Contra las políticas del ¡viva el rey y muera el mal gobierno!

Durante el antiguo régimen, el eslogan que solían enarbolar la mayoría de los protagonistas de disputas por el poder o de enfrentamientos sociales era aquel grito de: ¡viva el rey y muera el mal gobierno! Mediante el mismo se pretendía distinguir entre quién personificaba el Imperio Español, el  rey, y por tanto al mismo Imperio, que eran situados por encima del bien y del mal, y aquellos otros que lo gestionaban, determinando sus normativas, actuaciones, etc. Aquel lema equivalía a una actitud favorable al Imperio Español y un llamamiento a acabar con sus malos gestores.

Según aquellos que lo utilizaban, el origen y los porqués de los males que se padecian o contra los que se levantaban no residían en el sistema político, social y económico existente, en el propio Imperio Español personificado en el rey, sino exclusivamente en quienes lo gobernaban o como éste era gobernado. El rey, por extensión el propio Imperio y el orden político-social y económico establecido, era presentado o concebido como ajeno a la situación dada, por desconocimiento o por las artimañas de validos y ministros. El rey, por tanto el Imperio, no era culpable de nada de lo que aconteciese, era incluso una víctima más. La culpabilidad se limitaba siempre a los que actuaban en su nombre. A su “mal gobierno”. A sus normativas, resoluciones y actuaciones.

Indudablemente, con esa distinción entre el rey y el mal gobierno, entre el Imperio y sus dirigentes administradores, lo que se pretendía conscientemente, o lo que se lograba de facto incluso aunque no fuese ese el propósito, era por un lado salvaguardar al régimen imperante y a sus clases dominantes, al “orden establecido”, limitando y conduciendo toda oposición al mismo a metas que no conllevan riesgos alguno para su continuidad y control político-social, y por otro inducir a las clases populares a asumir como razonable e insustituible, como el “orden natural de las cosas”, al Imperio, al sistema clasista aristocrático y hasta su papel dentro del mismo como base estamental destinada a obedecer y producir en beneficio de las élites.

Han pasado los siglos pero aquel viejo imperio, ya reducido a su mínima expresión geográfica histórica: sólo parte de la Península, algunas “islas adyacentes”  y dos “plazas norteafricanas”, aún pervive, transformado en imperialismo capitalista bajo el subterfugio de estados españoles. Una “unidad de destino en lo universal” justificada ya sea en una supuesta realidad nacional, en un hecho consolidado derivado del paso del tiempo o en la aceptación de las ventajas de una realidad sobrevenida. Y como durante el antiguo régimen, todavía se sigue hoy utilizando la política de ¡viva el rey y muera el mal  gobierno! para salvaguardarlo y sostenerlo.

Desde que adoptó el disfraz de Estado-nación, ese “rey” personificación de un régimen situado por encima del bien y del mal, son los propios Estados españoles, y el “mal gobierno”, al igual que durante la época imperial, continúa pretendiendo constreñir movimientos, alternativas y reivindicaciones hacia metas que no alteran el estatus quo. Hacia la mera sustitución de esos malos gobiernos y sus malas gobernanzas. Sus leyes, decisiones y acciones. Y también como entonces, obviamente, lo perseguido o lo obtenido aún sin pretenderlo, sigue siendo apuntalar al régimen y someter a las clases populares al mismo haciéndolo aparecer a sus ojos como “natural”, positivo o defendible.

Cada vez que en la actualidad se circunscriben demandas, cambios y  fines a acabar con “el mal gobierno”, excluyendo al “rey”, o sea al propio Estado Español, de aquello a lo que combatir y eliminar, el mensaje subliminal subyacente transmitido, como durante el antiguo régimen, es que el mal no radica en el Sistema en sí mismo, en nuestro caso el estado único opresor  impuesto y el capitalismo como conglomerado político-social y económico intrínsecamente injusto y explotador a cuyo servicio se ha creado y se usa, sino en la tipología de Estado Español existente y de capitalismo que se practica, logrando así proteger y  mantener a ambos.

