, necesita de sofisticadas redes integradas en una central de mando escondida en las cloacas del imperialismo. El ataque terrorista de agentes surcoreanos dirigidos por la CIA estadounidense a la embajada de Corea del Norte en Madrid, el pasado 13 de marzo, para acceder a información secreta decisiva, es un ejemplo de libro sobre el accionar de pequeños comandos. Los EEUU, que controlan el 57% de la venta de armas en el mundo, y tienen una red gigantesca de bases oficiales y camufladas presente en el 75% de los Estados, necesitan asegurar su monopolio de la violencia, lo que le ha llevado con la ayuda de Canadá a atacar a la empresa china Huawei, la más avanzada en la tecnología 5G, relacionada con estas formas de guerra.

La importancia de todo esto radica también en los lazos entre los ejércitos oficiales y los privados, las empresas militares que han vuelto para quedarse y que se remontan a los condotieros de entre los siglos XIII y XIV al XVI, y luego las compañías comerciales de los Estados coloniales con sus ejércitos privados, aunque controlados por las monarquías. Las potencias imperialistas que intentaron aplastar las luchas anticoloniales, recurrieron a grupos mercenarios. La primera guerra de Afganistán desde 1978 vio la aparición de talibanes organizados por los EEUU. La excusa perfecta para el nacimiento oficial de los ejércitos privados fue el 11-S de 2001.

Desde entonces, su número, su poder y sus relaciones con los aparatos de Estado y con las grandes corporaciones, con el narcocapitalismo y los terratenientes –Colombia es el paradigma- no han hecho sino aumentar. La segunda guerra de Irak les dio el impulso definitivo, y para 2008 había en este país más mercenarios que tropas regulares, con un gasto gigantesco que llegaba al 20% del total desembolsado por los EEUU entre 2003 y 2007. La aniquilación de Libia fue también un negocio redondo para estos criminales, pero fracasaron en Siria, y ahora aumentan sus ataques a Venezuela, donde también fracasarán.

(Fuente: La Haine / Autor: Iñaki Gil de San Vicente)

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