Catalunya: De la restitución al sacrificio

Pocos minutos después de que Ana Rosa publicitara los mensajes de Puigdemont a Comín con la impaciencia de quien conoce la ubicación exacta del Santo Grial, podías ver a los procesitas desorientados en las esquinas del Eixample, lloriqueando y cabizbajos en busca de aire fresco. Reconozco que anteayer me lo pasé francamente bien escuchando las tertulias de la radio tribal, donde aquello que había dicho el Molt Honorable 130 a su conseller de Salut se intentaba disfrazar con interesantísimos debates sobre la privacidad en los grupos de WhatsApp y la ética periodística de cazar una información privada para hacer trajín informativo, que es —al fin y al cabo— lo que hicieron todos los periodistas del país. Todo eso, por desgracia, para disimular el significado incontestable de unos textos donde Puigdemont pasaba de la mínima posibilidad de sentirse restituido a verse sacrificado, dejando por concluida esta etapa que hemos denominado procés.

En resumidas cuentas, los famosos textos presidenciales no dicen nada que no supiéramos. Primero, que la ilusión de un tráfico cómodo y bonito de la autonomía a la independencia (aquello que el diccionario masista-mascarellista popularizó con dos pérfidos conceptos: de la ley a la ley y las famosas estructuras de estado) era una ilusión que escondía una estrategia fallida, ahora ya muerta en su propia hipocresía. Segundo, que el llamado “plan Moncloa” para castrar la estrategia independentista a base del miedo ha funcionado, como muestra perfectamente que todo el mundo asuma con parsimonia la hipótesis de una prisión incondicional para Roger Torrent y los miembros de la Mesa del Parlament sólo por el hecho de convocar un pleno autonómico derivado de unas elecciones impuestas. Y tercero, que la figura de Puigdemont, el único remanente de la unilateralidad que nos quedaba, molesta mucho más a propios que a extraños.

Pero todo lo que ha pasado, creedme, es la mejor de las noticias posibles, porque el independentismo va viendo de forma gradual que la única forma de enfrentarse al Estado es bloqueando las instituciones autonómicas y aplicando el resultado del referéndum a través de una defensa real (y física) de las instituciones. Todas las peleas de pacotilla que hemos presenciado en los últimos días son el hijo natural de los preludios al referéndum, una votación que la mayoría de líderes independentistas urdieron con tal de presionar el Estado y que nunca soñaron con aplicar. Todo lo que sucede es fantástico, porque demuestra perfectamente que toda aquella retórica de la transición nacional y de las estructuras de estado era una pedantería de distracción para hacer olvidar a los catalanes que la independencia necesita pocos simposios y mucha valentía: clarificar las cosas, a riesgo de que la sangre emerja, es algo que celebrar.

Que explote todo entre los partidos soberanistas conforma el mejor de los mundos posibles, porque las mentiras del ayer siempre esculpen las verdades del mañana. Hay épocas, recuerda Hegel santamente, que sólo se entienden en su ocaso: que “esto se ha acabado”, como dice el president, no quiere decir ni que la masa independentista se tenga que cortar las venas como Séneca ni que el proyecto quede tocado de muerte. Todo lo contrario, la disputa autonómica vuelve a poner de manifiesto que en el centro de la problemática independentista hay la misma tensión estructural de siempre: o haces una insurrección civil, o te acomodas a hacer de la Generalitat la misma estructura autonómica española de siempre. Con los diputados indepes encaminados hacia la segunda opción, es del todo lógico que @KRLS se sienta decepcionado y se plantee un futuro alejado de la patria restituyéndose a él mismo a través de unas memorias en el exilio.

Era y soy partidario de bloquear la autonomía y de volver a hacer elecciones las veces que haga falta con el president al frente, pues considero que una legislatura donde el máximo aliciente sea devolver a los privilegios del régimen estatutario (es decir, del 78 español) no me vale la pena, y quizás también porque formo parte de una generación que tiene muy poco a perder y que vivo todavía con ganas de arriesgar alguna cosa. Prefiero, en definitiva, intentarlo y fracasar que castrarme con la ética del ir tirando. Eso lo debemos compartir con el president y, por este motivo, cuando tenemos ataques de lucidez, escribimos a nuestros amigos, buscando consuelo, que todo eso se ha acabado y que los nuestros nos han dejado en la empalizada. Todo, insisto, es muy normal.

(Fuente: El Nacional.cat / Autor: Bernat Dedéu)

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