Los que hoy defienden cualquier cambio y alternativa que se mantenga dentro de los parámetros contenidos en el: ¡viva el rey y muera el mal gobierno!, hoy traducibles por ¡viva España y el “libre mercado”, mueran sus malos gobiernos centralistas y neoliberales!, aquellos que mantienen que para acabar con los males existentes basta con cambiar de gobiernos, legislaciones, tipologías de estados españoles y de capitalismos, en lugar del de: ¡muera el rey y el mal gobierno!, o sea, acabemos con los males que nos aquejan y destruyamos el origen del que todos ellos surgen, el sistema capitalista y la maquinaria que lo sustenta y hace posible, los estados españoles, son en el fondo tan españolistas y pro-capitalistas como los nacionalistas españoles clásicos y los “neoliberales” al uso, puesto que asumen y defienden  la esencia del españolismo y el capitalismo: la defensa del Estado único, sean cuales sean sus características, y la de la “economía de mercado”, aunque sea bajo formas “alternativas” más “justas”.

Desde los inicios de esta nueva fase capitalista y necololonialista del miniaturizado Imperialismo español, el españolismo más dañino, aquel que más ha contribuido a que perdure hasta nuestros días la idea de España y la de la “economía de mercado”, los que han logrado el que sean aceptados y asumidos por gran parte de las clases populares la positividad de los estados españoles y el “libre mercado”, han sido las pequeñas burguesías sociales o intelectuales “progresistas”, hoy se diría “socialdemócratas”. Las que propugnan y defienden otras Españas y otros capitalismos. Las que distingues ente buenos y malos estados españoles y buenas y malas economías capitalistas. Las que dan vivas al “rey” Sistema y gritan contra sus malos gestores.

Estas ideologías pequeño burguesas que en etapas anteriores eran valedoras de Españas regeneradas; republicanas, desarrolladas y sociales, ahora lo son de Españas del “cambio”; “plurinacionales”, federales y de “estados del bienestar”. Son aquellas que propugnan la posibilidad de la instauración de estados imperialistas españoles equitativos, democráticos y no opresivos, con “dignidad” para los pueblos, así como de “comercios justos”, “redistribuciones de la riqueza”, etc., dentro del sistema explotador capitalista.

Y no es de extrañar que ambas teorías caminen de la mano, ya que España y capitalismo son sinónimos.  Todo españolismo es capitalismo y viceversa. Defender España es defender al capitalismo y defender el capitalismo es defender España, ya que los estados españoles sólo son los instrumentos administrativos y represores de que se sirve el Capital, creados y mantenidos ex proceso para oprimir y explotar a los pueblos trabajadores bajo su dominio.

En este sentido, los actuales conceptos de “plurinacionalidad” española y “federalismo” español, al igual que los de defensa de un “estado del bienestar”, no constituyen otra cosa que nuevos envoltorios con los que se pretende dotar al imperialismo español para mantener al Sistema y al Estado único a su servicio. Existen dos tipologías de teorizaciones de la supuesta plurinacionalidad española. La que defiende España como “nación de naciones”, o “país de países”, y aquella otra que afirma que es un Estado conformado por varias naciones. La primera contiene tal grado de absurdo intelectual en su propio planteamiento que resulta insostenible. La idea de una nación de naciones es un sinsentido carente de argumentaciones basadas tan siquiera en la mera racionalidad. En cuanto al Estado plurinacional si que es una realidad abstracta posible, pero aquello a lo que el nuevo españolismo progre le otorga dicho calificativo no posee la más mínima similitud con lo que en la teoría política y en el derecho internacional y constitucional realmente significa y conlleva.

España como “nación de naciones” es una derivada, y complementaria, de otra teoría aún más absurda, la de la existencia de un pueblo español que estaría formado a su vez por varios pueblos. Y ambas constituyen un contrasentido en sí mismas. Afirmar que un pueblo puede contener a su vez a varios pueblos es como afirmar que un cuerpo humano puede contener varios seres humanos. Los pueblos, como los seres humanos que los conforman, sólo son y pueden ser uno. Igual sucede con las naciones, los cuerpos de los pueblos. No obstante, al igual que varios seres humanos sí pueden compartir una realidad común aunque no un mismo cuerpo, varios pueblos y naciones pueden compartir una realidad política y económica pero no ser un mismo pueblo y nación.

Por tanto, mientras que el país de países y los pueblos de pueblos ni existen ni pueden existir, los estados compuestos por varias naciones y pueblos sí. Son los estados federales o confederales. Diversos pueblos y naciones pueden acordar la conformación de una entidad jurídica para compartir esa realidad política y económica común. Constituir un Estado en que se agrupen, según determinados marcos y límites mutuamente negociados y consentidos. Son los estados plurinacionales. Pero estos estados plurinacionales, federales o confederales, no son aquellos que  reconocen naciones en su seno y les conceden determinadas capacidades, sino que son el resultado de la unión de naciones y pueblos soberanos que deciden libremente instituirlos. Son ellos los que los crean, los reconocen y les otorgan determinados poderes y capacidades a los estados comunes, no al revés.

