Catalunya: La Presidencia telemática

Desconozco si la mecánica legal del Parlament permite investir a un president vía Skype o haciendo uso de palomas mensajeras, y me da una pereza terrible investigarlo, porque en España ya hace demasiado tiempo que eso de la ley guarda poca relación con la cosa práctica y el bienestar de los homínidos.

Mis compatriotas yanquis, que tienen un sentido general de la vida mucho más utilitarista y bonito, permitieron que el año 2012 el republicano Dan Sullivan renovara el cargo de alcalde de Anchorage (la ciudad más importante y poblada de Alaska) dirigiéndose a su city council por vía telemática, y no porque el hombre en cuestión estuviera en la trena, sino porque tenía que ir a Hawái para visitar a la familia de su mujer en un viaje que había preparado meses antes de la sesión municipal en cuestión: eso de plantar la ciudad que te escoge de nuevo para ir a ver a la suegra, no me lo negaréis, merece toneladas de aplausos.

En cualquier caso, el surrealismo de una investidura telemática no es menor al hecho de que Catalunya haya podido gobernarse a distancia en manos de un partido que a penas llega a tener cuatro diputados en el Parlament y cuya residualidad se expresa perfectamente en la triste figura de Enric Millo.

De hecho, si de algo ha servido el proceso de independencia que terminó castrado cuando nuestros líderes políticos acataron el artículo 155 es para manifestar que la Generalitat siempre será una administración intervenida, si no es que se aplica el resultado del 1-O de forma unilateral y resistiendo la más que segura respuesta violenta del Estado. Por mucho que se restituya un gobierno legítimo de la Gene, con la consiguiente fuerza simbólica, este será esclavo de la judicatura española: las últimas deserciones de Mas y Forcadell, y las declaraciones con la cabeza gacha de Sànchez y Cuixart así lo confirman.

Por mucho que algunos independentistas crean lo contrario, que la mayoría de políticos sub judice que estarán en el Parlament hayan acatado el 155 y adjetivado como simbólica o retórica la declaración de independencia no es un hecho meramente estratégico (es decir, no es un simple alehop contra la propia moral que les valdría para evitar la prisión), sino un compromiso que tendrán que mantener ante la judicatura española y el aparato político que la dirige mientras ejerzan.

En este sentido, que se invista a Puigdemont (o que el president mantenga el poder simbólico del cargo en el exterior) es la única opción que le resta al independentismo para vivificar la llama de la astucia. Pero sea investido o no, el problema de fondo es que si el 130 quiere volver a la unilateralidad, aparte de la amenaza violenta, ahora España tiene cuatro presos con los que no tendrá ningún escrúpulo de mercadear para que nada se mueva.

Por todo eso, el problema real que afronta la política catalana no es si podemos permitirnos una presidencia telemática o no (de hecho, por vía Skype se pueden perpetrar y mantener las cosas más extrañas del mundo, como el amor o la tensión sexual), sino el papel y la hoja de ruta que se querrá conseguir manteniendo la fuerza de Puigdemont en el exterior.

El actual Muy Honorable sabe perfectamente que el futuro de la independencia no depende de la restitución de la Generalitat, sino de que el independentismo acepte sin ambages la estrategia unilateral de la que han renegado la mayoría de antiguos líderes del invento. Si de algo tiene que servir investirlo es para aclarar más las cosas, no para que el President se mantenga como faro de un gobierno autonómico comandado por una alumna predilecta de Andreu Mas-Colell o un antiguo asalariado de casa Godó. No hablamos de los medios, hablamos del mapa.

Si el Parlament inviste a Puigdemont y el Constitucional tumba lo que han escogido los catalanes, solo estará la opción de volver a hacer elecciones sempiternamente y bloquear las instituciones intervenidas hasta que se respete el resultado de lo que han votado los ciudadanos. La táctica puede parecer surrealista, pero más vale marear más la perdiz y con una intervención sin fin que continuar regidos telemáticamente desde un despacho de Madrid en la más aburrida de las preautonomías.

(Fuente: El Nacional.cat / Autor: Bernat Dedéu)

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