El color del flamenco

Hace unas semanas, un grupo de intelectuales y activistas gitanos y gitanas se dirigieron a los grupos parlamentarios andaluces a fin de instar una declaración institucional para el reconocimiento del elemento gitano en el flamenco. Alertan que el flamenco está sufriendo un “descafeinamiento y blanqueamiento” en los últimos años. No reivindican la paternidad exclusiva del flamenco pero sí el reconocimiento del pueblo gitano como uno de los padres fundamentales del flamenco.

Las reacciones entre los flamencólogos y otra intelectualidad paya cercana al flamenco no se han hecho esperar y la iniciativa se ha tachado de tontería, poco seria, innecesaria, y fruto de los celos de los gitanos. Pero lo más alarmante, leyendo las críticas, es que se ha entendido como una pretensión de reivindicar la autoría exclusiva del flamenco por parte de los gitanos a pesar de que la iniciativa remarca que lo que se quiere es un reconocimiento de la aportación gitana. Esto de dar por hecho que los gitanos y gitanas se quieren reapropiar de cosas que no son suyas es un triste estereotipo a superar.

El debate sobre la paternidad del flamenco viene de largo. Existen numerosos estudios históricos y etnomusicólogos que bucean en las raíces castellanas, negras, sefardíes, moriscas y gitanas del flamenco. Hasta donde yo sé existen más investigaciones de las cuatro primeras que de las gitanas. Esta última se presume que se da por supuesta y existen más investigaciones que intentan desmontarla que acreditarla. De hecho existen las, desafortunadamente llamadas, tesis gitanistas y antigitanistas del flamenco.

– Las tesis gitanistas son las que dan un protagonismo principal o exclusivo a la aportación gitana en el flamenco. El mairenismo (de Antonio Mairena) es la que más ha contribuido a ella. Estas tesis se pueden enmarcar dentro de la estrategia del poder político de identificación de lo gitano-flamenco con lo andaluz y esta a su vez con lo español que se lleva a cabo desde finales del S.XIX hasta el tardofranquismo en pos de la mercantilización y la reapropiación de la identidad gitano-andaluza.

– Las tesis (desafortunadamente llamadas) antigitanistas abogan por la desmitificación del factor gitano-andaluz en el flamenco. Los estudiosos de estas tesis reivindican la necesidad de hacer justicia histórica y social al flamenco y desempolvar la verdad: “que los payos también cantan y han cantado siempre”. Aquí encontramos de todo, algunas hipótesis más moderadas, respetuosas y bien fundamentadas y otras de quienes han hecho el objeto principal de su militancia flamenca la continua supremacía del cante payo sobre el gitano. Ejemplo de este último es la afirmación de Tomás Andarade de Silva, profesor del Conservatorio Real de Madrid, que mantuvo que los gitanos han sido meros intérpretes sin ninguna tradición musical ni cultural y que llegaron “mudos” a estas tierras.

No voy a entrar yo en el debate del gitanómetro del flamenco, como tampoco entran quienes hacen la propuesta del reconocimiento de la aportación gitana. Verdaderamente es una discusión estéril, imposible de acreditar fehacientemente, pues, al ser el flamenco un conocimiento vernáculo, no han quedado registros escritos suficientes para conocer los porcentajes que tiene de gitano y, salvo que viajáramos en el tiempo, no podemos esclarecerlo con certeza.

Lo que sí sabemos es que el flamenco nace en Andalucía, hay quien afina más y dice en el Bajo Guadalquivir. Nace en comunidades marginales, gran parte racializadas y excluidas socialmente. También sabemos que, desde los primeros documentos escritos sobre el flamenco, ya aparecen gitanos y gitanas, que tiene una manera de interpretación propia y que han sido quienes mejor han guardado el ascua del cante hasta hoy. En la actualidad la transmisión del flamenco fuera de los circuitos comerciales, es decir en los núcleos familiares, es muy escasa excepto en las familias gitanas. Cada vez es más difícil encontrar a alguien que haya aprendido compás, cante o baile en su familia y no en una academia, salvo en las familias gitanas.

Siendo así las cosas, me gustaría darles un consejo a quienes cargan con fuerza contra esta propuesta del reconocimiento de la aportación gitana al flamenco, o a quienes han hecho el objetivo de su militancia flamenca el desmontar las tesis gitanistas y mairenistas.