Consecuentemente, un Estado plurinacional, federal o confederal, no puede preexistir a las naciones y pueblos que lo instituyen, sino que son la consecuencia de la preexistencia de dichas naciones y pueblos constituidos en estados. De la misma forma que en los estados nacionales su legitimidad la origina la libre determinación de sus ciudadanos, en posesión y pleno uso de sus libertades individuales, en los plurinacionales procede de la libre determinación de sus pueblos y países, en posesión y pleno uso de sus libertades colectivas, de su soberanía.

Un Estado nacional que se sitúa por encima de su pueblo, de sus ciudadanos, que les niega o usurpa su libertad, su soberanía, que no es creado, elegido y dirigido por estos sino que les es impuesto, no es un Estado democrático sino opresor y totalitario. Un Estado plurinacional que se sitúa por encima de sus naciones y sus pueblos, que les niega o usurpa su libertad, sus soberanías, que no es creado, elegido y dirigido por esas naciones y pueblos sino que les es impuesto, no es un estado  ni democrático ni “plurinacional” sino opresor e imperialista.

El actual Estado Español, la España “nacional” y “autonómica”, es irreal, ilegal y opresor. Irreal por inexistente. Ni existe una nación española ni autonomía en sus “comunidades”, sólo ciertos grados de concesión de gestión controlada. Es ilegal porque no fue elegido sino impuesto a los ciudadanos y a los pueblos. El actual Estado Español no fue instaurado por ellos tras romper con la Dictadura y recuperar las libertades individuales y colectivas, sino que les precedía, siendo continuación del anterior, y se impuso a ambos a cambio de ciertas concesiones de “libertades” parciales y vigiladas a posteriori. Y es opresor porque niega a las naciones y a los pueblos sí realmente existentes, no les reconoce sus derechos y les usurpa su libertad, su soberanía, sustituyéndola por concesiones menores de carácter  administrativo, la “autonomía”.

Una España “plurinacional” y “federal” sería doblemente irreal, ilegal y opresora. Doblemente Irreal porque el mero reconocimiento la existencia de los diversos pueblos y naciones conllevaría el de la inexistencia de una nación Española y un pueblo español, y por tanto de más Españas, tampoco la “plurinacional”. Doblemente Ilegal porque el reconocimiento de pueblos y naciones conllevaría aparejado el de sus derechos colectivos, el de sus soberanías, vaciando así de poder al Estado Español y despojándolo de cualquier grado de legitimidad, por lo que éste debería disolverse de manera inmediata e incondicional, sustituido por los diversos estados nacionales como depositarios e instrumentos de las soberanías de los pueblos. Serían estos estados los que determinarían si se federan, o no, con quienes y bajo qué condiciones o nomenclaturas. Mantener el Estado único tras el reconocimiento de naciones y pueblos, más aún si ese Estado Español se les impone y pretende preeminencia sobre los pueblos, el tutelaje de sus naciones, determinar el grado de libertad que les es esconcedida y la manera de obtenerla, lo convertiría en un Estado doblemente opresor.

Algunos podrán argüir que lo trascendente no es el quién, el cómo o bajo qué condicionantes se consigue la libertad y el reconocimiento, sino que lo importante es el hecho de obtenerlos. A estos habría que recordarles que esa misma argumentación justificativa era la sostenida por la “oposición democrática” que participó en la “transición” y formó parte de la “reforma democrática” del Estado fascista, y recordarles igualmente cuáles fueron sus consecuencias, el neofranquismo represivo actual. El fin nunca justifica según que medios porque los medios condicionan y determinan el fin.

En cuanto a los “estados del bienestar” estos constituyen igualmente un contrasentido semántico e ideológico en sí mismos. Aunar estado burgués y bienestar de las clases populares equivale a afirmar que dentro del estado capitalista, del instrumento administrativo y controlador creado por un sistema político-social y económico ideado por una minoría para mantener la esclavización y facilitar la explotación de la mayoría, es posible el “bienestar” de dicha mayoría. El capitalismo es un sistema intrínsecamente injusto. Nace de la desigualdad y subsiste gracias a la carencia de equidad. Capitalismo y bienestar social son términos no sólo incompatibles sino antagónicos. Es la falta de bienestar de la mayoría social lo que permite y posibilita el bienestar de la minoría. De las élites oligárquicas dominantes. Sus riquezas proceden del expolio de la mayoría, de las clases populares, legalizado y protegido por los estados burgueses, única razón de su existencia, pues estos estados no fueron creados por los pueblos ni para los pueblos sino contra los pueblos.

El origen se los supuestos “estados del bienestar” se encuentra en la respuesta ideada por el Sistema para frenar los avances del socialismo tras la gran depresión y el triunfo de la revolución bolchevique. El temor al crecimiento exponencial de la conciencia de clase de los trabajadores, espoleados por las crisis de posguerra y las consecuencias del crac del 29, viendo en el ejemplo ruso, en la destrucción del Estado burgués y el acabar con la economía capitalista,  el camino a seguir para transformar radical y permanentemente su realidad, obligó a las élites a propiciar cambios que sin alterar en lo fundamental el Estado y a la economía aparentaran la posibilidad de mejoras sustanciales tanto en lo político como en lo social y económico para las clases populares dentro del “orden establecido”. Fue el miedo a perderlo todo lo que les obligó a ceder en algo. No es casual, sino causal, el que a partir de los sesenta, conforme la URSS se apagaba, el Sistema se endureciese y que a partir de los setenta, con la URSS desmoronándose, iniciase el desmantelamiento de los “estados del bienestar”. El auge del “neoliberalismo” fue paralelo al declive soviético y su triunfo llegó con el final de la URSS. Desde entonces sobraban disimulos y contemplaciones. Ya no había necesidad de camuflar la rapiña ni de suavizar la explotación.

Un claro ejemplo de la interrelación entre la existencia del “peligro comunista” y el impulso de distintas medidas de protección social y estabilidad laboral, así como de su posterior desaparición, lo encontramos en los Estados Unidos. Es a partir del crac del 29, como acicate que conllevará el aumento del grado de descontento social y el auge del sindicalismo de clase, con la correspondiente exacerbación del activismo popular y las huelgas obreras,  cuando Roosevelt pone en marcha su Keyensiano “new deal”, y será tras la II Guerra Mundial, una vez desaparecido todo riesgo de revueltas y levantamientos, cuando se irá sustituyendo el proyecto socialdemócrata por el neoliberal, con la correspondiente  disminución de la “protección social”. Desaparecido el peligro ya no eran precisos escudos defensivos ni colchones sociales. Hoy las clases populares estadounidenses son las más alienadas, conformistas y controladas del Planeta, y por ello son también las que menores grados de derechos sociales y laborales detentan.

El Estado plurinacional español no es más que una nueva versión de la España “una, grande y libre”, y el federalismo español no es otra cosa que un nuevo envoltorio del “Estado de las autonomías”.  ¿Sabéis lo que ofrecía el imperialismo español a sus colonias americanas a finales del XIX, cuando veía que el grado de conciencia nacional de las mismas imposibilitaba la continuidad de la versión descarnada, negacionista y centralista, de la opresión? Pues reconocimiento y autonomía dentro de un Estado Español. Estado al que los más “progresistas” españolistas denominaban federal.  Y ya sabemos la respuesta al continuismo autonomista de los soberanistas cubanos y puertorriqueños; mantener y avanzar en la lucha de liberación nacional, conscientes de que sin independencia sólo había y podía haber dependencia.

En cuanto al “estado del bienestar” y la “economía social de mercado”, no constituyen otra cosa que sendos intentos socialdemócratas de salvaguardar al Sistema ofreciendo un “capitalismo de rostro humano”, no para acabar con la desigualdad y la explotación, inherentes al mismo y por tanto intocables e insustituibles, sino para hacerlas más tolerables y llevaderas, con el fin de sostenerlo allí donde corre riesgo de perecer por la concienciación política, social y de clase de los pueblos trabajadores. Y ya sabemos la respuesta que han dado siempre los revolucionarios al continuismo socialdemócrata; mantener el enfrentamiento con el Estado burgués y avanzar en la lucha de liberación social contra el capitalismo, conscientes de que sin poder popular autogestionado y economía socialista solo había y podía haber injusticia.

Hoy, como ayer, como siempre, no hay solución en España y en el capitalismo, porque España y el Capital son el problema. No hay cambios en España sino contra España. No hay alternativas transformadoras en el capitalismo sino contra el capitalismo. Afirmar lo contrario es engañarse y engañar .Toda apuesta por España y el Capital, por cualquier tipología de Estado Español y de “economía de mercado” sólo es apoyo al imperialismo y el capitalismo.

Francisco Campos López

 

También te podría gustar...