Su labor puede ser justa, necesaria y merecedora de respeto siempre que sea respetuosa, pero han de saber que ustedes no hacen estas críticas en un laboratorio o en una burbuja aislada de la sociedad. Cuando hacen estas críticas se están situando en un contexto socio-económico determinado. Cuando se habla de lo gitano en el flamenco no puede estar separado de lo que representa el concepto gitano en el resto de la sociedad. En 500 años se han dictado 250 leyes con el objetivo de perseguir y exterminar a la población gitana del Estado español. La última ley contra los gitanos se abolió en en 1986 y en la actualidad, fruto de esta persecución y genocidio, una gran parte de la sociedad gitana vive en la exclusión social todavía en pago de su resistencia a doblegarse a las imposiciones sociales. Un contexto donde las encuestas dicen que el gitano es más repudiado como vecino que cualquier otra etnia y una real academia española de la lengua que define una de las acepciones de gitano como trapacero.

Es en este contexto donde ustedes abanderan sus tesis antigitanistas del flamenco. Y se preguntarán qué tendrá que ver una cosa con otra. Pues se lo intento explicar. Ustedes están situados en una situación privilegiada, son blancos y además sus discursos sobre el flamenco se construyen sobre los saberes académicos reconocidos como los únicos válidos. Sus discursos influyen, marcan tendencia porque son hegemónicos. Tienen que tomar conciencia de su posición privilegiada y ser responsables en sus opiniones antigitanistas. Cuando hablan de la injusta reapropiación del flamenco por parte de los gitanos, revísense y valoren cuánta influencia tiene en su opinión la ideología del gitano como trapacero.

Dirán que no son racistas, y yo no se lo voy a discutir, pero si no lo son anden con pies de plomo cuando lanzan sus soflamas periodísticas antigitanistas en el flamenco. Sean moderados en sus insultos, no utilicen la ironía y traten estos asuntos con seriedad y respeto porque pueden, sin querer, estar apuntalando los pilares del racismo institucional contra el pueblo gitano. Ese antigitanismo institucional que hace que existan cosas como la acepción de “trapacero” para definir gitano en el diccionario, y que el 35% de población penitenciaria femenina sea gitana en este país, entre otras muchas cosas. Porque lamentablemente sí tiene que ver una cosa con la otra.

También hay quienes han tachado de racista la propuesta de estos intelectuales gitanos y gitanas desde un absoluto desconocimiento de lo que es el racismo y de cómo opera. El racismo es un dispositivo de control institucional que apuntala los privilegios de una parte de la población sobre la opresión de otra parte en base a su raza, procedencia, religión o condición. El racismo se da desde arriba a abajo, desde los privilegiados a los oprimidos. El rechazo o la no tolerancia de negros a blancos, de indígenas a colonos o de gitanos a payos no se llama racismo, será otra cosa pero no racismo. Dependiendo del contexto se puede, incluso, llamar justicia social.

Hablar del blanqueamiento o el descafeinamiento del flamenco no es racismo. Significa alertar sobre cómo el flamenco se está convirtiendo en una mercancía, en un producto de consumo desprovisto de todo el discurso social que encierra. El flamenco, más allá de lo musical, es una filosofía de vida, una posición en el mundo que nace de la opresión, de los márgenes, de aquellos que quedan fuera del orden vigente. El orden económico, una vez más, es capaz de venderlo todo, de desvestir de su condición social al flamenco y comercializarlo. Su blanqueamiento es la pérdida de su condición de raza y clase.

Por último, habrá quien diga que no hace falta este reconocimiento institucional a las raíces gitanas del flamenco, y que estas aspiraciones nacen del victimismo gitano. A quienes hablamos de vulneraciones históricas y actuales a los Derechos Humanos de la población gitana suelen llamarnos victimistas muchas veces. Sin embargo no es victimismo es una aspiración legítima de justicia y reparación social.

Léase esto sabiendo que yo no escribo de flamenco, eso se lo dejo a otros, yo escribo de gitanos y de racismo estructural. Ser un flamencólogo amante de la gitanería es más que amar una forma de interpretar el arte, un compás y una gracia, es hacerse cargo de una historia de persecución y exterminio de un pueblo cuyas consecuencias duran hasta nuestros días. Contra el racismo estructural los necesitamos de nuestro lado, no en frente.

(Fuente: El Salto / Autora: Pastora Filigrana García)

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